El hormigón, nuevo sultán de Estambul

Artículo publicado el 17 de Mayo de 2013
Artículo publicado el 17 de Mayo de 2013
Desde que Estambul alcanzara el codiciado estatus de megalópolis dinámica, la capital económica turca no ha hecho más que sufrir transformaciones profundas en nombre del “marketing urbano global”. Aunque ya hace un tiempo que los rascacielos hacen sombra a los minaretes, es la restructuración de la plaza Taksim lo que ilustra más recientemente las consecuencias de la velocidad de estos cambios.

A priori, la idea de remodelar esta explanada y repensar sus funciones podría haber alcanzado un consenso, pero las grandes líneas del “proyecto Taksim” han suscitado, por el contrario, la polémica. Anunciado por el primer ministro Erdogan durante la campaña de las elecciones legislativas de 2011, fue a principios de 2012 cuando el consistorio desveló el proyecto al público. A primera vista, la intención anunciada parecía loable: devolver la plaza a los peatones y relegar el tráfico al subsuelo, pero rápidamente los planes de reordenación empezaron a inquietar a la sociedad civil.

La democracia encofrada

Así, desde que se anunció el proyecto, el colectivo Taksim Plateformu se ha dedicado a denunciar la política urbanística seguida y a proponer alternativas. Para sus miembros, el proyecto Taksim no es más que el ejemplo más reciente de las carencias de una política de renovación urbana que, de manera sistemática, ignora las exigencias democráticas (ausencia de consulta previa a vecinos y profesionales de urbanismo o falta de transparencia). En este caso, destaca también la rapidez inusual con la que las instancias municipales y otros organismos aprobaron el plan de remodelación, que revela la falta de diligencia de los poderes públicos. Así se comprende mejor por qué, desde que se iniciaron los trabajos en noviembre de 2012, vecinos y comerciantes tuvieran la sensación de estar ante hechos consumados, lo que hace que a día de hoy solo puedan expresar su incomprensión y frustración. Como manifiesta un vecino decepcionado: “¡aquí no importa quién construye qué, ni dónde!”. En este contexto, se hace difícil creer que el proyecto de Taksim se concibiera teniendo en cuenta el interés de los ciudadanos, especialmente cuando las cifras de la economía nacional dependen en gran parte de la construcción y la obra pública. En la esfera política nacional se musita, entre otras cosas, que los grandes proyectos de infraestructuras se han convertido en bazas electorales. No es nada sorprendente, por tanto, que la sospecha reine sobre las verdaderas intenciones de los diseñadores del plan de ordenación de una plaza altamente simbólica.

El hormigón, ¿herramienta de coerción social?

Además de su centralidad geográfica y su función como punto neurálgico de transporte, Taksim ocupa un lugar aparte dentro de la mitología urbana estambulita. Para empezar, fue uno de los proyectos más emblemáticos de la República kemalista: en la plaza se encuentran el monumento a la República y el centro cultural Atatürk. Una connotación política que en los años noventa Recep Tayyip Erdogan, entonces alcalde de Estambul, intentó diluir al proponer la construcción de una mezquita en esa ubicación.

Sin embargo, en una ciudad donde las plazas de esta envergadura son algo poco común, Taksim continúa siendo, sobre todo, un punto de concentración único para manifestantes de todos los colores políticos. De hecho, es habitual ver en la ciudad, y bastantes veces por semana, comitivas de manifestantes desfilando por toda la calle Istilkal que acaban desembocando en los adoquines de la plaza Taksim, lo que hasta cierto punto forma parte del ADN del ciudadano comprometido. Manifestantes del primero de mayo, aficionados al fútbol, estudiantes, nacionalistas, etc… todos aprecian el espacio disponible y la buena visibilidad que ofrece la explanada. Históricamente, Taksim ha sido, ni más ni menos, uno de los últimos baluartes de expresión política importantes en la esfera pública de la ciudad y del país. Un lugar esencial en la vida democrática como nos recuerdan, por desgracia, los enfrentamientos violentos entre los manifestantes y las fuerzas del orden del primero de mayo.

Al mismo tiempo que en Turquía la libertad de expresión se ve maltratada demasiado frecuentemente, algunos observadores temen legítimamente que la “rigidez” urbanística introducida por el hormigón en los accesos de la plaza amenace la supervivencia de esta plataforma ciudadana. Según ellos, la convergencia de manifestantes en la plaza se verá considerablemente reducida (menos puntos de entrada para los peatones), haciendo el acceso incluso imposible una vez la zona peatonal de la calle Istiklal sea acordonada por las fuerzas del orden. De hecho, el hormigón encerrará la plaza, lo que físicamente limitará las posibilidades de concentración.

¿Estocada implacable al ejercicio de la libertad de reunión y de expresión?

Algunos no dudan en ver en los responsables del proyecto propósitos oscuros. Ya sean motivadas ideológicamente o bien fundadas, estas acusaciones se apoyan en la demostración de que el proyecto no resuelve ninguna de las cuestiones que pone encima de la mesa. En una megalópolis atascada y contaminada, no se ha llevado a cabo ninguna reflexión formal sobre la presencia del coche. El proyecto de la plaza Taksim se contenta con esconder los vehículos, pero los flujos de circulación “invisibles” continuarán siendo los mismos.

Pero hay otras polémicas que no son tampoco marginales, como la reconstrucción de los barracones militares destruidos en 1940, lo que significaría la desaparición del parque Gezi al norte de la plaza, uno de los pocos espacios verdes de la ciudad. Los edificios proyectados albergarían también un centro comercial en una ciudad que ya cuenta con suficientes espacios de consumo, lo que conllevaría una gentrificación y una privatización de la esfera pública. El parque, el único lugar de socialización de la plaza donde ni el hormigón ni el consumismo tenían cabida, han atizado la codicia de los promotores inmobiliarios.

Despolitización y desocialización del espacio público. Los urbanistas se preguntan, ¿a quién pertenece la ciudad si el derecho de disfrutarla se niega a los ciudadanos?

Fotos : Cortesía de (cc) oso/flickr ; Texto : © Tania Gisselbrecht salvo la ilustración © Corentin Gallard