El federalismo con un gobierno económico funciona

Artículo publicado el 1 de Noviembre de 2004
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Artículo publicado el 1 de Noviembre de 2004

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La Estrategia de Lisboa es un proyecto ambicioso pero, sin penalización para los países que incumplan sus objetivos, ¿está condenada al fracaso? El Economista Enderlein nos da su opinión.

Henrik Enderlein es profesor junior en el Departamento de Economía y en el John F. Kennedy Institute for North American Studies de la Universidad Libre de Berlín. Su investigación se centra en el gobierno económico de la UE en comparación con el gobierno de economía federal de los Estados Unidos.

Café Babel: ¿Por qué cree que no se conseguirán los objetivos de la Estrategia de Lisboa?

Henrik Enderlein: Creo que la primera razón es que la Estrategia de Lisboa no tiene metas concretas ni objetivos intermedios. Lisboa es un método abierto, un acercamiento a una posición que anima a sus miembros, más que forzárlos, a realizar medidas estructurales necesarias (...). Considero que este acercamiento se encuentra dentro de la denominada coordinación negativa, aunque el contexto es de coordinación positiva. Permítame que lo explique: básicamente, la coordinación negativa establece unos límites o niveles mínimos, mientras que la coordinación positiva establece una meta clara y tangible en la que están de acuerdo todos los agentes políticos. En el área de los mercados laborales se pueden definir estándares mínimos, pero esa no es la actitud que se requiere hoy en día. Necesitamos una actitud común y eso es la coordinación positiva. Pero, como ha escrito Fritz W. Scharpf, la coordinación positiva puede ser difícil de lograr en la UE. Por tanto, la agenda de Lisboa es una actitud intermedia, que intenta alcanzar las metas de la coordinación positiva usando instrumentos de coordinación negativa.

Si cumplir con la estrategia de Lisboa concierne individualmente a cada país, y estos no serán penalizados en caso de no hacerlo, ¿va a ser suficiente la presión de la Comisión para que funcione la estrategia?

Si a la Comisión se le diese más poder para pedir a los Estados miembro que cumplan con las reformas en un área concreta, entonces trasladaríamos el gobierno de los asuntos económicos al nivel europeo. Esto es por lo que la Comisión intenta animar a los Estados miembro, a través del método abierto del benchmarking, a que tomen contacto y hablen entre ellos y a celebrar cada año esa especie de “concurso de belleza” basado en la pregunta “¿Quién ha llevado a cabo las mejores reformas del mercado laboral?”. Personalmente soy muy escéptico respecto a los resultados de ese posicionamiento. La estrategia de Lisboa está bien para comparar problemas y ver qué soluciones pueden ser aplicadas por otros Estados miembro. Pero en general, siento que ese acercamiento es bastante débil y demasiado abierto, y no llega tan lejos como debiera.

Si ese tipo de presión quizás no es suficiente para hacer que se cumpla el proceso de Lisboa, ¿necesitamos un gobierno de economía federal dentro de la UE?

Un gobierno de economía federal para la UE es una cuestión de decisión política y no de decisión económica. (...) Hoy en día, cada Estado miembro calcula cuánto da a la UE y cuánto obtiene. Las cantidades son bastante pequeñas pero son ampliamente anunciadas y discutidas en el terreno político. Tener más responsabilidad a nivel europeo significa que algunos Estados miembro tendrán que emprender acciones que no sean beneficiosas para ellos con el objetivo de favorecer a otros miembros, resultando así una redistribución. Esta redistribución puede ser financiera, estructural o de cualquier otro tipo. (...) Pienso que lo interesante de la Unión Europea es que estamos tratando de tener un área económica común en esta clase de gobierno económico. Puede que tengamos éxito o no, pero lo que nos enseña la Historia es que el federalismo con un gobierno económico redistributivo funciona.

The Economist da dos razones por las que falla el proceso de Lisboa. La primera es que Lisboa quita fundamentalmente pequeños obstáculos para el crecimiento económico; la segunda es que se lleva a cabo a un nivel nacional y no, como otras reformas de la agenda de la UE, a nivel europeo.

Lisboa no trata sobre una integración positiva, por eso no es difícil que los Estados miembro estén de acuerdo con ella. No temen ningún tipo de coerción, ningún tipo de dictado que venga de la Comisión. Simplemente tienen que seguir adelante con sus propios discursos políticos, argumentando “sí, tenemos que emprender esa reforma” o “hasta ahora hemos hecho mucho, así que las reformas no son necesarias”. Pero no se trata de eso. Es realmente a nivel nacional donde tendrían que tener lugar las reformas, pero no lo hacen por el contexto macroeconómico y porque, a un nivel nacional, hay muchos actores implicados en el sistema político: actores del veto, agentes sociales y sistemas de seguridad social que se han ido creando a través de décadas y siglos y que no son tan fáciles de superar. Así que todo lo que Lisboa puede hacer es asegurar que se haga efectiva a nivel nacional.

Lisboa es criticada, especialmente en el discurso económico francés, como un proyecto neoliberal que esencialmente significa recortar el papel del Estado. Aún así, los Estados miembro nórdicos -Dinamarca, Finlandia y Suecia- puntúan muy alto en casi todos los aspectos de la agenda de Lisboa y tienen economías fuertes.

El éxito económico de los países nórdicos se explica principalmente por su tendencia general a reducir la acción estatal que comenzó en los años 80. Estos grandes Estados del bienestar tenían que sufrir reformas fundamentales. Salieron con éxito de estas reformas principalmente a través de un concierto(1) a nivel nacional, estableciendo sistemas altamente coordinados, trabajando con los actores sociales y tratrando juntos diferentes aspectos de la economía. Y eso es por lo que también tienen éxito dentro del marco de actuaciones de Lisboa. Otros países, que confían más en el papel tradicional del Estado y que no han llevado a cabo reformas, (...) son reacios a hacerlo porque ven Lisboa como un ataque contra sus respectivas estructuras económicas y políticas fundamentales. Francia, ciertamente, pertenece a este grupo.

(1) El concierto consiste en una estrecha cooperación para la toma de decisiones económicas entre varios actores de una economía nacional, como por ejemplo, los gobiernos regionales y federales, los sindicatos y las asociaciones.