EL fracaso de Lisboa: la culpa es de los “Estados”.

Artículo publicado el 1 de Noviembre de 2004
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Artículo publicado el 1 de Noviembre de 2004

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Esta vez la burocracia no tiene verdaderamente nada que ver. Es la lentitud de las capitales lo que bloquea. Análisis.

Quienes estuvieron en Lisboa, durante el Consejo Europeo de marzo de 2000, consideraron con acierto imponerse el objetivo de convertir a la Unión en la economía del conocimiento más competitiva y dinámica del mundo de entonces a 2010, y así alcanzar un crecimiento económico sostenible y una mayor cohesión social.

Objetivo 3% para I+D

El balance a mitad de camino es aún desilusionante: poco o nada ha sido hecho; los objetivos intermedios preestablecidos no van a ser alcanzados. Va a ser difícil aumentar el nivel de inversiones en investigación y desarrollo tecnológico del actual 1,9% del PIB de la Unión al 3% de aquí a 2010, y lograr además adjudicarse los dos tercios de las aportaciones privadas. (ver fuente PDF)

La confirmación viene dada por los últimos datos disponibles: las inversiones globales en actividades de investigación y desarrollo en la Unión rozan el 2% del PIB, pero con una tasa media de crecimiento anual del 4% (desde 1997 hasta el 2002), algo absolutamente insuficiente para conseguir el objetivo del 3% en el 2010. También los otros objetivos de Lisboa se ven lejanos. La tasa de ocupación total –es decir, el número de personas empleadas sobre el total de la población- ha pasado del 62,5% en 1999 al 64,3% en 2002: muy poco para alcanzar el resultado intermedio del 67% en el 2005. La tasa de crecimiento de la productividad por persona ocupada en Europa cae desde la mitad de los años 90', y en la actualidad varía entre el 0,5% y el 1,1%, (contra el 2% de los Estados Unidos). Las inversiones totales de las empresas han caído, pasando del 18% del PIB en el 2000 al 17,2% en el 2002. Del mismo modo, han caído netamente las inversiones públicas de la Unión, penalizando en particular a los sectores públicos de infraestructuras, de redes transnacionales y de conocimiento, elementos cruciales de la estrategia de Lisboa.

1000 procedimientos por infracciones contra los Estados

Pero el problema de Europa es que tampoco consigue capitalizar sus ya de por si lentos avances. Las tecnologías de la información y de la comunicación contribuyen al crecimiento de la productividad en una tasa inferior a la mitad respecto a los niveles registrados en los EE UU, a causa de un uso y una difusión aún muy lentos de estas tecnologías en algunos sectores de los servicios (sectores financieros y comerciales), y además en algunos sectores industriales. Del mismo modo, hay una gran carencia de investigadores altamente cualificados, si bien su número en la Unión ha aumentado ligeramente, pasando de 5,4 por cada mil unidades de mano de obra en 1999 a 5,7 en 2001, tasa inferior a la de EE UU (8,1/1000) o Japón (9,1/1000).

La estrategia de Lisboa hasta ahora se ha resuelto en 6 principios guía, 117 objetivos comunes, 9 procesos coordinados y abiertos, y centenares de informes: un proceso complejo y lento que ha sido la coartada justa ofrecida a los Estados para no hacer prácticamente nada. Aquí la burocracia de Bruselas no tiene verdaderamente nada que ver: hasta ahora la agenda de Lisboa ha sido un fracaso, la responsabilidad principal recae en los Estados. El 40% de las directrices comunitarias adoptadas con referencia a las estrategias de Lisboa, de hecho, no han sido aún acogidas por los 25.

Del mismo modo, no es casualidad que el número de procedimientos por infracciones abiertos a los Estados supere el millar, y que en los últimos años haya disminuido sólo un 3%, como prueba de un escaso compromiso de los países miembros por asegurar una concreta actuación hacia las disposiciones comunitarias recibidas.

Centros de excelencia

¿Qué hacer ahora para materializar la estrategia de Lisboa? La Comisión saliente (ver informe PDF), el High level Group de Wim Kock, y el virtual nuevo comisario de Industria Günter Verhengen son unánimes: la panacea serían los planes de acción nacionales y los centros de excelencia europeos.

Esto significaría más responsabilidad para los Estados nacionales: los gobiernos tendrían que presentar planes de acción verificables y divididos por etapas en función de su realización, no sólo por la ocupación, pero también por la innovación, investigación, educación y medio ambiente, con la indicación de objetivos vinculantes. Asimismo, se investigaría sobre un abanico limitado de grandes programas, orientados a crear centros de excelencia dotados de suficiente masa crítica: capaces, por lo tanto, de alcanzar altos niveles de visibilidad internacional y de atraer los mejores investigadores de cada país del mundo.

Por otro lado, para realizar la agenda de Lisboa, Europa tendrá que invertir mucho más y mejor en el “intercambio de capital humano”, con el apoyo a las carreras de los investigadores e incentivar la circulación de cerebros extranjeros a partir de la experiencia de “Erasmus Mundos”, y también mediante la articulación de condiciones especiales de ingresos y permanencia de los ciudadanos de terceros países de la Unión Europea con el fin de investigar. Promover los recursos humanos significaría también garantizar las condiciones de tutela europea de los derechos de la propiedad intelectual, definir finalmente la patente comunitaria, y garantizar la conexión entre investigación pública de base y empresas. ¿Y los objetivos?: incentivar el traspaso de tecnología a la industria y hacer posible un uso de los mismos derechos de propiedad intelectual en los entes públicos de investigación y en las asociaciones mixtas.