El infierno está lleno de buenas intenciones

Artículo publicado el 30 de Mayo de 2005
Artículo publicado el 30 de Mayo de 2005

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"¡Urbi et orbi!" La elección del nuevo Papa ha parecido decepcionar a muchos. Disipada la fumata, los apodos se disparan. Benedicto XVI tendrá que esforzarse para cambiar la casulla de teólogo por el sayal de pastor humanista.

En sus primeras semanas de pontificado, Benedicto XVI –con su reputación de hombre duro- ha dejado entrever cuáles serán sus ambiciones: inscribirse en la continuidad ecuménica de su amigo y predecesor Juan Pablo II, cuyo proceso de beatificación ha hecho abrir con cinco años de antelación, y adoptar una línea de conducta teológica conservadora opuesta por completo a lo que deseaba la mayoría de personas interesadas (la Iglesia y una buena parte de los representantes de la medicina actual, en mi opinión). Asistimos a un momento en el que las fuerzas vivas del catolicismo están completamente debilitadas.

Hace cuarenta años, este santísimo hombre nos habría parecido increíblemente revolucionario, él, que tomó una parte activa en los trabajos del Concilio Vaticano II. Es todavía más confuso constatar su vinculación con las teorías de la Congregación para la Doctrina de la Fe, cuando en otro tiempo pasó por el matachín de una iglesia demasiado antigua en un mundo demasiado moderno. ¡Y todos infalibles!

Un Papa a imagen y semejanza del hombre

En todos los continentes se esperaba un papa humano, de acuerdo con nuestras inquietudes y condiciones de vida: un papa capaz de entendernos y guiarnos, un papa que hiciera evolucionar su Iglesia. Pero tenemos un papa intelectual, con un pasado equívoco, con una imagen imprecisa, que deberá contratar a los mejores spin doctors, esos creadores de imagen positiva que sirvan para orquestar la gran "operación simpatía" que lo hará… ¿humano? Y, aparentemente, se han puesto en marcha ciertos mecanismos para que el Papa, desde el primer momento, cause buena impresión. Cerca de los ciudadanos que fueron a saludarle, Benedicto XVI se mostró alegre y seguro de sí mismo, muy alejado de la timidez que se le conocía. Durante su primera homilía intentó también generar confianza. Pero aunque su nuevo nombre le dé cierta seguridad, es inevitable intuir eficaces instrumentos de comunicación orquestando detrás de él. Juan Pablo II supo levantar olas inconmensurables e inigualadas de entusiasmo papal, allá donde llevaba su combate por la paz de los hombres (guerra fría, comunismo, capitalismo, genocidio…) y por la paz de las creencias (con los judíos, los protestantes y los ortodoxos, en especial). Su época fue la de la apertura del urbi al orbi (de la ciudad hacia el mundo). Y Benedicto XVI debería, sobre todo, no comprometerse por el mismo camino: ahora es el momento de que el Papa se interese por la condición de los suyos, reflexione sobre la evolución de la sociedad, proponga adaptaciones de la doctrina de la fe, porque sin la adhesión de la Iglesia, el pontificado no tiene sentido. Así como dijo en su discurso ante la Academia católica de Baviera, "¿por qué soy cristiano aún?: sólo dentro de la Iglesia es posible ser cristiano, y no al lado de la Iglesia". ¡Pasemos a la acción!

¿No esperaban muchos, en efecto, que el nuevo Papa, con los pies en su Iglesia y en su época, gracias a su poder increíble e inigualado, salve África, a los hombres, mujeres y niños que allí sufren por la doctrina, mueren por la doctrina, sin asistencia, sin Dios, sin amor? ¿Qué valores humanistas puede transmitir esta doctrina? Me parece que si Benedicto XVI aceptara que la fe no fuera tan sólo la regla y su aplicación drástica, sino también el amor, que pasa por la asistencia al prójimo, todo sería mucho más sencillo. Tal y como influyeron las palabras de Juan Pablo II, en otro contexto, en el curso de la historia, para cambiar la vida de los hombres: vamos, Papa, con una palabra tuya bastará para sanar África.

Operación simpatía

Decíamos, pues, "operación simpatía". Me cuesta creer que la rápida puesta en marcha de una dirección electrónica o la promoción de su club de fans basten para hacer de un teólogo exigente un pastor cercano a su rebaño, lleno de amor y de compasión por sus ovejas pecadoras. Además, todo esto se parece bastante más a una gran operación de comunicación digna de un Mitterrand haciéndose limar los dientes que al advenimiento de una era espiritual. ¿Se podrá hacer una petición por correo electrónico para solicitar la autorización de utilizar preservativos sin temer la excomunión?

Para Benedicto XVI, más que una "operación sonrisa", se tratará de la "operación escucha de las peticiones de los cristianos". Mi opinión es que ésta guiará bastante mejor sus pasos hacia la aceptación popular. Lejos de los cardenales Panzer y otros rotweilers de la fe, apostemos por que Benedicto XVI sepa escoger los hombres.