El final de la guerra pero no de la ocupación

Artículo publicado el 9 de Mayo de 2005
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Artículo publicado el 9 de Mayo de 2005

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Las celebraciones en Moscú por el aniversario de la liberación de Europa del nazismo son esperadas por todos los jefes de Estado del mundo. Sin embargo, para países como los Estados Bálticos o Polonia, este aniversario está aún teñido de rojo.

El final de la Segunda Guerra Mundial debe ser, se supone, una celebración de la victoria sobre el fascismo y la derrota de la Alemania nazi. Pero al mismo tiempo, ¿este final de la guerra no significó también el comienzo de la ocupación soviética que durara hasta 1991, como fue el caso de Lituania, Estonia y Letonia? La liberación por parte del Ejército Rojo se convirtió en una ocupación que permitió a la Unión Soviética imponer su ideología y su sistema político en estos países y durante 45 años, como sucedió en Polonia. Si usted pertenece a uno de estos países o incluso si es usted uno de sus gobernantes, podría sentirse incómodo ante la idea de ir a Moscú a riesgo de que su presencia envíe un mensaje que legitime los hechos realizados por el Ejército Rojo; fuerza militar que tuvo un rol decisivo en la derrota de Hitler, pero que al mismo tiempo reforzó el movimiento estalinista de los gobernantes comunistas en Polonia, Checoslovaquia, Hungría, Rumania, Bulgaria y Alemania del Este.

Las dos caras de una misma moneda

Para muchos de los que vivieron las dificultades y el sufrimiento de los años del comunismo, o que sienten sus persistentes efectos en la actualidad, la frustración de que Rusia asuma la contribución soviética al final de la Segunda Guerra Mundial, pero que no reconozca que los resultados de la guerra despejaron el camino a los soviéticos para externalizar sus influencias hacia el oeste, es un duro trago. De los tres presidentes bálticos invitados a las conmemoraciones, sólo la Presidenta de Letonia, Vaira Vike-Freiberga, estará presente. Aún así, Varia Vike-Freiberga vertió duras críticas sobre el Kremlin cuando en una declaración lanzada este pasado mes de enero sobre el aniversario del 9 de mayo, aclaró que la culpa del comienzo de la guerra debería dividirse entre Hitler y Stalin. Se refería al "Pacto de No-Agresión" de 1939, cuando Hitler estuvo de acuerdo en dar a los soviéticos los Estados Bálticos y el este de Polonia a cambio de no unirse en una futura guerra en contra de Alemania. Dijo: "El más devastador conflicto humano no hubiera sucedido si los dos regímenes totalitarios -la Alemania nazi y la Unión Soviética- no hubiesen acordado en secreto el reparto de territorios del este de Europa entre ellos".

En Polonia existe un debate sobre si el Presidente Aleksander Kwasniewski debería acudir o no a las celebraciones. Aunque comparte con Letonia el deseo de que Rusia reconozca los sufrimientos de sus países durante la posguerra bajo el régimen comunista, justifica su decisión de acudir precisando que "no deberían pasar por alto a la mayoría de soldados (soviéticos) que liberaron Polonia y otros países amigos". Válida o no esta principal motivación para su presencia en los actos, también añadió: "No queremos insultar a la nación rusa porque esto puede tener consecuencias para nuestras futuras relaciones". Las interpretaciones están abiertas. No obstante es consciente de que la verdad debe oírse este 9 de mayo y está seguro de que la mayoría de los polacos están de acuerdo con que se entrevea esta idea.

El aniversario como símbolo de la reconciliación

Según el presidente Putin, Rusia quiere llevar a cabo las celebraciones en la Plaza Roja como un "símbolo de la reconciliación de Europa en general". Este es, de hecho, un tema apropiado para tal acontecimiento: la relación entre el final de la Segunda Guerra Mundial con los acontecimientos más recientes tales como la reunificación de Europa con la inclusión de ocho países post-comunistas en la unión europea. Si el presidente Putin está de verdad interesado en actuar dentro de este simbolismo reconciliador, quizás pueda acompañar de algunas palabras o de algún gesto esta intención.

Es cierto que Rusia no es la Unión Soviética y que no ha heredado todo su bagaje. Sin embargo, si Rusia quiere superar la persistente frustración de la gente del báltico y de los antiguos países satélite, en los que todavía se abriga, no puede haber mejor oportunidad para reconocer estos sentimientos y obtener una respuesta. Entretanto, sin una palabra de condena hacia los crímenes soviéticos, dejando aparte incluso los más leves reconocimientos a la Unión Soviética de antes de la guerra y sus efectos en estos países bálticos y el Bloque del Este, no podrá esperar mucho de los lideres de estos países por mucho que acudan a la Plaza Roja a ver desfilar a los soldados rusos.