El Madrid actual o el Leviatán que nunca debió resucitar

Artículo publicado el 26 de Mayo de 2003
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Artículo publicado el 26 de Mayo de 2003

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Madrid como monstruo y como paraíso, el Madrid que nos dejan los neoliberales que ahora han vuelto a obtener su masoquista confianza.

Vista desde el cielo, al que tanto se remite, con el que tanto sueña, Madrid debe ser una especie de pulpo marrón, plegado con rabia taurina a la quietud y la aridez de la meseta. Las inmensas ciudades dormitorio, producto de las masivas migraciones que cambiaron definitivamente la sociología de España, se extienden como tentáculos poderosos desde el corazón de Madrid hacia el infinito de las costas españolas, tratando de columbrar inútilmente el mar perdido.

Por eso, caminando por Madrid, cuesta imaginar aquella visión barojiana de desesperación, de ilusiones varadas en las aceras de un Madrid, de un páis, de una sociedad en descomposición. Aquella intuición realista, trágica, casi costumbrista, nos remite a un Madrid sin siglo XIX, que fue su error... Un siglo de ancla histórica.

Mientras en otras ciudades bullía una burguesía prepotente y culta, soñadora y egoísta, en Madrid se forjaba una personalidad estoica, sufrida, paciente receptora de insatisfacciones y sinsabores: ya no había imperio, ni capital. O lo que es peor, había el desdibujo de un imperio y una capital. Así Madrid tiene ese poso de chulería barriobajera, de villa cortesana sin reyes, pero con villa bulliciosa (y viciosa), de callejas viciadas por el chisme y la longitud de las horas vacías... De putas, de horas muertas, de momentos perdidos, de días de paso, de forasteros que no aman Madrid, pero la usan, la comentan, la viven azarosamente, peligrosamente. Sexualmente

Los felices 60: de la depresión al nacimiento del monstruo.

Los barrios, las ciudades bajo la ciudad, fueron espigones sociales, rompeolas de personas hechos a ladrillo y cemento, con prisas, a golpe de hormigonera, casi sin árboles, inventando la verticalidad sobre el frío, sobre el calor sulfúrico de una meseta desierta y dura: un espacio de cuarzo sin engaños ni bondades naturales... Así se regó esta tierra baldía, este poblacho castellano cargado de historia, pero desprovisto de afueras, con el oxígeno de unas gentes deseosas de soñar, de alcanzar el cielo, que es la eterna promesa de Madrid: de Madrid al cielo, reza un refrán recurrente, símbolo de su utopía, de la razón de ser de Madrid, de su impostura.

Madrid, como tantas ciudades españolas y mediterráneas, se deformó urbanísticamente con el desarrollismo desaforado y grumoso de los 60... A un cuerpo sin hacer, desnutrido, le aplicaron mil prótesis, le insertaron una estructura ósea de mil radios que lo ensamblaron por la vía rápida al resto de la circunferencia ibérica, de la cual es centro geográfico. Hormigón, asfalto, cables, y el octópodo de tierra tuvo tentáculos abrasadores, musculosos. Brazos terribles que asieron a sus bellas hermanas tras-castellanas y las trajo hacía sí con la fuerza irreductible de un monstruo. Madrid pasó de ser un pueblo sin afueras, el desdibujo de un pasado emigrado hacia el pasado, a ser un presente que emigraba hacia Madrid. La fuerza centrípeta de un franquismo depredador vomitó un epicentro desproporcionado y granítico para un país que había tenido muchas ramificaciones, pero que carecía de tronco. Madrid, a partir de ahora, ciudad de ciudades, ciudad ancha, infernal, automovilística, de color pardo y aire pastoso, sería ese marcapasos férreo, ese corazón duro de un país siempre a punto de quebrarse. Orgía de asfalto: los barrios interminables reptan como cadáveres de boas que aspiraron pueblos enteros; edificios que son estómagos donde los pueblos se digieren hacia el interior del pulpo. El pulpo (¿o la boa?) devora, y devora; el monstruo marino sin lubricar ciñe sus tentáculos sobre la tierra de Castilla, ¿de España?.

