El día en el que Europa y el Reino Unido miraron a los ojos al brexit

Artículo publicado el 25 de Junio de 2016
Artículo publicado el 25 de Junio de 2016

23 de junio de 2016 no será nunca más una fecha cualquiera en el calendario. Ese día cambió Europa, cambió el Reino Unido y la clase política tanto británica como continental se vio obligada a tomar decisiones inesperadas. 17 millones de votantes acababan de poner en marcha un proceso complejísimo antes de contar con una hoja de ruta definida. El camino estaba repleto de interrogantes.

A las 5:40h del viernes 24 de junio la BBC anunció que su proyección daba por segura la victoria del brexit en el referéndum británico. Cincuenta minutos después, en el plató del programa Good Morning Britain de la cadena ITV, Nigel Farage (líder del UKIP y cara visible del euroescepticismo) era preguntado en directo sobre si estaba en disposición de garantizar que el país ahorraría a la semana 350 millones de libras al desvincularse de la Unión Europea.

Se trataba de uno de los argumentos recurrentes que la campaña en favor de la salida de la UE esgrimió día tras día en las semanas previas a la votación. Esa cantidad de dinero público podría inyectarse sin mayor problema en el Servicio Nacional de Salud (NHS). Más de 17 millones de británicos habían confiado, entre otros titulares, en ese argumento claro y directo.

Eran las 6:31h de la mañana, el día amanecía azul en Londres y Farage respondió a la pregunta: “No, no puedo garantizarlo. Ha sido uno de los errores que la campaña por el Leave ha cometido”.

El gran impulsor de la ruptura con la Unión Europea acababa de admitir que una de las principales bazas empleada para ganar la votación no podía sostenerse. La ciudadanía británica aún estaba en esos instantes poniéndose en marcha para afrontar un viernes histórico.

El Día de la Independencia

Nigel Farage y su formación, el Partido de la Independencia del Reino Unido, no tardaron en celebrar la culminación de su razón de ser junto a los partidarios del Leave.

17.410.742 británicos decidieron dar la espalda a la Europa defendida por el primer ministro, por tres cuartas partes de los diputados del parlamento y por los principales partidos de la oposición. A pesar de lo igualada que se presentaba la jornada, pocos confiaban realmente en despertarse leyendo que el brexit era ya una realidad.

El Reino Unido, un país con aversión al riesgo, acababa de dar el visto bueno a una de las aventuras más impredecibles de la historia moderna europea. Las reacciones políticas no tardaron en llegar: el viejo continente seguía en shock.

El hundimiento

David Cameron, dicen, tenía preparado su discurso de dimisión listo para ser leído en la mañana del 19 de septiembre de 2014. Aquel día, los escoceses parecían decididos a independizarse y su posición no podría sostenerse ni un segundo tras la descomposición del Reino Unido bajo su mandato.

Sin embargo, prevaleció el statu quo y el primer ministro salió victorioso de una contienda arriesgadísima. Apenas año y medio después Cameron volvió a aceptar una consulta. Y esta vez con unos niveles de incertidumbre redoblados.

Para cuando salió por la puerta negra del 10 de Downing Street la libra esterlina había pasado de 1,50 a 1,37 al cambio con el dólar. Con el electorado perdido para su causa, el Partido Conservador dividido y el país a las puertas de iniciar la desconexión con la UE, David Cameron afirmó que no era la persona adecuada “para capitanear el barco hasta su siguiente destino”.

El anuncio de su dimisión, aún así, no redujo la situación de desconcierto al norte del país. Irlanda del Norte y Escocia se erigieron en bastiones de la permanencia en la UE, votaron claramente en ese sentido y, en última instancia, vieron cumplida la pesadilla: el numeroso electorado inglés haría inútil la decisión de norirlandeses y escoceses. También ellos estaban abocados al brexit.

La rebelión en el Norte

En Belfast, el viceprimer ministro de la región, Martin McGuinness (Sinn Féin), no tardó en apoyarse en el ideario de su partido para solicitar un referéndum con el que conseguir la reunificación de Irlanda y reintroducir al Ulster en el club comunitario.

Era una petición grandilocuente que caería en saco roto, aunque venía a resumir el clamor experimentado durante la mañana. Algo se estaba moviendo y lo estábamos viendo en directo. Un editor del Financial Times, abrumado, afirmaba en las redes sociales poco después: "el primer ministro británico acaba de dimitir y la noticia sólo es la tercera más importante en estos momentos".

La reacción del gobierno escocés, por su parte, era de las más esperadas. Nicola Sturgeon, ministra principal, apareció en Edimburgo flanqueada por las banderas de Escocia y de la Unión Europea. Los colores de la Union Jack, la enseña del Reino Unido, no aparecieron por ningún lado.

Y en ese estudiado escenario reafirmó su compromiso para con la UE. El brexit era el pretexto que los nacionalistas necesitaban para relanzar su campaña independentista, por lo que pocos dudaban de que la declaración se produciría.

En palabras de Sturgeon, sacar a Escocia de la Unión Europea tras haber votado en sentido opuesto sería “democráticamente inaceptable”, por lo que la celebración de un nuevo referéndum de independencia es “altamente probable” y pasa “a estar sobre la mesa”.

Bruselas pisa el acelerador

Mientras los cimientos del Reino Unido temblaban los presidentes de la Unión Europea pusieron en marcha la estrategia comunitaria: firmeza, agilidad en el proceso y cero concesiones.

Donald Tusk, Martin Schulz y Jean-Claude Juncker mostraron su decepción ante el resultado, pero ahí quedó todo argumento sentimental. La hoja de ruta tejida en la capital de Europa se apreció cristalina: el aparato de la UE está en marcha y listo para iniciar el proceso de desvinculación cuanto antes.

No habrá lugar para cavilaciones ni renegociaciones. Y ante la posibilidad de una descomposición en cadena de la Unión, un frío y cortante “no” de Juncker por respuesta resonó en la sala de prensa del edificio de la Comisión Europea.

Las instituciones, en lo que se refiere a su estrategia oficial, quieren pasar página. No más Europa de los 28 ni más Reino Unido, estado miembro. Se ha de mirar al frente, el club cuenta con veintisiete socios.

Los británicos, un jueves del mes de junio, dieron inicio con su voto a una nueva etapa y las fichas han comenzado a moverse. ¿Aguantará cohesionado el Reino Unido? ¿Conseguirá reinventarse la UE para sobreponerse al adiós británico? ¿Qué será de Escocia? ¿Cómo juzgará la historia a David Cameron?

La Era de los Retos en el continente europeo ha llegado para quedarse. Y los interrogantes, amplísimos, tardarán en ser despejados. Mientras tanto, y al mismo tiempo que la clase política afrontaba su particular D-Day, en la idílica granja donde se celebra el festival de Glastonbury miles de jóvenes británicos empezaban a desesperezare tras la segunda noche de música y arte contemporáneo en directo.

Su país acababa de hablar y ellos descubrieron lo diferentes que eran a sus vecinos, a sus tíos, a sus abuelos. Embarrados hasta las rodillas, contemplaron la magnitud de lo sucedido el 23 de junio: su futuro había cambiado.