El mercado laboral: el telón de acero sigue en pie

Artículo publicado el 28 de Mayo de 2004
Publicado por la comunidad
Artículo publicado el 28 de Mayo de 2004

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El cinismo de ciertos países está amenazando la reunificación de Europa. La generación Erasmus no puede aceptarlo.

Qué lugar más confuso es la nueva Europa. Mientras Bruselas invita a los países del Este a que trabajen en su superestructura burocrática, sus estados miembro están cerrando las puertas a los voluntariosos trabajadores. La decisión tomada por el Reino Unido e Irlanda es lo último en una tendencia de políticas restrictivas ya que, uno a uno, los estados miembro de la UE ponen fronteras al libre movimiento en este mismo momento cuando, simbólicamente, tendrían que estar derribándolas. Aunque todavía no se han finalizado la mayoría de los planes, Alemania y Austria parecen preparadas para implantar la restricción de empleo de siete años que se propuso en la Comisión de mediados de los 90 y se muestran conformes como parte de los tratados de acceso. Suecia y Dinamarca eliminarán el derecho de beneficiarse a los nuevos ciudadanos de la UE pero habilitarán los permisos de trabajo y de residencia a aquellos que consigan un trabajo en un plazo de 6 meses. Por otro lado, Bélgica, Finlandia y los Países Bajos solo permitirán que trabajen aquellos que gocen de un permiso de trabajo, que supondrá que solo aquellos que tengan un pasaporte de trabajo antes de llegar al país de destino podrán acceder a un empleo.

Aprender de la historia: El caso portugués y español

Esta ampliación es un hecho sin precedentes en la historia de la UE, pero la historia de la inmigración, o más bien la historia alarmista, es bastante familiar en el contexto de la ampliación. En 1986, cuando España y Portugal se adhirieron a la Unión, surgieron preocupaciones por los inmigrantes porque iban a inundar nuestras costas. Al igual que en la actual ola de la ampliación, se acordó un período de transición de siete años de restricciones del mercado laboral basándose en que tras ese período, el nuevo estado miembro tendría que sobrepasar los parámetros económicos y por tanto no habría deseos de emigrar. Pero, debido principalmente a la velocidad del alzamiento económico, las esperadas olas nunca llegaron y por eso el período de transición se redujo rápidamente. Cierto número de trabajadores incluso volvieron de los estados del norte después de que sus respectivos países se unieran a la UE en medio de las perspectivas de una mejora del nivel de vida.

Los grupos anti-inmigración muestran un racismo disfrazado de econometría, argumentando que no existe una situación económica para la emigración, haciendo referencia a los inmigrantes que ya están en nuestro entorno (por ejemplo, el 29% de la población de Londres son inmigrantes).

Los hechos son engañosos: nos dicen que el 40% de los polacos quieren vivir y trabajar en otro país europeo (según un estudio de Price Waterhouse Cooper). Lo que no nos dicen es que el 75% de los húngaros no tiene previsto abandonar su país debido a su fuerte sentimiento familiar. Ahora la Comisión ha devuelto el golpe: citan un estudio reciente realizado en Dublín que muestra una imagen diferente de la realidad tras la ampliación, en las que las cifras sugieren que la nuevas emigraciones solo aumentarán un 1% en los próximos cinco años. Esta cifra alcanza los 220.000 inmigrantes por año en los 15 países miembros actuales.

Más allá de los mitos numéricos

Pero aquellos que siguen jugando con los números están lejos de la cuestión importante. El hecho es que las emigraciones, como realidad del sistema globalizado, son tan reales e inevitables como el comercio internacional. Se esperan números que fluctuarán al igual que esperamos que los mercados también lo hagan. Pero la cuestión de base es que las emigraciones cumplen una necesidad que la población en declive de Europa hace incluso mayor. Los emigrantes son una fuente de trabajo, suministra mano de obra en caso de escasez y de productividad en alza. Porque rellenan los huecos del mercado laboral calificado o aceptan los puestos de trabajo menos calificado que la población del país de acogida no realiza, no producen un efecto adverso en los niveles de paro de las poblaciones existentes. Tampoco producen un efecto adverso en los salarios o en la sociedad civil. En algunas partes de Europa, el espíritu empresarial de los emigrantes ha diversificado y rejuvenecido sectores por completo.

Quizás el aspecto más importante de los emigrantes legales que trabajan es a largo plazo es que van a reducir el flujo de los emigrantes ilegales procedentes de estos países, permitiendo a estos contribuir de forma íntegra en la economía y en la sociedad del país de acogida. De esta forma, los emigrantes legales son una fuente y no una carga, y no nos quitan el dinero, como los anti-inmigrantes asumen de forma errónea, sino que son las fuentes reales que lo generan.

Un reciente estudio de Price Waterhouse confirma esta visión. Demuestra que aquellos con más opciones de emigrar desde países del Este son quienes ocupan puestos de responsabilidad o personas en situación desesperada en busca de trabajo. El estudio concluye diciendo que los países de la UE que reciben inmigrantes pueden esperar una calidad de mano de obra alta que mejorará las bases económicas a corto plazo y las socioeconómicas a largo plazo, con una estructura demográfica más activa. Resumiendo, más oportunidades que riesgos para los antiguos estados miembro.

La fortaleza de Europa se construye en los cimientos de un mito: la libre circulación de personas puede existir verdaderamente dentro de unas paredes hechas de acero. La desconfianza subyacente de esta política ve las fronteras que se alzan de los estados de la ampliación entre ellos mismos para evitar los emigrantes. En el momento justo de la ampliación, el sueño de una Europa unida a través de un mercado de gentes interno está bajo amenaza. En nosotros, la generación Erasmus, esa ironía se pierde.