El 14 de julio Francia entierra la república

Artículo publicado el 14 de Julio de 2005
Artículo publicado el 14 de Julio de 2005

Atención, este artículo no ha sido revisado ni publicado en ningún grupo

Este año, en París, la fiesta nacional sabe a camembert pasado de fecha. Una lección que todos deben aprender.

Por primera vez, a orillas del Sena, una pregunta surge espontáneamente. ¿Qué hay que celebrar?

Hasta Le Monde la ha tomado con la “jella”

“Lo importante es participar”, por supuesto. Pero la reciente derrota de París para albergar las olimpiadas de 2012 ha hecho mella, y hasta el siempre correcto Le Monde ha hablado de gafe. En efecto, la afrenta olímpica va a rueda de la debacle en el referendo del 29 de mayo, día en el que el 55% de los franceses rechazaron la Constitución Europea y por ende la ampliación a los países del Este, su fantasmagórica invasión de fontaneros polacos y en general la apertura a un mundo exterior que se percibe hostil.

De Le Pen al velo islámico: el trienio horribilis

Sin embargo, el declive de la República Francesa viene de atrás. Esta pena se viene imponiendo lentamente a un país que en 2002 llevó al líder de la extrema derecha Jean Marie Le Pen a disputar la segunda vuelta de la elección presidencial, en 2003 se opuso a la intervención en Irak obteniendo solamente aislamiento y acoso diplomático, y en 2004 prohibió el velo islámico en las escuelas sancionando de hecho el divorcio con sus cinco millones de musulmanes. Se trata de un país que, más que nadie, vive en sus carnes la crisis irreversible del Estado-nación. Precisamente después de haberlo inventado aquel 14 de julio de 1789 que los franceses celebran hoy con paradas militares y fuegos artificiales para turistas, y que este año podrían enterrar, ya que la fiesta de la République más bien parece un funeral.

Pero no sólo Francia

Este 14 de julio debiera ser el funeral de todos los Estados-nación europeos. El funeral de una Italia oficialmente en recesión. El de una Alemania que sobrepasa los cinco millones de parados. El de una Gran Bretaña brutalmente golpeada, como España, por terroristas que se burlan de las fronteras nacionales. Aquí estriba el quid de la cuestión. Todos los desafíos de la política contemporánea son de dimensión transnacional; ya sea inmigración, terrorismo, desempleo o crecimiento económico. Y por tanto deben ser afrontados desde una perspectiva transnacional. En este sentido la Unión Europea debe ser no sólo una estructura supranacional sino también un modo de pensar. Así se pueden alcanzar soluciones a la medida de los problemas. ¿No podríamos prevenir nuevos atentados con una C.I.A. europea? Si las fronteras en el espacio Schengen son comunes, ¿porqué no coordinar las políticas migratorias? ¿y cómo se pretende combatir la inflación, el desempleo y la recesión económica a nivel nacional cuando la moneda es única?

Muchas preguntas con una sola respuesta. Francia nos enseña que el Estado-nación está viejo y agotado. Y si no queremos resignarnos al declive, es mejor enterrarlo cuanto antes. Pero hagámoslo en París; al fin y al cabo es allí donde se come el mejor camembert.