Los orígenes y el devenir

Pero Madrid, precisamente por carecer de siglo XIX, hay que situarla en el ámbito de invento del maligno: en la onda de ciudades alejadas, por tradición, de una Europa decimonónica por antonomasia. Surgen paralelismos: Atenas, tal vez. Enorme, deslavazada y extendida como una radiación febril en torno a su recuerdo más palpitante: la Acrópolis. Pero Madrid no es sólo eso. Es más que una ciudad mediterránea, caótica, con vestigios de una pretérita cultura delicuescente y esbelta.

Madrid, aristocrática, pueblerina, se descubre en sus dos extrañas sílabas... porque su estructura fonética, Ma-drid, nos remite a un inicio maternal (Ma) que concluye con un empujón hacia el Sur, tal vez hacia el Islam, que sentó las bases de Madrid como ciudad-laberinto, ciudad zoco, ciudad de cruce de caminos: drid, rid, id, son sonidos que hermanan a Madrid con Bag-dad, Isla-ma-bad, Al Rash-id... y la alejan de Londres, París, Lisboa o Barcelona... Diciendo Mad-rid, la lengua se empalaga en el cielo de la boca, batida entre los dientes y el paladar seco. No hay eses (París, Lisboa), ni “ms” (Ámsterdam), ni bes (Barcelona, Belfast)... sólo hay una tímida “i” ahogada por el tableteo sordo de las consonantes drd: drid. Madrid.

Tras los 80, renace el Leviatán: advenimiento de la neo-derecha.

Pero el pulpo, por fin, perdió su cabeza en la lisergia peregrina de los 80, y se convulsionó acariciando el cielo, que es como tocar la eternidad -dicen. Cuando los poetas de barrio le cantan al Madrid de hace unos años, suelen hacerlo pensando en aquella mujer de calles sucias y alegres, y la adjetivan iterativamente: bailona, cachonda, canalla, sensual, díscola, joven... Madrid, eso es cierto, tiró el lastre de su equipaje histórico al Manzanares, y el fin del mundo lo pilló bailando y fumándose su primera conexión con la modernidad real, riéndose del monstruo vetusto ya olvidado en el arcén: cruel disfraz que le habían impuesto. Madrid dejó de ser pulpo, que te abraza sin amor, que atenaza viscoso y asfixia hacia la muerte, para ser vampiro (o vampiresa) que fulmina amando, besando a sus víctimas... “Madrid me mata”, decían algunos vampirizados por el letal murciélago capitalino, réplica auténtica de aquel “London kills me” de los orígenes del “punk”. Y aquí hay muchos nombres, muchos “nosferatus” de la cultura madrileña que sufrieron ese beso succionador de vida: Almodóvar, Zulueta, Sabina, Pérez-Villalta...

Pero el Leviatán despertó. Llegaron sus huestes a recuperar el espacio perdido. Vinieron con las estacas y las cabezas de ajo, con las cruces y los espejos, con su luminosa vulgaridad, con su ñoñería católica, y acabaron con la belleza lívida e insoportable del Madrid más incisivo de su historia. El fin del mundo, para muchos madrileños, para los que habían ayudado a este pulpo a liberarse -por fin- de sus tentáculos, del peso insoportable de su fuerza infausta, de la atrocidad y la saña de sus ventosas, fue, ha sido, su último alcalde, Jose María Álvarez del Manzano. El fin del mundo.

El fin del mundo ha ganado con mayoría absoluta tres veces (¿o han sido cuatro?). El fin del mundo ha residido en Madrid durante eternas legislaturas... ha resucitado al pulpo, al monstruo violento y vulgar. Han despojado a Madrid de sus caderas fáciles, livianas y arrebatadas, para imponerle nuevos corsés de hormigón. Han aplicado el bisturí para corregir las bellísimas arrugas de mujer que llevaba la vida por bandera.

El 25 M pasó, y volvieron a ganar, porque el Leviatán es ya demasiado grande y el pulpo ha recuperado su vitalidad. Que el fin del mundo, efectivamente, nos pille bailando.