El ambiguo papel de la UE en los procesos de democratizacion en Europa

Artículo publicado el 16 de Diciembre de 2002
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Artículo publicado el 16 de Diciembre de 2002
Afortunadamente, en los últimos treinta años, Europa no sólo ha vivido las guerras balcánicas, sino que también ha visto cómo varios de sus países dejaban atrás décadas de regímenes autoritarios para abrazar la democracia, en general con resultados muy positivos.

La democracia es una dama delicada

Nada es tan volátil como una joven democracia: estos procesos de abandono del autoritarismo son de una extrema complejidad. Los que los dirigen deben ser auténticos estrategas, deben animar la democracia y legalizar los partidos, y, al mismo tiempo, calmar al ejército, asegurarse del apoyo de la mayoría de los generales, así como de la burguesía y de una parte de las esferas de poder y detener los procesos revolucionarios que inevitablemente se ponen en marcha…

En tal proceso, es difícil que un agente exterior pueda jugar un papel positivo. En vista de la experiencia acumulada (Pinochet, Nicaragua), se puede pensar que lo mejor es que un país en transición democrática la dirija sin influencia exterior. Incluso bienintencionada, una intervención externa puede ser letal. El caso Pinochet, hace unos años, ha revivido uno de los grandes problemas de las transiciones: el del perdón de los crímenes cometidos. Los dirigentes de la transición deben elegir entre una amnistía generalizada que crea una amnesia nacional, pero permite la calma, o una persecución judicial, que sería inequívocamente justa pero dificultaría el proceso. Por otras muchas razones, personalmente, apoyo la intervención de Garzón, pero no hay que olvidar el peligro que entraña.

Nuestro propósito en este artículo es preguntarnos qué papel ha jugado la Unión Europea en estos procesos. Para ello, nos limitamos aquí a los países europeos, que pueden aspirar, en el momento de la transición democrática, a entrar en la UE a corto o medio plazo.

Riqueza y democracia: un modelo atractivo

La Unión Europea ha sido siempre un “club de ricos”. Ciertamente, pero también ha sido un club de democracias y que no acepta en su seno a países que no considere como democráticos. Esta doctrina se ha cristalizado recientemente en los criterios de Copenhague, pero se ha aplicado siempre. Esta doble circunstancia, que conjuga a la riqueza la exclusión de las dictaduras, ha jugado un papel clave en todos los procesos de democratización en Europa. ¿Porqué exactamente? Yo diría que las razones son múltiples, pero que la principal es la adhesión al proceso democrático de la burguesía del país. Salvo en su sector más ilustrado, las burguesías y otras aristocracias de esos países privilegian la quietud de las dictaduras represivas, que les permiten asentar su poder y hacer negocios con tranquilidad, respecto a las turbulencias de la imprevisible democracia. La Unión Europea, y la posibilidad de integrarse a ella, cambia totalmente las circunstancias, puesto que las posibilidades de enriquecimiento en el mercado único son enormes y éste es un factor explicativo vital en la adhesión de estas clases a la democracia.

Hay que agradecer, pues, la tradicional exigencia democrática de los líderes europeos. Sin embargo, también hay que resaltar su ambivalencia. La UE, si quiere favorecer estos procesos democráticos, no puede negarse al diálogo con el país, cuando aún vive bajo dictadura; debe, al contrario, hacerle comprender que quiere su integración pero que no puede aceptar a un régimen de esa naturaleza, es decir forzar las reformas. Por ello, la actitud de Giscard d´Estaing, al afirmar que, de todas formas, Turquía no puede entrar en la UE, no porque no sea un Estado plenamente democrático, sino porque no es europeo, es una actitud aislacionista, en la que la UE se desentiende de lo que ocurra en ese país.

Generar esperanza: una dinámica de cambio que puede ser peligrosa.

