El día en que conocí a Darío Fo

Artículo publicado el 7 de Noviembre de 2016
Artículo publicado el 7 de Noviembre de 2016

[OPINIÓN] Nadie se salva de la lluvia. Pero, en la vida, hay que saber afrontar las tormentas para que puedan reservarte grandes sorpresas. En mi caso, mis recuerdos me llevan de nuevo al momento en que conocí en Milán a Darío Fo, Premio Nobel de Literatura 1997, tres años antes de su muerte el pasado 13 de octubre. 

En Milán es difícil predecir la lluvia. Aquí, el cielo siempre gris e inmutable recuerda a un vaso de agua medio vacío. Puede significar tanto el inicio de una tormenta como la llegada de un cielo despejado. Medio lleno o medio vacío, todo depende del punto de vista.  

Ese día, sin embargo, el elevado índice de humedad hacía fácil prever que iba a diluviar, y no era una cuestión de pesimismo. Incapaz de distinguir la delgada línea que separa la paranoia del realismo, decidí coger la bicicleta y no el metro. Mientras pedaleaba hacia la universidad, repetía mentalmente todos los trámites burocráticos que tenía que hacer para poder entregar mi tesis sin ningún problema. 

"¿Gabriel García Márquez? ¡Le conozco bien!"

Justo después de entregar el trabajo, me sentí tan libre, desocupada y feliz que, a pesar de que ya había empezado a llover, decidí volver a coger la bicicleta. En aquel momento me pareció una tontería dejarla allí por cuatro gotas que iban a caer pero, cuando llevaba dos minutos pedaleando, me di cuenta de que no había sido una buena idea. El diluvio estaba a punto de caer sobre la ciudad y sobre mi cabeza. Entonces me paré a un lado de la carretera, sin saber bien si resguardarme en la entrada de alguna tienda o ir directamente a casa con el riesgo de ganarme una duchita a cielo abierto. Un señor que también había optado por resguardarse me señaló que si me quedaba en medio de la acera me daría un baño completo. Instintivamente, le respondí que no me importaba. Acababa de entregar mi tesis. Decirlo en voz alta me hizo sentir que lo que acababa de decir era verdad y me dio el empujón que necesitaba para mentalizarme de volver a subir a la bici, regresar a casa empapada y emborracharme con mi compañera de piso. Y justo cuando me preparaba psicológicamente para volver a irme, el señor me preguntó por el tema de mi tesis. Le contesté que era sobre Gabriel García Márquez y el realismo mágico. "¡Le conocí bien!", me respondió de inmediato. 

Me di la vuelta. Quería saber cómo era posible que la persona que estaba a mi lado hubiese conocido al premio Nobel de literatura colombiano. Desde luego, era posible. Aquel hombre también había recibido el mismo galardón. Apoyé la bicicleta contra la pared y me senté en los escalones de la entrada de la tienda a hablar con el que, con pañuelo, sombrero y gafas de sol, no era otro que el mismísimo Darío Fo

Ese día no tenía ni idea de que al poco tiempo estudiaría dramaturgia, me mudaría a Roma e iniciaría el difícil camino de ser freelance en la industria creativa. Todavía ahora me pregunto cómo y por qué pudo sucederme aquello a mí. 

¿Realismo? Mejor reírse

Aunque este encuentro casual con una persona por la que siento enorme respeto es indudablemente una grata sorpresa, no es esto lo que te empuja a tomar una decisión vital. El hecho de hablar con Darío Fo durante diez minutos de García Márquez, de Colombia y de la vez que actuaron en una obra de teatro a muchos metros de altitud teniendo que aspirar de una bombona de oxígeno cada vez que había un cambio de escena, no implica haber conocido realmente a la persona. Sin embargo, cuando me enteré de la noticia de su muerte, tres años después de nuestra charla, recordé aquel encuentro y pensé que algo sí me había enseñado. Por ejemplo que hay que coger la bicicleta aunque vaya a llover seguro, porque la realidad no debe impedirnos soñar con que el cielo se aclare. Tal vez no ganaremos, pero puede que obtengamos alguna recompensa. 

Al menos, podremos echarnos unas risas. Tal y como demostró Darío Fo a lo largo de su carrera artística y política, reír – y hacer reír – es un modo de luchar. La alegría del desacuerdo, la burla bufona, la audaz ironía que desmonta cualquier mistificación son parte de los grandes titulares con los que los periódicos de todo el mundo recordaron al Premio Nobel de Literatura de 1997 al día siguiente de su muerte. Como su famoso discurso en la Academia Sueca en el que dijo que eran los miembros de la Academia sueca quienes se merecen el premio más importante por la elección de darle el Premio Nobel : "Señoras y señores, algunos amigos míos, distinguidos hombres de letras, han declarado en diversas entrevistas a la radio o a la televisión: 'Sin duda, el mayor premio lo merecen ustedes [los miembros de la Academia Sueca] por tener el coraje de conceder este año el premio Nobel a "un bufón". "Sin duda, lo suyo es de verdad un acto de valentía que roza la provocación. Sólo hay que ver el desmadre que ha provocado".

Cuando dejó de diluviar, entramos en la tienda que teníamos detrás para llamar un taxi. Los dependientes alucinaron al verlo entrar y creyeron que yo era su nieta. Aunque no cambiaría nunca a mis abuelos por ningún ilustre intelectual, la verdad es que fue bonito y me sentí alagada durante unos minutos.

Cuando llegó el taxi y me invitó gentilmente a subir, decliné la invitación. Pedalear me había llevado a un encuentro cargado de buena suerte, así que ahora no podía dejarlo caer. No podía renunciar ni a mi bicicleta, aunque me mojara, ni a mi testarudez, por coger la bicicleta sabiendo que iba a llover.