El italiano, ¿una lengua de arlequín?

Artículo publicado el 16 de Diciembre de 2011
Artículo publicado el 16 de Diciembre de 2011
Social media, conference call, un gossip muy trendy sacado del chat live online... ¿los italianos aún hablan italiano? O hablan una lengua de arlequín, un dialecto “itanglese”? La excusa de la globalización no sirve… basta con echar un vistazo a las otras lenguas del viejo continente.

En el ciento cincuenta aniversario de la unidad nacional de Italia, la lengua italiana celebra, entre mil sombras, una nueva situación: no sólo es la lengua materna de los habitantes de la península, sino que –según los últimos datos de Ethnologue- lo es también de unos 7 millones de hablantes repartidos principalmente entre Suiza, Francia, Croacia y Eslovenia, por lo que el italiano expande hoy su área de uso como lengua extranjera. Hace años que los cursos de italiano tienen un lento, pero constante, aumento en toda la Europa oriental, en Sudamérica y en Estados Unidos, donde los estudios de lengua y cultura italiana se multiplican.

¿La lengua se rige por sí sola?

Entonces, ¿por qué preocuparse por la lengua de Dante? A pesar del crecimiento de su difusión y popularidad en todo el mundo, el italiano pasa por dificultades dentro de su propia nación. Una lengua está ligada a la imagen de los países que la hablan y es, generalmente, considerada la expresión de la cultura y de la identidad de éstos. A partir de esta consideración compartida por los intelectuales italianos durante los últimos veinte años, se ha reafirmado la decisión de rechazar cualquier propuesta de crear nuevas normativas tuteladas por instituciones culturales, contrariamente de lo que ha pasado en el resto de Europa y del mundo, bajo la convicción de que “la lengua se rige por sí sola”, y que las únicas reglas aceptables son aquellas de su uso y su difusión. Cualquier propuesta diferente, como la constitución de un “Consejo superior de la lengua italiana” viene inmediatamente tachada de fascismo lingüístico.

Una visión, casi utópica, que ignora el hecho de la influencia coactiva de los medios sobre el comportamiento del ciudadano, y en general las relaciones reales de fuerza en la base de las dinámicas socio-lingüísticas.

Lejos de garantizar la libertad, la ausencia total de normas deja a la lingüística en manos de los medios de información y de las agencias publicitarias, que impregnan cada vez más la lengua de extranjerismos. En los últimos años, el fenómeno ha llegado a niveles récord, hasta el punto que la consulta de textos “italianos” requiere el uso de un buen diccionario de inglés. ¿Es un destino inevitable al cual nos tenemos que resignar? Todo lo contrario. Basta con mirar a los otros países europeos, donde un mayor conocimiento y una mayor identificación con la propia lengua nacional han conducido hasta resultados muy diferentes, respetando los derechos fundamentales y las libertades lingüísticas.

El instituto no tiene ningún poder normativo

La invasión de los barbarismos informáticos

A los intentos de traducir los términos especializados, casi siempre en inglés, frecuentemente se objeta la absurdidad de traducir palabras internacionales, iguales en todo el mundo, y lo ridículo que es oponerse a una globalización lingüística que afecta a todas las lenguas del mundo: en la mayoría de los casos, esto es absolutamente falso. En el campo informático, muy impregnado de anglicismos, por ejemplo, el italiano es muchas veces la única lengua que acoge casi íntegramente todos los términos en inglés; que se traducen en cambio en la mayoría de los otros idiomas creando, cuando es necesario, neologismos. ¿Una demostración? Mientras el italiano usa file, los franceses hablan de fichier, los españoles de archivo y los alemanes de datei. Podrían objetar que esas son lenguas más grandes, extendidas por todo el mundo. Pero, ¿qué hay de la palabra holandesa bestand, la finlandesa tiedosto o la polaca plik? Países donde, entre otras cosas, los niveles de conocimiento medio de la lengua inglesa son claramente superiores a los de los italianos. ¿Qué se puede hacer? El pasado es pasado, se podría argumentar. Y es ciertamente razonable: se trataría de intentar modificar términos que ya se han integrado y que su significado ya es conocido por todos. Pero, ¿y los neologismos actuales? ¿Por qué el propuesto (o impuesto) touchscreen, martilleado por las campañas mediáticas y recitado como un mantra de la modernidad, no puede llamarse scherzo tattile (pantalla táctil)? Y social network, traducido por casi todas las lenguas europeas… Facebook nos ayuda, describiéndose como una piattaforma sociale (plataforma social), es decir, una plataforma web con el soporte de las reti sociale (redes sociales). Más reciente es la importancia de yield spread, presentado como término técnico respecto al “incompetente” differenziale di rendimento (diferencial de rendimiento).

Nadie quiere imponer un italiano puro, privarlo de todos sus barbarismos extranjeros, porque el intercambio entre lenguas es un aspecto de la globalización. Parece, en cambio, absurdo apoyar esa “ignorancia culta” que ha contagiado a muchos italianos, llevándoles a pavonearse y a rellenar sus discursos con términos de una lengua que, muchas veces, ni son capaces de hablar. Sin pretender cambiar el pasado, pero pensando en el presente, bastaría con mirar alrededor para darse cuenta que la globalización de las lenguas, entendida como una inevitable y total rendición a los anglicismos a la cual no tiene sentido oponerse, es un cuento que sólo nos creemos en Italia.

Foto: (cc) Thomas Hawk/flickr