El horror viaja en tren

Artículo publicado el 4 de Septiembre de 2015
Artículo publicado el 4 de Septiembre de 2015

La primera noticia con la que comienzo el día es con que Hungría está engañando a los refugiados sirios para montarlos en trenes que los llevan a campos de concentración. No doy crédito. No puede ser. No puede estar pasando todo esto. Debe ser una mala pesadilla de la que vamos a despertar.

La primera noticia con la que comienzo el día es con que Hungría está engañando a los refugiados sirios para montarlos en trenes que los llevan a campos de concentración. No doy crédito. No puede ser. No puede estar pasando todo esto. Debe ser una mala pesadilla de la que vamos a despertar. Eso, o no tenemos esperanza. No puedo evitarlo. Se me congela la sangre. Mi mente viaja a miles de kilómetros. Recuerdo mi visita a Auswitchz­Birkenau y aquel descubrimiento horrendo: los nazis engañaban a los judíos prometiéndoles que iban a ir a un lugar mejor, que iban a escapar de los ghettos, ¡les vendían incluso los billetes! Quien, como yo, ha visto aquellos billetes, aquellas maletas vacías, aquella sala inmensa llena de pelo, no puede soportar esta noticia. Llevo llorando todos los días. No puedo entender cómo seguimos adelante con todo esto pasando a las puertas de nuestra casa. Lo reconozco, soy incapaz de leer las noticias sobre los refugiados, no puedo respirar. Pienso en aquel frío polaco que lo llevo pegado al alma y no quiero saber nada. Me intento proteger así. Pero el horror es mucho más grande. Siempre es más grande de lo que podemos imaginar. Todo el mundo habla de Aylan, pero yo no quiero hablar de él, yo sólo quiero llorar por él. Llorar hasta quedarme seca. Aunque también quisiera salir a la calle y gritar: ¿pero es que no os estáis dando cuenta de lo que está pasando ahí afuera?, ¿es que no tenéis corazón?

“La paz mundial no puede salvaguardarse sin unos esfuerzos creadores equiparables a los peligros que la amenazan. La contribución que una Europa organizada y viva puede aportar a la civilización es indispensable para el mantenimiento de unas relaciones pacíficas”, así comenzaba la declaración de Schuman cuando lanzó la idea de la CECA, la organización que andando el tiempo daría lugar a la UE. El horror nazi había conmocionado al mundo y Schuman pensó que una Europa unida garantizaría la paz. Se equivocó. La UE es una vergüenza. Pregona los derechos humanos por aquí y por allá, pero impone tratados comerciales abusivos con los que beneficiarse de los más pobres. Viola uno de los derechos internacionales reconocidos por todos aquellos países que se autodenominan “civilizados” como es el derecho al asilo. Convierte en ilegales a las personas sólo por el hecho de existir. Está plegada a los intereses económicos y financia a coste cero a esos mismos bancos que desolan la vida de sus ciudadanos. Y ha olvidado el horror. Esta UE no nos sirve. No la queremos.

Quizás Viktor Orban no ha estado en Auswitchz­Birkenau y no ha visto aquellos billetes hacia la muerte, ni aquellas maletas, ni aquellos zapatos, ni aquel pelo. Sí, quiero creer que no ha estado. Que no ha llorado, como yo, al ver todo aquello. Que no se le ha metido ese sufrimiento en la piel de por vida. Quiero creer que no sabe de lo que hablo. Porque, si lo sabe es un monstruo mucho peor de lo que podamos imaginar.