Edimburgo: creatividad para salir adelante

Artículo publicado el 12 de Junio de 2014
Artículo publicado el 12 de Junio de 2014

Conocida mundialmente por el Fringe, el festival de teatro que trae miles de shows cada verano a la ciudad, en Edimburgo la creatividad se vive mucho más allá de los escenarios. El arte llega hasta los hospitales, ayuda a los niños a superar enfermedades y transforma la vida de los jóvenes que, por razones diversas, todavía no han encontrado su camino.

Mucho hemos oído ha­blar sobre el Edim­bur­go y su fa­mo­so Frin­ge, el fes­ti­val que cada agos­to trae a la ciu­dad a cien­tos de com­pa­ñías de tea­tro de todo el mundo. Pero ¿hay arte más allá del Frin­ge? Lle­gué a Edim­bur­go con la idea de ave­ri­guar hasta qué punto el arte y la crea­ti­vi­dad movía la vida de los es­co­ce­ses, qué su­ce­día du­ran­te el resto de meses, si el Frin­ge no es más que una mues­tra de lo que acon­te­ce en la ca­pi­tal du­ran­te todo el año o si, por el con­tra­rio, el fes­ti­val es flor de un día. Lo que no me es­pe­ra­ba en­con­trar es lo que al final des­cu­brí: que en Es­co­cia, para mu­chas per­so­nas, la crea­ti­vi­dad es mucho más que cul­tu­ra: es una forma de vida o, más bien, la razón por la que mu­chos si­guen vi­vien­do. 

Arte en el hos­pi­tal

Me en­cuen­tro con la te­ra­peu­ta Shee­na Mc­Gre­gor en el pa­be­llón Ca­le­do­nia del hos­pi­tal para niños Yorkhill de Glas­gow, a unas dos horas en tren desde Edim­bur­go. Shee­na lleva 15 años de­di­cán­do­se a la ar­te­te­ra­pia, una dis­ci­pli­na con más de 50 años de antigüedad que nació en Gran Bre­ta­ña des­pués de la se­gun­da gue­rra mun­dial. Según me cuen­ta, se em­pe­zó a hacer ar­te­te­ra­pia en pri­sio­nes y en hos­pi­ta­les con pa­cien­tes con tu­bercu­losis o pro­ble­mas psi­co­ló­gi­cos.

Shee­na, que tra­ba­ja tam­bién para la aso­cia­ción Crea­ti­ve The­ra­pies, pasa cua­tro días por se­ma­na tra­ba­jan­do con niños con pro­ble­mas psi­co­ló­gi­cos, en­fer­me­da­des car­dia­cas, tras­tor­nos de ali­men­ta­ción y es­trés emo­cio­nal. "Los niños nor­mal­men­te te dirán que están bien pero, en reali­dad, no lo están; sim­ple­men­te no en­cuen­tran las pa­la­bras para ex­pre­sar lo que sien­ten", me dice. En ge­ne­ral, se trata de chi­cos que no pue­den lle­var una vida como la de sus com­pa­ñe­ros de clase, lo que les hace sen­tir­se di­fe­ren­tes y, en cier­ta me­di­da, dé­bi­les. Pero una vez atra­vie­san las puer­tas del pa­be­llón Ca­le­do­nia, esto cam­bia y es con Shee­na cuan­do en­cuen­tran su mayor for­ta­le­za: la crea­ti­vi­dad. "No pue­den hacer de­por­te ni mu­chas otras cosas que hacen los niños, pero pue­den hacer arte y pue­den ser muy crea­ti­vos y hacer cosas ma­ra­vi­llo­sas", co­men­ta Shee­na, mien­tras me mues­tra los tra­ba­jos que rea­li­za­ron pa­cien­tes suyos hace años. "Esto es algo muy per­so­nal, no es algo tan­gi­ble ni se basa en pre­gun­tas di­rec­tas, se basa en ver cómo el niño se sien­ta, cómo res­pi­ra o cómo entra en la ha­bi­ta­ción, se basa, prin­ci­pal­men­te, en la re­la­ción entre no­so­tros". 

