Ecologistas búlgaros desafían a los barones de la construcción

Artículo publicado el 14 de Enero de 2009
Artículo publicado el 14 de Enero de 2009
Hoteles y pistas de esquí: cada vez más búlgaros se oponen a la venta de su naturaleza a precio de saldo

Un pequeño parque junto al edificio del Parlamento de Sofía: Stefan Awramow, de la iniciativa ecologista Biodiversity Foundation, es bien visible en medio de uno de los caminos principales. Los diputados deben pasar al lado de él cuando quieren ir del Parlamento a cualquiera de sus cafés preferidos.

Este lugar lo ha elegido Awramow conscientemente. “Los diputados deben sentir que no pueden escapar de nuestra iniciativa”, dice. Deben saber que el pueblo no descansa. “Algunos de ellos dan un rodeo porque saben que voy a hablarles. Esta es parte de nuestra táctica”, explica.

Sus compañeros de causa del grupo ecologista patrullan cerca del edificio parlamentario. Pretenden abordar a los parlamentarios personalmente. Una docena de voluntarios han venido también a echar una mano. El plan de los ecologistas: impedir el cambio de leyes que facilitaría a inversores privados la compra de terrenos en espacios naturales protegidos.

Plamen Stoev / flickr

El activismo ecologista florece

Acciones como esta de Sofía están a la orden del día. Bulgaria vive desde hace algún tiempo un auténtico boom en materia de activismo ecologista. Desde hace dos años hay una red en la que se han unido 30 iniciativas similares. El nombre de esta red es una declaración de intenciones: “Para que nos quede Naturaleza en Bulgaria”. Los miembros quieren frenar la fiebre constructora que no se detiene ni siquiera ante las reservas naturales. 

La lucha más simbólica fue la que tuvo lugar por el parque nacional de Strandscha. El parque está situado al sur del país y su ‘fallo’ es que colinda con el Mar Negro. El Strandscha es conocido por sus enormes bosques de robles y sus playas solitarias. El municipio de Zarewo, que gestiona el parque natural, está al parecer en manos de la mafia búlgara de la construcción. 

En 2007, el más alto tribunal administrativo decidió mediante un fallo permitir la construcción del parque natural. Jordanka Dinewa dio la alarma de inmediato. La coordinadora de la red estuvo durante semanas dedicada día y noche a la lucha por el medioambiente. “En aquella ocasión utilizamos todos los medios posibles”, explica. Organizaron piquetes y discusiones. Se dirigieron a organizaciones ecologistas internacionales. De esta manera, la red consiguió ganarse a multitud de músicos, actores y científicos famosos para su causa.

Al principio parecía que la sociedad civil podría parar la venta de zonas naturales. 50.000 búlgaros participaron en las protestas. Los medios internacionales informaban sobre su lucha. Finalmente, el gobierno búlgaro cambio la ley de protección de la naturaleza: el Strandscha podía conservar su estatus de parque natural nacional. Los ecologistas lo celebraron como un gran éxito, recuerda Dinewa. 

Decisión a espaldas del público

En 2008, el municipio de Zarewo presentó un nuevo plan de construcción –en la práctica a espaldas del público- que preveía la construcción de numerosos edificios turísticos en pleno parque natural. Este plan se mantenía dentro de la legalidad vigente recurriendo a tretas jurídicas. En agosto de 2008 se autorizaron las obras sin publicidad alguna. 

Jordanka Dinewa y sus compañeros de lucha apenas se enteraron de nada: “Siempre se las arreglaban para deshacerse de nosotros. Un día, el ministerio de Medio Ambiente dio a conocer la autorización públicamente”, dice Dinewa. Las autoridades búlgaras pusieron a los ciudadanos ante los hechos consumados: formaba parte del plan, se queja Jordanka Dinewa. Zonas que ayer aún estaban protegidas se convirtieron de la noche a la mañana en enormes solares en construcción. 

En las cumbres aparecen zonas fuera de la ley 

Aparte de la costa, las montañas corren especial peligro, explica. Concretamente las montañas Rila al suroeste de Bulgaria. Es la sierra más alta de la península balcánica: cumbres cubiertas de nieve, desfiladeros profundos y lagos helados estampan su imagen. Aquí todavía hay osos y águilas. 

Los nuevos barones de la construcción, que se encuentran aquí a sus anchas, parecen considerar este paraje deshabitado un lugar sin ley, dice Dinewa. Durante una acción incluso temió por su vida: “Una vez vino un hombre con una ametralladora hacia nosotros y gritó: ‘Todos al suelo. Os voy a matar. Aquí reinan otras normas. Aquí decido yo las normas’. Apuntó el arma hacia uno de los chicos. Nos quedamos todos de piedra”.

Los esfuerzos continúan

Jordanka Dinewa sigue en pie pese a todo. No quiere dejarse intimidar. Está planeando su próximo viaje a las montañas Rila, ya que ha oído que se planea construir un telesquí sin permiso.

De este compromiso se alegra Georgi Stefanow del Centro de Información Medioambiental, una oenegé en Sofía. “En cualquier caso, se debería ser realista respecto a lo que pueden conseguir los ecologistas”, matiza. “Es cierto que en los últimos años se han unido muchas personas al movimiento ecologista y que ha habido éxitos. Pero en conjunto han aumentado los problemas. Nunca antes se habían destruido tantos recursos naturales como en los últimos cinco años”, dice. “Solo podemos intentar ganar algunas batallas. Pero muchas veces estas son más bien pequeñas y los logros sin importancia. Nunca podemos saber si al momento siguiente todo volverá a comenzar de nuevo”.