Si intentamos observar el fenómeno desde el punto de vista de la población del país en cuestión podemos encontrar otro aspecto del papel positivo que juega la UE. Se trata, por lo general, de naciones que viven bajo el miedo, ahogadas por recuerdos sangrientos a los que se asocia todo intento de vivir en democracia. La población tiende a aceptar la situación y a aliarse a un conservadurismo forzado por la represión. Sin embargo, la UE les muestra lo que pueden llegar a ser: una nación moderna, rica y democrática, que mira hacia el futuro. Por la posibilidad de la integración, la UE ofrece un modelo tentador de sociedad. Cuando esa voluntad de cambio nace en la sociedad, se encuentra finalmente la base sobre la que la democracia se puede asentar.

Sin embargo, las esperanzas que la posibilidad de la integración es capaz de generar en el seno de la población son un arma de doble filo: si se acumula un enorme capital de esperanza y se acaba creando decepción, se trata de una bomba de relojería. En Turquía, Rumania y Bulgaria, que no han sido aceptados en la primera ola de ampliación, esto podría fácilmente ocurrir y se podría suscitar un rechazo, no ya únicamente de la UE, sino del modelo democrático que ésta representa, generando una regresión autoritaria. Jugando con la democracia se juega con fuego, con las ilusiones de todo un pueblo y con su sed de libertad como de confort. Los sacrificios que la UE pide para integrar el acquis comunitario, es decir la enorme legislación europea, son enormes para democracias tan jóvenes, sin olvidar que estas normas pueden ser vistas como elementos exógenos e incluso agresivos.

Hay pues numerosas razones para pensar que la UE constituye un factor positivo en las transiciones hacia la democracia en Europa, aunque no hay que olvidar la otra cara de la moneda.

La congelación de la democracia

Más allá de estas consecuencias sobre el ánimo democrático de la nación, una cuestión de fondo se plantea: ¿Tiene realmente la UE derecho a afirmar que posee la fórmula mágica de la democracia, a juzgar lo que es y lo que no es democracia? Esta es una cuestión preocupante, que plantea un grave problema que afecta a todos los Estados miembros y que yo llamaría la congelación de la democracia. Al darse la potestad de juzgar el grado de democracia en que viven otras naciones, los Estados europeos dan por supuesto que viven en una situación democrática, sino plena, al menos satisfactoria, a la que los otros deberían aspirar. De facto, en vista de las ventajas que depara la integración en la UE, todo Estado europeo aspira a emular ese modelo, pero eso tiene el inconveniente, de consecuencias imprevisibles, que se niega la posibilidad de buscar la formulación de nuevos sistemas, más o menos adaptados a las realidades nacionales o locales. No sé si Porto Alegre es la experiencia democrática más interesante de los últimos años, pero no me extrañaría que ello ocurriera fuera de las fronteras europeas, donde el sistema democrático tiende a anquilosarse sin asumir que necesita una renovación.

Para concluir, quisiera recordar que la oportunidad de tal renovación podría venir precisamente de la UE, a través de la Convención para el futuro de Europa, lo cual puede parecer paradójico, puesto que la UE, con su funcionamiento poco democrático, es precisamente uno de los principales factores de anquilosamiento del modelo democrático europeo, al permitir a los dirigentes políticos rechazar en sus capitales la responsabilidad de las decisiones a las que participan en Bruselas, que escapan al control de la nación como de sus representantes. Por ello, y para que la Unión Europea pueda seguir jugando un papel positivo en los procesos de democratización que nos esperan durante los próximos años (los Balcanes en particular), hay que exigir a la Convención que demuestre la imaginación suficiente como para crear una estructura europea de participación democrática que permita desatascar el modelo europeo y permita a Europa y a los europeos pensar que están a la vanguardia de la democracia. Porque los que creen que la democracia es un estado se equivocan; la democracia es un proceso, un ideal, y una nación no es nunca suficientemente democrática, no puede nunca estar satisfecha de sí misma en ese sentido. Los procesos de democratización no se acaban nunca y el error de las antiguas democracias es pensar que han llegado al final del camino y pueden descansar a la sombra de sus conquistas.