El futuro de la energía en Europa

Artículo publicado el 24 de Abril de 2006
Artículo publicado el 24 de Abril de 2006

Atención, este artículo no ha sido revisado ni publicado en ningún grupo

20 años después de la desgracia de Chernóbil, Europa sigue atascada en el debate sobre su futuro energético. La imparable demanda china de energía, la inestabilidad en Oriente Medio o los cambios de gobierno en Latinoamérica, han convertido la energía en la peor pesadilla para Europa.

La situación es tan preocupante que la Comisión Europea ha decidido tomar cartas en el asunto con la publicación del Libro Verde sobre una Estrategia europea para una Energía sostenible, competitiva y segura. En él, se intenta dar un impulso definitivo a las políticas que desde hace algunos años el ejecutivo comunitario intenta fomentar sin mucho éxito. Garantizar la seguridad de los suministros, estimular la competitividad y el empleo, fomentar la innovación y la lucha contra el cambio climático son los 4 puntos cardinales del documento que suenan tan ideales como inverosímiles. Pero en estos días de fúnebre aniversario, no sólo han llovido críticas del lado de las ONG, que era de esperar, sino incluso por parte de algunos gobiernos como el alemán, cuyo Ministro de medio ambiente, Signar Gabriel, ha acusado a la Comisión de prestar escasa atención a las energías renovables y de aumentar excesivamente el gasto en energía nuclear.

Relación de amor-odio entre Europa y la energía

A lo largo de la Historia de la construcción europea, la energía ha sido tanto fuente de problemas como de soluciones. Al concluir la II Guerra Mundial, los aliados fijaron en los Acuerdos de Potsdam un sistema de distribución de la producción del Ruhr mediante la creación de la AIR (Autoridad Internacional del Ruhr), un organismo que entra en funcionamiento en 1949 para explotar el carbón y el acero de la cuenca, con el objetivo de prevenir el riesgo incontrolado de una nueva escalada industrial con fines de agresión por parte de Alemania y aprovechar mejor los yacimientos de la zona.

En 1951, nacería la CECA, la primera de las Comunidades europeas (del carbón y del acero). En 1957, en Roma, se firmaría el tratado CEEA (Comunidad Europea de la Energía Atómica). De ese modo, la energía nuclear, el acero y el carbón, que en su día fueron las armas de la guerra, se convirtieron en los cimientos de la paz y la prosperidad.

¿Negra, Gris o Verde?

Ni negra como el petróleo o el carbón, ni gris como el acero. Un estudio de Eurostat muestra que la mayoría de los europeos quieren una energía de color verde y rechazan la energía nuclear. A pesar de ello y de la nefasta experiencia, la UE ha preferido continuar con las actividades nucleares y Bruselas lanzó el pasado septiembre su nuevo paquete nuclear. Los pilares de este paquete son dos nuevas directivas relativas a la seguridad de las centrales nucleares y al tratamiento de residuos. La Comisión afirma que 5 de los 10 nuevos Estados miembro poseen una legislación poco estricta en materia de seguridad. Sin embargo, varias ONG han declarado que, detrás de la excusa de reforzar la seguridad, se esconde una maniobra para potenciar la energía nuclear y proponen que el dinero de los contribuyentes se destine a fuentes más limpias y seguras.

La demanda actual en Europa es en un 41% de petróleo, en un 22% de gas, en un 16% de carbón, en un 15% de energía nuclear y tan sólo en un 6% de energías renovables. Pero las reservas de petróleo y carbón pronto formarán parte de los libros de Historia, por lo que las energías renovables parecen la opción más inteligente. Aun así, Greenpeace afirma que las grandes compañías energéticas ejercen tal control sobre el mercado que la implantación de nuevas compañías de producción de fuentes alternativas es prácticamente inviable. La energía eólica, la solar y la hidráulica, parecen gigantes cervantinos en vez de molinos.

Hipocresía nacional

El resumen es un “quiero y no puedo” que deja a la Comisión Europea entre dos aguas. De un lado recibe -y con razón- las críticas más duras por parte de los foros sociales de representación ciudadana, que le exigen contundencia en sus decisiones. Del otro, el ejecutivo ve frenadas sus iniciativas por los Estados miembro, que con hipocresía enarbolan la bandera del medio ambiente pero que recurren con soltura al fácil argumento de la “seguridad nacional” para reivindicar sus competencias en materia de control energético (especialmente nuclear). Un absurdo cuando ya la Historia nos ha enseñado que, en materia de energía, es mejor que vayamos todos juntos de la mano.

¿Será el último Consejo Europeo el principio del fin de esta hipocresía gubernamental? En él, el pasado 24 de marzo, los jefes de Estado y de gobierno han “preconizado una política europea de la energía”, subrayando la necesidad de hablar con una sola voz. También han hablado de competitividad y de empleo, de seguridad y de medio ambiente, conceptos que hasta el momento se han demostrado antagónicos. ¿Será Europa capaz de demostrarle al mundo lo contrario?