Aun­que la prác­ti­ca de la ar­te­te­ra­pia tiene una larga tra­di­ción en el Reino Unido, la ex­per­ta re­co­no­ció que mu­chos pa­dres se mues­tran es­cép­ti­cos con el tra­ta­mien­to, algo que sin em­bar­go cam­bia con el tiem­po. "Las en­fer­me­ras me di­je­ron que mi hijo es­ta­ba atra­ve­san­do un epi­so­dio de "miedo exis­ten­cial" pero ahora pa­re­ce que le está ayu­dan­do ir allí y di­ver­tir­se, hacer ma­nua­li­da­des con otros niños como él, pa­re­ce que lo que tiene den­tro aflo­ra", de­cla­ró la madre de un niño de 10 años, pa­cien­te de Shee­na.  "Lo re­co­jo siem­pre can­sa­do y de mal humor en la es­cue­la pero cuan­do vol­ve­mos del hos­pi­tal está trans­for­ma­do, mucho más co­mu­ni­ca­ti­vo, apaga la radio y habla con­mi­go". Ade­más, son los mis­mos mé­di­cos quie­nes re­co­mien­dan a los pa­dres que lle­ven a sus hijos a ar­te­te­ra­pia du­ran­te su tra­ta­mien­to pues "ven la di­fe­ren­cia, ven que los niños están más se­gu­ros de sí mis­mos, menos de­pri­mi­dos, tie­nen más vi­ta­li­dad y se pa­re­cen más a los niños nor­ma­les" añade la te­ra­peu­ta. "El pro­ble­ma de la me­di­ci­na es que ob­je­ti­vi­za a los niños; con la ar­te­te­ra­pia, los niños dejan de sen­tir­se como un 'pro­ble­ma car­día­co' para sen­tir­se como seres hu­ma­nos, seres crea­ti­vos". 

Crear el ca­mino

Más allá de la te­ra­pia en el sen­ti­do es­tric­ta­men­te clí­ni­co del tér­mino, tam­bién en Edim­bur­go se están lle­van­do a cabo pro­gra­mas que com­bi­nan el arte y la crea­ti­vi­dad con el tra­ba­jo so­cial y la psi­co­lo­gía. En The Print­works, al este de la ciu­dad, la aso­cia­ción Im­pact Arts lleva ya dos dé­ca­das pro­mo­vien­do la re­in­ser­ción so­cial y la­bo­ral de los ado­les­cen­tes a tra­vés del pro­yec­to Crea­ti­ve Path­ways. Es me­dio­día y la sede de la or­ga­ni­za­ción es un es­pa­cio diá­fano y bas­tan­te des­or­de­na­do; por todas par­tes se ven res­tos de crea­cio­nes: bo­ce­tos, ma­que­tas, plan­chas de ma­de­ra, pie­zas de ropa y lá­pi­ces de co­lo­res. Aquí par­ti­ci­pan, cada cua­tro meses, 30 cha­va­les de entre 16 y 19 años en pro­gra­mas de for­ma­ción re­la­cio­na­dos con las artes es­cé­ni­cas: ac­tua­ción y dra­ma­tur­gia, di­se­ño de ves­tua­rio y de­co­ra­dos. 

