El Atlántico al Este

Artículo publicado el 12 de Noviembre de 2002
Publicado por la comunidad
Artículo publicado el 12 de Noviembre de 2002

Atención, este artículo no ha sido revisado ni publicado en ningún grupo

La americanización del Este europeo será sellada por la nueva ampliación de la OTAN, en la cumbre de Praga, los días 21 y 22 de noviembre. ¿Se verá en breve la Unión Europea invadida por 10 nuevos y rampantes caballos de Troya? Reportaje desde Sofía.

La quietud rígida de Sofía se frota, gélida, sobre la piel del visitante. Una quietud apática, como de fin de la Historia. Una quietud que anuncia centros comerciales próximamente abiertos, thrillers por un tubo, lujo y mercado, exclusión y flexibilidad. Aquella que otrora fue considerada como la decimosexta república de la vieja Unión Soviética es hoy un país huérfano, sobre la cuerda floja, vencido por las fuerzas del mercado: ansioso por convertirse de golpe en lo contrario de lo que ha sido. Campo de batalla entre los nuevos flujos de la política mundial, tierra virgen para la expansión de la Unión Europea (UE) y, al mismo tiempo, para la de la Alianza Atlántica, Bulgaria se deja hoy recorrer, fundir, atomizar, en un triunfo de la impotencia, por esa buena voluntad que se exige a un país candidato y por desilusiones frustradas.

Potencias extranjeras

Y eso que el crecimiento de la economía, al menos eso dicen los economistas, está entre los cinco más importantes del continente europeo (4,5%), con unas notas de alumno aventajado en privatizaciones y liberalizaciones del mercado y una red de pequeñas empresas en fase de emancipación. Pero la pobreza del país bate de récords, sobre todo en las mentalidades.

"Hay tanta riqueza en este mundo, pero no para nosotros, no para nosotros" cantaba una vieja canción búlgara. Aunque el 75% de la población piense haber perdido su estatus desde la caída del comunismo y aunque el paro roce el 20%, la gente no se queja, admira el paso del lujo en un Mercedes por el centro de la ciudad y se contenta con lo que tiene.

El gobierno del antiguo rey Simeone II se hunde en las encuestas, el antiguo guardaespaldas del entonces dictador Givkov, hoy ministro de Interior se convierte en el hombre más popular del país con una constante retórica sobre la seguridad; la inmigración (gitanos del este) no se integra y la criminalidad, entre drogas y robos, atiza la intolerancia. En este contexto de fragilidad difusa, actúan aquellos a los que en otros tiempos, aquí en los Balcanes, se les llamaba "potencias extranjeras" y que hoy se diluyen en el concepto (borroso en el Boulevard Saint Germain pero mas vivo que nunca el la plaza Sveta Nedelya) de globalización. Una globalización que, sin embargo, es todo menos monolítica, puesto que las interpretaciones abundan. Se enfrentan en este sentido dos modelos principales: el de la economía social de mercado y el del liberalismo made in USA. Unión Europea por un lado; OTAN y FMI por el otro.

El primer modelo es oficial, transparente, inscrito en los informes anuales de la Comisión sobre la Ampliación publicados en Internet. Incluye todos los campos: ciertamente, el económico, pero también el político y el social. Por ello es más difícil de imitar, si es cierto que Bulgaria entrará en la UE como muy pronto en 2007.

Poder blando

El otro modelo es más sutil, más fragmentado y opaco. Ciertamente, se verá coronado por la última ampliación de la OTAN, prevista para la cumbre de Praga de los días 21 y 22 de noviembre, pero nació mucho antes , gracias a la acción conjunta, después de la caída del Muro, de instituciones como el FMI, fundaciones y empresas americanas. El resultado es que la doctrina económica y social americana se ha hecho un lugar sólido en la mentalidad de la elite que domina el país, tanto la actual como la del futuro. La americanización de la juventud es palpable, hasta los más mínimos detalles: en su dirección Hotmail, Georgi (Pronunciar: "Gueorgui") se convierte en George (al estilo inglés), mientras que si un italiano llamado Giorgio quisiera hacer tal cosa, sería simplemente considerado como un excéntrico; en la universidad de Economía, en las lecciones de macroeconomía sólo hay sitio para el liberalismo; y las fundaciones de más allá del Atalantico no se olvidan de organizar frecuentes conferencias con maestrotes de Harvard. En resumen, con todas las armas del poder blando americano desplegadas sobre el campo, Bulgaria se está americanizando progresivamente. "Desde el 89, los búlgaros leen menos, van increíblemente menos al teatro y ven más telefilms", constata la socióloga Boriana Dimitrova.

Pero la opinión pública sigue siendo menos filoamericana de cuanto podría pensarse. En una encuesta reciente del Alpha Research de Sofía; tan sólo el 32% piden un mayor desarrollo de las relaciones diplomáticas con los Estados Unidos, mientras que el 67% prefieren que se privilegie más bien la Unión Europea y el 60% a la querida Rusia. Por otra parte, la misma adhesión a la OTAN no ha levantado la cabeza en las encuestas más que recientemente, pasando de un miserable 34% de apoyos en 1995 a un 58% hoy. Resultado irrisorio comparado con el 90% de apoyos del que disfruta la entrada en la UE en la población.

Pero más allá de este preocupante desfase entre una opinión pública tradicionalmente desconfiada respecto a Washington y una elite rampante, la americanización en curso es objetivamente imparable. Y no se entiende cómo podrá la Unión Europea acoger en su seno a países que, después de una fulminante capitulación cultural, están también a punto de entrar (o han entrado ya, como Polonia, República Checa y Hungría) en el sistema atlántico de seguridad. Un sistema que reafirma (no viene mal recordarlo) la posición de Estados Unidos como potencia regional en Europa.

Cortina de hierro

Desgraciadamente, los europeos han dado la señal de alarma con un retraso grotesco, únicamente cuando Rumania ha ratificado por sorpresa el acuerdo bilateral con Estado Unidos para exonerar a sus ciudadanos del juicio del Tribunal Penal Internacional. Pero la cacofonía podría convertirse rápidamente en epidemía y cristalizar las diferencias: con una Europa occidental a la búsqueda de autonomía (en la defensa europea, con la PESC, en la Organización Mundial del Comercio o en el plano diplomático, con Kyoto) y un grupo de países orientales que son candidatos a entrar en la fortaleza europea más por cuenta de la hiperpotencia que por un ansia real de reunificación.

Lo cierto es que la Unión, después de haber perdido la batalla del poder blando en Europa Oriental, está perjudicando sus propios proyectos de defensa autónoma, que pretenden, entre otras cosas, lanzar una histórica fuerza de reacción rápida en marzo de 2003. Proyectos que tendrán que ser avalados por países que ya gravitan en la órbita de influencia americana.

Por otra parte, Europa es también un modelo social y cultural; un modelo perfectible, sin duda, un modelo que hay que exponer a la crítica constructiva de los nuevos países. Pero, por el momento, con la letanía ortodoxa del respeto del acquis comunitario, nos estamos simplemente haciendo ilusiones, creyendo que podemos hacer entrar nuestro mundo en un universo, el oriental, que terminará por rechazarlo.

Mientras, precisamente en el Este, la cortina de hierro está ahora sumergida por un segundo Atlántico, reflejo del del Tratado del Norte, la soledad de la Unión Europea se agrava hasta llegar a interiorizarla, psicológicamente. Y cuando, para reformar la izquierda, una cierta "intelligentsia" europea pretende proponer al mundo "nuestro modelo de sociedad", éstas son palabras que ni siquiera se perciben en la gélida quietud de Sofía.