Duros a cuatro pesetas

Artículo publicado el 15 de Diciembre de 2003
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Artículo publicado el 15 de Diciembre de 2003

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En lugar de pagar sus multas, Francia y Alemania tan sólo han pagado la mitad de su factura del Pacto de Estabilidad y Crecimiento. Mientras la credibilidad financiera de Europa es cada vez más fuerte, su credibilidad política está destrozada.

Una vez más, Francia y Alemania se han librado de la humillación de las sanciones causadas por su dejadez presupuestaria. El 25 de noviembre, en una reunión que duró toda la noche en el ministerio de economía de Bruselas, se acordó sacar del atolladero a las dos economías más importantes de Europa. En lugar de abonar un 0,2% de sus respectivos PIB, Francia y Alemania sólo tuvieron que pagar la mitad de la factura de las condiciones del Pacto.

Sin embargo, puede que lo más fantástico de este asunto sea el histerismo que ha rodeado lo que en términos económicos se denomina una no venta total. El Banco Central Europeo respondió inmediatamente declarando que el acuerdo implicaba serios peligros y lo que es más inquietante, el ministro de economía holandés, Gerrit Zalm, habló de "una seria crisis constitucional. Así pues, el hablar de que el pacto estaba acabado les pareció histérico a los mercados financieros, donde el legado europeo de disciplina económica hace que el euro no deje de crecer.

Gastar a manos llenas y hacer economía en pequeñeces

El hecho es que el Pacto de Estabilidad y Crecimiento ha funcionado en lo básico: es un éxito sin precedentes para los países europeos el haber mantenido sus déficit alrededor del 3% en tiempos de dificultad económica. Durante los 80, el déficit de Italia estuvo todos los años por encima del 10%; en 1990, Grecia acumulaba un ingente 16,1% de déficit presupuestario. En 1983, todos los países que ahora participan en el euro tenían un déficit superior al 3%. Cuatro países (Italia, Bélgica, Irlanda y Portugal) tenían en realidad un déficit de dos cifras. Sin tener en cuenta si uno apoya el dogmatismo neoclásico de presupuestos equilibrados en los que se basan estos países, hemos aceptado que la Europa de hoy es básicamente prudente en el terreno fiscal. Y no debe olvidarse que tanto Alemania como Francia (y Portugal, que volvió a romper el Pacto en 2001) han trabajado duro para que su déficit no superase la barrera del 3%, aunque no lo hayan conseguido por completo. De todas formas, el déficit presupuestario no puede ser calculado minuciosamente ni ser planeado por adelantado. El pasado 13 de noviembre, el ministro de economía alemán volvió a calcular sus resultados y se encontró con un agujero de 18 millones de dólares en sus cuentas, lo que hizo que el déficit pasase del 2,9% al 3,8% del PIB. Eichtel, el ministro alemán de economía, no declaró hasta el 25 de septiembre que Alemania tendría problemas con el déficit, lo que en aquel momento pareció posible.

¿El dinero hace girar el mundo?

¿Por qué ha despertado tanta controversia este asunto del Ecofin? La respuesta no tiene nada que ver con la economía pero sí con la estructura de poder en la UE. No hay una regla que diga que hay que multar al país que sobrepase el 3,01% de déficit. En su lugar, las reglas establecen que cuando un país sobrepasa el límite del 3%, el asunto es transferido a la Comisión, la cual lo remite al Ecofin, quien finalmente decide cómo actuar. En otras palabras, el Pacto de Estabilidad es, en palabras de Ed Balls, el principal asesor del ministro de economía británico, lo que los ministros [de economía europeos] decidan. Lejos de representar un incumplimiento del protocolo, el asunto del Pacto de Estabilidad y Crecimiento revela lo que para muchos salta a la vista en la política de la UE: el poder último sigue estando formalmente en la Realpolitik entre los Estados miembros y no en la aplicación de reglas colectivas defendidas por la Comisión. Esto hace que aumente la sospecha de que Francia y Alemania se han librado de las sanciones simplemente porque, ya que son las dos mayores economías en la eurozona, representan un importante grupo de presión. No es sorprendente que algunos ministros, como el holandés Gerrit Zalm, estén furiosos. Algunos países, como Holanda, se están planteando: ¿Podríamos haber hecho lo mismo?. Y concluyen, probablemente de manera acertada, que no hubiesen podido.

Todo lo cual, por supuesto, es una mala señal cuando Europa abre sus puertas a 10 nuevos miembros del Este el próximo año. Así como Francia y Alemania reprendieron en su tiempo a sus vecinos europeos del Sur por su irresponsabilidad fiscal, hoy estimulan a sus vecinos del Este para que muestren una gran disciplina presupuestaria. Pero siempre han estado preparados para invertir en lo que les da de comer y ser consecuentes con lo que predican. Incluso la apariencia de que esto ya no es verdad es lo suficientemente desesperanzadora para los nuevos miembros a la hora de mostrar moderación financiera.

Y lo que es más preocupante, hay signos de que incluso dentro de la eurozona los países están preparados para llegar al límite de las ya de por si restringidas condiciones del Pacto. Italia está bien encaminada para romper la barrera del 3% el año que viene y otros países le van a la zaga. Francia y Alemania han dado un mal ejemplo. Todo esto no ayudará a convencer a los países que no participan del euro de que estarían mejor si se uniesen a la moneda única y en especial en el caso de pequeños países como Dinamarca y Suecia.

El tiempo es oro

Así pues, ¿cómo salvamos la credibilidad de Europa? Muchos analistas, ni mucho menos de toda la Comisión europea, han sugerido que lo que Europa necesita es hacer cumplir las reglas de manera más estricta. Pero es difícil ver cómo ese cumplimiento de las reglas arbitrarias del Pacto va a ayudar a la Unión. La ironía de la decisión del Ecofin es que, al final, tenía razón. No era lógico forzar a Francia y a Alemania a recortar su déficit si así se iba a coartar cualquier oportunidad de recuperación económica y muchos de los ministros europeos de economía en la reunión del Ecofin reconocieron este punto. El error no está en que fuesen interpretadas las normas del Pacto, sino que esta interpretación se ha dejado en manos de los Estados miembros, donde manda la Realpolitik, en lugar de una comisión independiente que calculase los déficit de cada país basándose caso por caso, como ha sugerido el Centro de Investigación en Política Económica.

La verdadera cuestión es si los Estados miembros están preparados para sacrificar finalmente la ilusión de la soberanía nacional, como se consagra en las reuniones del Ecofin y establecer una verdadera regulación presupuestaria que sea imparcial y paneuropea. ¡Ah!, y mientras los países grandes sean capaces de hacer causa común para recibir un trato preferencial, la posibilidad de una reforma no tiene visos de ser posible.