El cine europeo en estado choque

Artículo publicado el 6 de Febrero de 2007
Artículo publicado el 6 de Febrero de 2007
Comienza el festival de cine de Berlín, la Berlinale, hasta el 18 de febrero, con 26 títulos nuevos -12 europeos-. De estos 12, sólo hay una cara nueva: el italiano Saverio Constanzo, de 37 años.

Vuelven a la Berlinale caras conocidas, directores que cuentan con el apoyo de la crítica, que hace años dirigen y que, de momento, son los que cuentan en el panorama del cine europeo. La lista de directores pasa por el checo Jiri Menzel, los franceses François Ozon, Jacques Rivette, Olivier Dahan y André Techiné, los británicos David Mackenzie y Richard Eyre, los alemanes Christian Petzold y Sam Garbarski, el austríaco Stefan Ruzowitzy y el danés Bille August. Además del italiano Saverio Costanzo, la única cara nueva del festival, hijo del famoso periodista Maurizio Costanzo, que monopoliza la pantalla del canal italiano Canale 5.

¿Dónde están las nuevas tendencias, las bocanadas de aire fresco, los jóvenes talentos y, en definitiva, las innovaciones que han caracterizado el cine europeo y le han hecho puntero en el transcurso de la Historia del cine? Parece que tal y como van las cosas, no hay espacio para las nuevas aportaciones y nuevas visiones. Ahora, lo que se lleva son las grandes producciones (El perfume [de Tom Tykwer] , Alatriste [de Agustin Díaz Yanes[) y las biografías que llegan al corazón (La reina [de Stephen Frears], La vie en rose [d’Olivier Dahan], Good bye Bafana [de Bille August]). Y la falta de ideas, de cara a la taquilla, siempre da buenos resultados.

Los cortos en el olvido

El futuro del cine europeo se encuentra, así como en los otros cines del mundo, en los cortometrajes. El cine en corto es el inicio de todo, es necesario, y necesita de cierto apoyo para poder crecer y dar la oportunidad a nuevos talentos que dan vida al cine. Este año hay tres cortometrajes europeos nominados en la ceremonia de los Oscar: Helmer and Son (de Soren pilmark y Kim Magnusson, de Dinamarca), Binta y la Gran Idea (de Javier Fesser y Luís Manso, desde España) y Éramos pocos (de Borja Cobeaga, también de España). Esta es una gran noticia que se tiene que elogiar y esperamos que obtengan alguna recompensa. Sin embargo, hay que evidenciar en Europa un estancamiento cinematográfico prueba, en gran medida, de la falta de inversión en nuevas ideas y nuevos talentos, provocada, asimismo, por la reducción de asistencia de espectadores a las salas de cine.

Cada vez se va menos al cine y cada vez las producciones europeas se encaminan más a hacia lo rentable: adaptaciones de novelas que se han convertido en bestsellers, biografías de personajes históricos y famosos, recreaciones de época… Los espectadores se quejan del precio de las entradas e invierten en ordenadores más potentes para descargarse películas y ver cine en casa. Este pez que se muerde la cola hace que las inversiones cinematográficas se reduzcan de forma progresiva a los nombres ya consagrados, que son los que se mueven de festival en festival, y no permite que el cine europeo se oxigene.

Apertura de miras

La otra es que desde los correspondientes departamentos de cultura de las televisiones de cada país, se dan subvenciones que en cierta manera ayudan a algunos jóvenes talentos a abrirse paso en medio del conglomerado de la gran pantalla. El catalán Marc Recha (Pablo y su hermano, Días de agosto) es uno de estos nombres que hace unos años que suenan en ciertos festivales. Un cine diferente que suele convertirse en documental, onírico y demasíado real, a veces. Pues aquí es donde pasa otro de los males del cine, o bien, del arte. Que las nuevas tendencias cuestan de abrirse paso, las nuevas ideas incomodan a más de uno y, en definitiva, o alguno planta cara y decide embarcarse en otro experimento, o el cine europeo no dejará de repetir la misma fórmula que hace años se ha asumido para contentar a los espectadores.

El cien evoluciona, en Europa y en el mundo, y los espectadores también tienen un papel muy importante en esta evolución. No hay una película sin público, y eso hace que muchas veces, se tire a lo seguro, es decir, al negocio. Si se abren salas para ver grandes producciones y las nuevas iniciativas se quedan con las butacas vacías, no hay cambio que se aguante. Y sin público en las butacas no hay dinero para un cine europeo diferente y rompedor.