"El País del Cine" está al lado del lago Ness

Artículo publicado el 21 de Agosto de 2009
Artículo publicado el 21 de Agosto de 2009

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"Una peregrinación". Así es como Tilda Swinton y el documentalista Mark Cousins han decidido bautizar este homenaje ambulante al cine, que desde el 1 al 9 de agosto, ha exhibido obras maestras por toda Escocia. Les comentamos lo que ha sido esta semana poético-política, que fluctuó por las tierras escocesas, entre los sueños y la realidad

(Tobias Rauscher)“¿Te acuerdas de la película Cinema Paradiso?" Me pregunta Janet, de pie, en la arena, frente al mar del Norte que rodea el pequeño balneario de Nairn, al norte de Abeerdeen. Es tarde y una hoguera alumbra la playa. Bebemos un vaso de oporto barato, comprado de oferta en el ultramarinos de la esquina. La botella estará vaciará muy pronto. Nuestro peregrinaje a través de Escocia, de este a oeste, llega el sexto día de festival que acabará pronto también, como el oporto. “¿Te acuerdas de Cinema Paradiso? ¿De ese momento cuando, en la sala de cine, los espectadores chillan, se levantan y aplauden, electrizados por lo que ven en la pantalla? Tengo la impresión de que es exactamente lo que hemos vivido aquí, durante una semana”.

(Peter Knegt)

Tutankamión

Sí, me acuerdo de Cinema Paradiso. Me acuerdo sobre todo, con los pies en la arena, del increíble peregrinaje cinematográfico en el que he participado junto a Tilda Swinton y al documentalista y crítico de cine Mark Cousins. Dos cinéfilos lo suficientemente locos como para imaginar una fiesta de cine ambulante, construido alrededor de un gran camión azul y de una cuarentena de espectadores permanentes, venidos de las cuatro esquinas del mundo. Británicos, alemanes, canadienses, belgas o franceses. Estudiantes, licenciados, futuros policías, profesores, trabajadores sociales, productores, o cineastas, tirando juntos de un mastodonte con ruedas, llegando a las más minúsculas ciudades, ya estuvieran bañadas por las riveras del lago Ness o al abrigo de una inmensa colina, en pleno corazón de las Highlands.

Para Janet, para mí, y todos los demás, el cine será siempre azul como el camión. Un “Tutankamión” con una pequeña placa de metal colocada cerca de la cabina. Cada mediodía, en el aparcamiento de un colegio, o al borde del lago, en Strontian, Fort Augustus o Dores, Tutankamión se desplegaba como un universo en expansión. Sus portalones se abrían y lentamente dejaban paso a una sala de cine. Una pantalla, una cabina de proyección y ochenta butacas: esta 'pantalla móvil' ha sido nuestro mundo durante una semana, a lo largo de las carreteras de la Escocia más rural de paisajes sobrecogedores, dramáticos.

(Janet McBurney)

Chocolate para todos

“El cine es uno de los artes más accesibles. Puede ser comprendido por todos, incluso por los que no son especialistas”

“El cine es uno de los artes más accesibles. Puede ser comprendido por todos, incluso por aquellos que no son especialistas”. Portando una bandera a los hombros que dice 'El País del Cine' y sujeta a dos escobas tan despeinadas como sus cabellos, es como cada día, Swinton y Cousins han acogido a los espectadores de esta peregrinación, a recién llegados y a convertidos, a paisanos y a turistas de paso, en su gran camión azul. Su activismo, puro y duro, acompañaba a un ritual que repetían delirante y religiosamente cada día antes de cada sesión: un baile alrededor de los espectadores, un himno (cada día diferente, al ritmo a veces de Elvis Presley o Patti Smith, pasando por Marilyn Manson o revisando el personal Personal Jesus de Depeche Mode) y una declaración de independencia del País del Cine. Para más detalle, todo ello acompañado de los saltitos de la perra Tippy, las chocolatinas after eight que repartía Tilda Swinton antes de la sesión de las nueve (a las seis eran pasteles), la falda escocesa negra de Mark Cousins, el whisky de Kenneth y nuestras coreografías inspiradas, en las que llevábamos como accesorios no un sombrero dorado cabaretero sino pancartas donde aparecían escritos los nombres de Kurosawa, Cyd Charisse, Jacques Tati, Vicente Minelli, Malcolm MacLaren o Matt Hulse.

Kurosawa, Tati, Bresson

(Peter Knegt)"¿Recuerdas cuando todos gritamos y nos asustamos como cretinos viendo La noche del cazador?” Con mi espalda contra la duna, me río de pensar en Robert Mitchum retando en duelo a Lilian Gish. Recuerdo de Fiebre nelada y de aquel japonés atravesando Islandia para rendir un homenaje final a sus difuntos padres, fallecidos en un accidente de coche. Recuerdo del ukelele de Matt Hulse, en el documental Follow the master. Recuerdo de la magnífica Al azar de Baltasar, de Robert Bresson, y de la letra enviada por su viuda para agradecer a Tilda y Mark que redescubramos la obra de su marido. Me acuerdo de las piernas de James Cagney en Footlight parade y de las del señor Hulot de Jaques Tati. Recuerdo los ojos de la bruja en el Trono de sangre de Kurosawa, y de las lágrimas de Tilda Swinton cuando la palabra 'fin' apareció al final de Los cuentos de Canterbury. Recuerdo todas estas películas, islandesas, británicas, indias o japonesas, como ventanas abiertas al mundo.

Abro el libro de Mark Cousins, La historia del cine, que encuentro en una pequeña librería de Nairm: “El cine es uno de los artes más accesibles”, escribe Mark en la introducción. “Incluso en sus formas más oscuras puede ser comprendido por los menos especialistas”. En la playa, el fuego se consume lentamente. No queda ni una gota de oporto en la botella. ¿Deberíamos Janet, yo y todos los demás, lanzarla con un mensaje al mar? Con una simple hoja en la que se pueda leer: “aquí los ciudadanos del País del Cine. Aquí nuestros recuerdos. Uníos, para creer de nuevo”.