El imperativo democrático

Artículo publicado el 7 de Julio de 2004
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Artículo publicado el 7 de Julio de 2004

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Reclamada en todo el mundo, la UE airea sus conflictos internos en plena recomposición política e institucional. ¿Será acaso el anuncio de una primavera democrática?

¡Europa está al desnudo! Sus vestiduras son irreales; demasiado grandes para una UE que se dota de una Constitución de pobre ambición roída por las ambiciones estatales.

Demasiado grandes, también, para una UE acompañada de un nuevo Parlamento sobre el que pesan más el desinterés y la abstención que las fuerzas representadas en él. Un traje mal entallado para una UE presa de vanas envidias y a la que tanto le ha costado elegir un sucesor para Romano Prodi.

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Este traje europeo, global, sigue resultando invisible como un iceberg cuya punta emergente atravesara el año político de 2004: la necesidad de una política económica para la zona euro; la de una harmonización fiscal de mínimos; la refundación de las relaciones transatlánticas; las responsabilidades de la UE, sobretodo en Oriente Medio: ¿puede Europa seguir ignorando las ansiosas esperanzas del mundo árabe-musulmán en a favor de un reequilibrio de fuerzas entre ellas misma y el eje israelo-americano? La histórica elección de un turco para el puesto de Secretario General de la Conferencia Islámica la semana pasada refleja esta evolución: las miradas están clavadas sobre la respuesta que dé la UE a Turquía el mes de diciembre.

Pero este traje grande y pesado es el de la UE: el corte está hecho y ahora debe llevarlo. ¿Cómo lo hará? Que la UE existe es un hecho. La construcción nos contempla. A la pregunta de si “Europa sí o Europa no”, le precede la pregunta de “Europa cómo”. ¿Acarreando con el peso de una mundialización acaecida contra la cual se erigen barreras, o bien asumiendo la globalización cuyo flujo es preciso controlar, gestionando riesgos y retos? Es ya menos una cuestión de hacer que de actuar, ese arte político y democrático por esencia consistente en comenzar y fundar.

Dos soluciones se perfilan. Por una parte la UE puede enrocarse en una lógica elitista, burocrática, cada vez más desprovista de legitimidad democrática. El sistema comunitario persevera en una postura “tapón” frente a Estados miembro que prefieren otorgar el privilegio dudoso de la toma de decisiones difíciles e impopulares a la Comisión, permitiendo que crezca la burocracia. El ejemplo de la suspensión el mes pasado es un buen ejemplo. La cuestión turca, otro. Un enorme desperdicio: por falta de definición política europea, las cuestiones capitales se ven libradas a la negligencia de unos Estados que no saben abordarlas sin trasladar la impopularidad de las soluciones a una Europa anegada en la tecnocracia. Resultado: la UE chocando sin cesar contra la suma de las impotencias nacionales exacerbando las tentaciones populistas que la desacreditan.

Segunda opción: que la UE tome resueltamente partido por la democratización horizontal, atendiendo a la realidad. Esto implica varias cosas. Por un lado la reforma de la Comisión, menos en la dirección de convertirla en un ejecutivo y más en la de un núcleo impulsor, verdadero cerebro de una red nerviosa europea: gobiernos nacionales, parlamentos, y también ONG, asociaciones y universidades, esa sociedad civil de la que podría convertirse en correa de transmisión de demandas esbozando respuestas y políticas audaces y legítimas. Por otra parte, el desarrollo de fuerzas políticas transeuropeas, capaces de transcribir y formular las demandas de los ciudadanos en términos europeos. Se trata de un reto centrado en la invención y desarrollo de un espacio público, de un «mundo común» (Arendt) europeo.

La Europa en red

Las fuerzas políticas transeuropeas jugarían un papel crucial como pedagogos e inventores: o incluso como porteadores (de una escala nacional a una escala europea), o Stalkers, retomando la figura del guía de la gran obra de Tarkovski en la que los protagonistas no progresan nunca en línea recta sino a ciegas en un mundo, una zona, en la que la certeza ha dado paso a la complejidad.

Dibujamos aquí la invención de una democracia experimental, formidable desafío humanista y ético. Es fácil presumir que tales potencialidades suscitarán tensiones, irritaciones conservadoras, tentaciones de «contrarreforma». Está claro que la Europa democrática no se afianzará sin una polarización política cuyos rasgos se intuyen ya entre la visión conservadora de una Europa culturalista y patrimonial y otra más progresista pero de contornos aún imprecisos.

El fortalecimiento democrático europeo pasa paradójicamente por la superación del consenso (espacio de paz, de libertad y de prosperidad) en Europa: una travesía azarosa pero necesaria , salutífera por residir en el centro mismo del acto democrático.

Tal debería ser la nueva realidad del poder en Europa. Salvo nuevas jugarretas.