El Chorro: una vía ferrata real para los escaladores europeos

Artículo publicado el 21 de Enero de 2010
Artículo publicado el 21 de Enero de 2010
Los escaladores del norte de Europa se reúnen cada invierno en el sur de España, donde se encuentra uno de los mejores lugares del mundo para hacer escalada en esta temporada, El Chorro, un punto de reunión de hippies en un islote verde en pleno desierto andaluz

El Chorro. Latitud: 36º49'27.804"Norte, longitud 4°42′21.816"Oeste. Una fila doble de furgonetas a lo largo de la única carretera del pueblo. Las matrículas delatan la procedencia de los visitantes: Dinamarca, Alemania, Inglaterra, Francia. Y al anochecer, los compañeros se conocen en El Refugio, que es el único bar de El Chorro.

En la entrada, un loro da la bienvenida a los viajeros. Alrededor de su jaula, unos cuantos posters de las estrellas de la escalada, amarillentos por el paso del tiempo, cubren la pared. Las voces invitan a entrar: en un inglés internacional, cada uno cuenta su jornada. Un guitarrista se anima a acompañar a un djembé endiablado. Al estilo flamenco, todo el mundo da palmas, y alentado por el público, las rastas del músico se agitan a la velocidad de su mano izquierda sobre las cuerdas.

En una esquina, el discreto Andrés, decano de la sala, sonríe atractivamente. Hablar con él es descubrir un pedazo de la historia de El Chorro y permite viajar allí antes de haber estado siquiera. Sentado en una silla, con un bastón en la mano y dos ramitas de romero en un bolsillo de la camisa a la altura del corazón, el hombre cuenta a quién le escucha sus sesenta años de experiencia en las cuevas del lugar. "Incluso teníamos televisión", insiste con orgullo relatando historias de tiempos pasados con su rebaño en la montaña. Entonces, rápidamente, descubriendo la ruta a lo largo de las casas construidas contra la colina, uno comprende su vida como pastor.

El traqueteo de los mosquetones

Los primeros en llegar fueron amueblando gradualmente las viviendas trogloditas con el paso de los años. Sus muros se separan de la roca gracias al brillo de pequeños espejos que enmarcan las puertas. En la terraza, algunas cervezas de la víspera dan fe de la ocupación efímera del lugar. Algunas prendas de colores se secan al sol. Algunos escaladores con una larga estancia cultivan su jardín. En este período, las cuevas se encuentran completamente equipadas. Las historias de El Refugio incitan a los espíritus aventureros a embarcarse a la via ferrata (el itinerario deportivo situado en una pared de roca) donde Alfonso XIII llegó en 1921, dejando sus cartas reales en el camino. De proeza en proeza, el golpear de los mosquetones que se balancean de un punto de sujeción a otro resuena en el desfiladero.

Los tres kilómetros de camino aéreo del ‘Caminito del Rey’, fueron construidos a principios de siglo, de 1901 a 1905, con el fin de permitir el mantenimiento de las líneas de Málaga, y están ubicados hacia el sur. En desuso desde la nueva instalación hidroeléctrica, el camino ha estado cerrado desde principios del 2000. Los agujeros atraviesan el puente, dejando entrever el vacío que lo separa del agua. En el camino, una tienda parece anidada en un paisaje lunar. De repente, un fuerte estruendo. El tren de descensos de Renfe blanco y rojo se adentra en el desfiladero a la velocidad del rayo en dirección a Málaga. Al final del camino, una vista inexpugnable sobre un prado verde. El desfiladero oculta egoístamente esta vista desde la aldea. En el centro hay un granero de piedra. ¿Quien puede vivir ahí? ¿Un amigo de Andrés? Los grafitis reivindicativos han remplazado toda vida agrícola.

La escalada no es más que una excusa para reír, cantar, reunirse y compartir. La escalada no es más que otra excusa para experimentar otro modo de vida, perdidos en la parte inferior de Europa. Una vida en la que uno escala para conseguir una sensación indefinible de libertad. 

Fotos: omad/flickr; shwechen/flickr; gabirulo/flickr