Mien­tras des­plie­ga un gran por­ta­fo­lio, Sarah Wa­lla­ce, coordinadora de oportunidades del centro, me cuen­ta cómo fun­cio­na la aso­cia­ción. "Co­men­za­mos Crea­ti­ve Path­ways como una ma­ne­ra de man­te­ner la cul­tu­ra y de ofre­cer una opor­tu­ni­dad para que los jó­ve­nes con­si­gan un em­pleo". Según me ex­pli­ca Sarah, el único re­qui­si­to para ac­ce­der al pro­gra­ma es la edad, aun­que "la gran ma­yo­ría llega desde di­fe­ren­tes or­ga­nis­mos como de­fen­so­res de niños o tra­ba­ja­do­res so­cia­les, pues mu­chos no han sido acep­ta­dos en los ins­ti­tu­tos o no han aca­ba­do sus es­tu­dios". Por ello, Crea­ti­ve Path­ways va más allá de en­se­ñar­les los fun­da­men­tos téc­ni­cos de la pro­duc­ción tea­tral: les pro­por­cio­na las he­rra­mien­tas so­cia­les ne­ce­sa­rias para que en­cuen­tren de nuevo una mo­ti­va­ción que les obli­gue a se­guir ade­lan­te y les ayude a en­con­trar un tra­ba­jo y, en cier­tos casos, reha­cer su vida. "In­ten­ta­mos trans­for­mar la vida de las per­so­nas a tra­vés del arte, a nivel per­so­nal pue­den cre­cer a nivel de con­fian­za y de au­to­es­ti­ma, el arte les per­mi­te ser ellos mis­mos y cre­cer", ahon­da Si­mai­ca Ca­rras­co, tutora del curso de dra­ma­tur­gia y ex­pre­sión cor­po­ral.

Matti es uno de sus alum­nos. Tiene un aire tí­mi­do y, a sim­ple vista, pa­re­ce estar un poco apar­ta­do del grupo pero, a poco que uno le dé su es­pa­cio, se em­pie­za a sen­tir más có­mo­do y se vuel­ve muy ha­bla­dor. "La ma­yo­ría de no­so­tros te­ne­mos otro tipo de in­te­li­gen­cia, te­ne­mos otra vi­sión del mundo y no nos ha ido bien con la edu­ca­ción con­ven­cio­nal, somos gente más crea­ti­va, con otras he­rra­mien­tas ra­cio­na­les", me re­su­me de forma ex­tra­or­di­na­ria­men­te clara, al tiem­po que ase­gu­ra que el curso le está ayu­dan­do a "hacer cosas que hace un tiem­po vería im­po­si­bles, como ha­blar en pú­bli­co".

Al­gu­nos de estos chi­cos, que antes de par­ti­ci­par en el pro­gra­ma for­ma­ban parte de los ni-ni es­co­ce­ses, con­si­guen que­dar­se tra­ba­jan­do en la aso­cia­ción. Esto le ocu­rrió a Rihan­na quien, tras haber asis­ti­do al curso de mon­ta­je de de­co­ra­dos, ahora es asis­ten­te del pro­fe­sor. Rihan­na, que había de­ja­do el ins­ti­tu­to con 15 años, lle­va­ba más de tres años sin en­con­trar em­pleo. "Este tra­ba­jo real­men­te me ha ayu­da­do a me­jo­rar mis ha­bi­li­da­des so­cia­les, si hu­bie­ras in­ten­ta­do ha­cer­me todas estas pre­gun­tas hace un año pro­ba­ble­men­te hu­bie­ra sen­ti­do mucha vergüenza, pero ahora me sien­to real­men­te más se­gu­ra y me sien­to capaz de ani­mar a toda esta gente a se­guir apren­dien­do y a que me­jo­ren en lo que hacen", me cuen­ta, mien­tras sigue se­rran­do una plan­cha de ma­de­ra. El en­car­go de ocho es­ca­lo­nes que ha pe­di­do una com­pa­ñía de tea­tro local se cum­ple en dos días, el tiem­po apre­mia y queda mucho por hacer. Afor­tu­na­da­men­te, a estos chi­cos, ganas y mo­ti­va­ción no les fal­tan.

Este ar­tícu­lo forma parte de una edi­ción es­pe­cial de­di­ca­da a Edim­bur­go y rea­li­za­da en el marco del pro­yec­to EU in Mo­tion lan­za­do por Ca­fé­ba­bel con el apoyo del Par­la­men­to Eu­ro­peo y la fun­da­ción Hip­pocrène. Pron­to en­con­tra­réis todos los ar­tícu­los en la por­ta­da de la re­vis­ta.