El Metro de París de la A a la Z

Artículo publicado el 9 de Febrero de 2008
Artículo publicado el 9 de Febrero de 2008
Como probablemente ya habréis escuchado, París tiene el mejor sistema de transporte público de Europa, si no el mejor del mundo. Es excelente, cubre la ciudad al completo y es maravillosamente frecuente pero además es más que eficiente.
El metro de París es un mundo en sí, tiene su propia tropa de humildes trabajadores que hacen huelga una vez al mes y que habitan en las sombras del metro sin ver jamás la luz del sol.

Supongo que la atmósfera gris y mal iluminada es contagiosa ya que el metro es un lugar de depresión colectiva. Si tienes un buen día, NO bajes al metro. Coge un autobús en su lugar, pues los lúgubres rostros de los compañeros de viaje te acabarán deprimiendo y recordándote que no hay nada sublime en la vida y que ésta no es más que trabajo duro y miseria. Pero hay otras razones por las que preferir un paseo a un viaje en metro.

Lo más sorprendente del metro es que después de tenerlo desde hace más de cien años, ¡los parisinos aún no saben moverse por él! Los habituales del metro no conocen el llamado “protocolo de entrada y salida”. Lógicamente, cuando el vagón se detiene deberías dejar salir a las personas del tren y a continuación entrar tú. Pero no, aquí la gente, hambrienta e impaciente por llegar a casa, empezará a empujar para entrar apenas estén las puertas medio abiertas. Así que si no eres lo suficientemente rápido la masa te arrastrará hasta el otro lado y no podrás bajar hasta la siguiente parada.

Otro argumento contra las inexistentes aptitudes de los parisinos en el metro es el hecho de que todos se apilan en las entradas del tren en lugar de repartirse uniformemente por el vagón. No, obstinados ellos, se quedarán cerca de las puertas donde están todos los demás. No sé si es más fácil viajar con tu nariz pegada a la chaqueta de otra persona o con la trenza de otra golpeando tu cara. O tal vez es parte de la naturaleza humana lo de preferir aguantar todo lo posible para evitar cambiarse de sitio (repartirse uniformemente por el tren) y sólo cuando ya es insoportable (cuando la comienza a asfixiarte) la gente está dispuesta a hacer algo para arreglar la situación.

Lo interesante del metro son sus talentos ocultos; en la densa red de trenes y estaciones hay bastante espacio para la gente que intenta ganarse la vida. Y cuando se trata de dinero el ser humano es capaz de transformarse de un holgazán a un mago de la interpretación. Podrás encontrar todo tipo de músicos desde un guitarrista a grandes orquestas, música para todos los gustos como jazz, flamenco, folk, clásica o chanson.

No hay sólo músicos: aquellos que no pueden tocar un instrumento utilizan sus dotes para la danza, por ejemplo en la línea 2 verás a un chico de 14 años subirse a un vagón, y mientras suena una pieza genial de hip-hop, el chico baila y hace piruetas. Luego, en la misma línea vi un chico igual de joven con la misma música y el mismo baile, apuesto a que trabajan juntos.

A veces hay gente que no pierde el tiempo y pide directamente dinero. Suben al tren y comienzan con la mayor educación (en ningún lugar se es tan educado como en París) a explicar que se encuentran en una situación difícil, que tienen tres nietos que alimentar y que agradecerían recibir un “centimito” o dos de sus compañeros de viaje. No sé hasta qué punto esta actividad puede resultar lucrativa, tal vez no tienen otra opción.

Con todo, a pesar del olor, de la mugre y de los deprimentes viajeros el metro puede ser bastante entretenido. Si no hay ningún artista cerca, siempre puedes entretenerte mirando fijamente a los pasajeros de enfrente, de tu derecha o de tu izquierda, y cuando la persona sobre la que has fijado tus ojos sea plenamente consciente de tu persistente mirada, pasas a otro pasajero. Desde luego, si algo no escasea en el metro de París es gente.

Traducción : Alfonso Carlos Cobo Espejo