El Papa Francisco: la sonrisa que oculta la realidad de la Iglesia católica

Artículo publicado el 11 de Diciembre de 2013
Artículo publicado el 11 de Diciembre de 2013

El Papa Fran­cis­co ha go­za­do de buena pu­bli­ci­dad úl­ti­ma­men­te. Su forma de acer­car­se a los en­fer­mos es como un pla­tó­ni­co soplo de aire fres­co. Sin em­bar­go, no de­be­mos dejar que la dócil ca­be­za ocul­te el cuer­po su­ma­men­te co­rrup­to de la Igle­sia.

El Papa es majo ¿ver­dad? Al­guien con quien po­drías pasar la tarde, ya sea para una ben­di­ción o para ir a jugar a los bolos. Lo has visto en la pren­sa y en la te­le­vi­sión: el fa­mo­so Fran­cis­co, la re­vuel­ta beata. El hom­bre sale en pri­me­ra plana mien­tras que sus com­pa­ñe­ros apa­re­cen en los obi­tua­rios. Es im­po­si­ble ig­no­rar­lo y no se puede cul­par a la Igle­sia por su elec­ción. Todo ne­go­cio ne­ce­si­ta pu­bli­ci­dad.

Una su­per­es­tre­lla pe­que­ña y hu­mil­de

En el Va­ti­cano ha na­ci­do una ce­le­bri­dad, una es­tre­lla erran­te ante los focos. Es raro ver preo­cu­pa­ción sin­ce­ra por los po­bres en al­guien que ocupa una po­si­ción de poder y es ma­ra­vi­llo­so ver a un hom­bre tan hu­mil­de en tan buen cargo. Han des­a­pa­re­ci­do mu­chas pre­ten­sio­nes y, con ellas, gran parte de la hi­po­cre­sía del Va­ti­cano. Fran­cis­co se ha ne­ga­do a alo­jar­se en el Pa­la­cio Apos­tó­li­co, eli­gien­do unos apo­sen­tos más mo­des­tos. Se le ha fo­to­gra­fia­do be­san­do a un hom­bre con neu­ro­fi­bro­ma­to­sis, una con­di­ción am­plia­men­te co­no­ci­da a raíz de la pe­lí­cu­la El hom­bre ele­fan­te. Mien­tras tanto, sus obis­pos son ob­je­to de re­pri­men­das pú­bli­cas por su co­di­cia. Las acu­sa­cio­nes por abuso de me­no­res no re­ci­ben res­pues­ta al­gu­na, así como tam­po­co las co­ne­xio­nes del Va­ti­cano con la mafia ni el blan­quea­mien­to de di­ne­ro en el Banco Va­ti­cano. Fran­cis­co es, por tanto, un mag­ní­fi­co ejem­plo a se­guir para esa frac­ción de la Igle­sia po­dri­da hasta la mé­du­la.

Mien­tras que fue agra­da­ble oír la de­cla­ra­ción del Papa Fran­cis­co de que los no cre­yen­tes tam­bién van al cielo, mu­chos menos agra­da­ble es la apre­su­ra­da re­trac­ta­ción de la Igle­sia. No habrá sal­va­ción para los ateos, ma­ti­zó el re­ve­ren­do Tho­mas Ro­si­ca, tan solo tres días des­pués de las pa­la­bras de Fran­cis­co. Qui­zás haga falta tiem­po para que el Va­ti­cano ex­tien­da una rama de olivo, es­pe­cial­men­te en temas en los que está acos­tum­bra­do a ser her­mé­ti­co.

Las crí­ti­cas del Papa con­tra la ho­mo­fo­bia tam­bién se­rían una no­ti­cia ex­ce­len­te si hu­bie­ran sido res­pal­da­das por el clero. La vio­len­cia con­tra los ho­mo­se­xua­les en Áfri­ca con­ti­núa bajo la aten­ta mi­ra­da de sus car­di­na­les; en Eu­ro­pa, la opo­si­ción a la igual­dad en el ma­tri­mo­nio em­pie­za en el púl­pi­to. Por no men­cio­nar las me­di­das an­ti­con­cep­ti­vas, el an­ti­se­mi­tis­mo o la epi­de­mia de SIDA. A pesar de ser loado por los me­dios, poco se puede decir de las bue­nas in­ten­cio­nes de Fran­cis­co si no van acom­pa­ña­das de ac­cio­nes por parte de la Igle­sia.

La pa­rá­bo­la del ca­me­llo y la aguja

La ter­que­dad nace del pri­vi­le­gio, y la ri­que­za de la Igle­sia es pe­ca­mi­no­sa. Los doce dis­cí­pu­los de Jesús se han trans­for­ma­do en un pro­lí­fi­co mons­truo cor­po­ra­ti­vo: uno em­pie­za a pre­gun­tar­se cómo la Igle­sia, tan dog­má­ti­ca cuan­do se trata de con­do­nes, lee a Mateo  19:24, que dice “Es más fácil que un ca­me­llo pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el Reino de los Cie­los”. Puede que yo no haya en­ten­di­do bien la me­tá­fo­ra, pero no veo a mu­chos obis­pos pa­san­do por el ojo de una aguja.

Sin lugar a dudas es frus­tran­te para los cris­tia­nos ver cómo la Igle­sia des­pil­fa­rra tanto en cons­truc­cio­nes, ves­tua­rio y co­rrup­ción. Este nuevo Papa, cé­le­bre por su com­pa­sión, sigue sien­do el por­ta­voz de una de­cré­pi­ta or­ga­ni­za­ción de du­do­sa repu­tación, res­pon­sa­ble de gran su­fri­mien­to en todo el mundo. Aun­que el cam­bio es bien­ve­ni­do, la Igle­sia sigue en­fer­ma.