El hilo que une 2002 y 2005

Artículo publicado el 21 de Noviembre de 2005
Artículo publicado el 21 de Noviembre de 2005

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¿Por qué los suburbios arden en Francia y no en el resto de Europa? Hay un hilo que une la victoria de Le Pen en 2002, el No a la Constitución y los enfrentamientos en los suburbios.

El 21 de abril de 2002 el líder de la extrema derecha, Jean-Marie Le Pen, pasó a la segunda vuelta de las elecciones presidenciales francesas. El 29 de mayo de 2005, tres años después, Francia dijo No a la Constitución europea. El 27 de octubre, los suburbios franceses se rebelaron: 8.500 coches incendiados, 200 edificios destruidos, 125 policías heridos y 600 arrestos.

La excepción francesa

Desde hace años, Francia se halla constantemente en el candelero por sus decisiones políticas y la evolución de la sociedad mucho más que cualquier otro país europeo. Aunque Austria tuvo a Haider, hoy en día el partido de este líder xenófobo totaliza apenas el un 5% en los sondeos. También Holanda votó No en el referendo sobre la Constitución, pero el país de los tulipanes nunca se identificó tanto como a Francia con un texto constitucional escrito en gran parte por el ex presidente francés Giscard d’Estaing. Por último, ningún país ha vivido en las últimas décadas una ola de violencia urbana como la que ha castigado a Francia en los últimos días. En definitiva, más que cualquier otro país, Francia padece de forma visible la crisis de su modelo de sociedad.

Quien ha votó No en 2005, en 2002 favoreció a Le Pen

Decididamente, hay un hilo que une el éxito electoral de Le Pen, el No a la Constitución y los enfrentamientos en los suburbios. Según los sondeos, el 63% de los que votaron No el 29 de mayo de 2005 había contribuido a la catástrofe de las Presidenciales de 2002: el 32% había votado a Le Pen y el 31% a uno de los candidatos de izquierdas que impidieron al socialista Lionel Jospin llegar a la segunda vuelta. Los dos votos –el reaccionario de derechas y el conservador de izquierdas– tenían y tienen en común el miedo a la inmigración. Aunque es verdad que el "fontanero polaco" de Laurent Fabius es más chic que los magrebíes de Le Pen, la sustancia no cambia.

Es más alarmante la relación entre las Presidenciales de 2002, dominadas por el debate sobre la criminalidad, y las periferias de hoy. En la página web del Frente Nacional, Le Pen intenta sacar partido de la ocasión al editar, bajo el slogan "Le Pen lo había dicho", un inquietante vídeo electoral sobre las elecciones europeas del 1999: las imágenes muestran un París ardiendo "salvado" por la llama tricolor, el símbolo de su partido. Sin embargo, el Ministro de Interior, Nicolas Sarkozy, que se ha declarado candidato a las elecciones Presidenciales de 2007, cuenta con la simpatía del 68% de los franceses, según revela un sondeo reciente, gracias a la retórica de "ley y orden" que le ha valido las felicitaciones (y celos) del mismo Le Pen, que no puede sino aplaudir la prórroga del estado de excepción, la expulsión de los facinerosos extranjeros, la guerra declarada a los radicales y la voluntad de "limpiar las periferias".

Quizás la relación más interesante es aquella entre el No a la Constitución y la crisis de los suburbios, porque saca a la luz no sólo las preocupaciones de la Francia xenófoba y "coherentemente" anti-europeísta de Le Pen, sino también el conservadurismo de una amplia franja de la izquierda aferrada a "un modelo social francés" santificado, que había reprobado una Constitución "ultra-liberal" y que ahora, para resolver el problema de las banlieues, invoca siempre y a cualquier precio al Estado social.

La receta del último cocktail social francés

La misma izquierda francesa "colbertista" debería explicar por qué, paradójicamente, el país con el Estado social más generoso de Europa es a la vez aquel en el que los problemas sociales se manifiestan con más intensidad. Basta con pensar no sólo en la guerra urbana de los últimos días, sino también en los cuarenta y ocho inmigrantes muertos en los tres incendios que entre abril y agosto han sacudido las inhumanas estructuras parisinas de acogimiento. El porqué es claro: Francia está en crisis más que otros países porque presenta un cocktail social –y hay razones para decirlo- explosivo.

El primer ingrediente es la crisis económica de sus suburbios, espejo de la guetización de una gran parte de la población de origen inmigrante en barrios inhabitales construidos apresuradamente durante los años sesenta. Es ahí donde, según los expertos, el desempleo llega a una media del 20% (el doble de la media nacional), y entre los jóvenes, hasta extremos del 40%.

Pero esta situación, ya de por sí difícil a causa de los millones de inmigrantes a los que Francia ha tenido que integrar, se vuelve todavía más ardua por culpa del credo "republicano": un batiburrillo de retórica política y sistema de instrucción orientado a la asimilación del individuo por la comunidad nacional, sin ningún reconocimiento de sus orígenes lingüísticos, étnicos o religiosos. Ello conduce a la paradoja de enseñar a colegialas multiétnicas que "nuestros antepasados eran los Galos", a hablar de "eventos" y no de la "guerra" de Argelia, a prohibir el velo islámico en escuelas de mayoría musulmana, o a decir a los hijos y nietos de los inmigrantes que son todos "ciudadanos franceses", aunque es sabido que las discriminaciones están al orden del día, sobre todo cuando se vive fuera de París y una se llama Aisha.

El tercer elemento del molotov social que amenaza a Francia es la ideología estatalista: no es casualidad que en francés "Estado social" se diga Etat Providence ("Estado-Providencia"). Al criticar el discurso dirigido a la nación el 14 de noviembre por parte del presidente Chirac Le Monde señalaba: "Ha apuntado el dedo contra todos. Sólo se olvidó del Estado, como si quisiera descargar todas las culpas sobre la sociedad civil". Ello lleva por un lado a creer casi religiosamente en la omnipotencia de la intervención pública y, por otro, a alimentar la demanda de posterior asistencia por parte de los estratos de la población ya ampliamente subvencionados con subsidios al desempleo concedidos de forma demasiado flexible con respecto al resto de

Europa.

El modelo francés de sociedad ya no es apto para el mundo actual. Su elite parece incapaz de reformarlo. La novedad es que, ahora, los excluidos se rebelan. El riesgo es que la enésima voz de alarma pueda ser interpretada como un accidente, reprimido con métodos dignos del peor Le Pen.