El Rayo Vallecano de Madrid: El club del pueblo

Artículo publicado el 16 de Diciembre de 2015
Artículo publicado el 16 de Diciembre de 2015

En Vallecas, un barrio humilde de Madrid, el auténtico representante del pueblo no es un político, sino un equipo de fútbol. Desde hace casi un siglo, entre las colectas de fondos y los regalos de Navidad, el Rayo Vallecano tiene fama de ayudar a la gente. "El Rayo" podría ser la última institución deportiva de Europa con principios. Pero obviamente, todo no es de color de rosa...

Casi mediodía en Vallecas. En el bar Disan empieza el día como siempre: Gente joven apresurada pasa a tomar un café sobre la marcha y otros, más mayores, leen el periódico degustando una caña. Pero hoy un acontecimiento va a perturbar esa calma del día a día. Preguntamos la opinión de Gabriel sobre el fútbol. Se calienta la cosa. El jefe estalla en carcajadas, un cliente se sobresalta mientras se bebe su cerveza. El joven de 29 años no está acostumbrado a responder preguntas sobre el deporte nacional de España. Según él, ni siquiera le interesa el fútbol. Pero entre dos tostadas con tomate, confiesa que si se trata del Rayo Vallecano, todo cambia. "El Rayo no es deporte, es sentimiento", suelta colocándose la gorra. Y curiosamente, en el Disan, todo el mundo asiente sonriendo.

Juntos Podemos

Gabriel no es el único que se deja llevar por sus sentimientos en Vallecas. Aquí, el Rayo Vallecano actúa como un ente superior. Considerado como el último club de barrio en Europa que ha llegado al corazón de la élite, la institución tiene fama de unir todas las pasiones de este popular distrito de Madrid. En Vallecas, el Rayo se ha convertido prácticamente en un elemento fundamental del día a día. Se habla del Rayo, comen del Rayo, beben del Rayo, se acuestan del Rayo y duermen del Rayo. El vínculo que el club ha creado con la gente del barrio es idisoluble. Algo único en su especie, incluso para un equipo que encadena ya su quinta temporada consecutiva en la Liga,  uno de los torneos más duros del mundo.

Como símbolo, el Estadio de Vallecas se erige en el medio de esta vieja ciudad, engullida desde hace poco por la expansión urbana de la capital. Al salir de la parada de metro que lleva su nombre, a solo 8 estaciones del centro de Madrid, el estadio no es que tenga la prestancia de las grandes plazas europeas. Se entra por una puerta medio escondida, en la esquina de una calle tranquila. Dentro, una recepcionista rompe la calma del espacio  tecleando el ordenador. Una calma que Luis Yanez-Rodriguez decide dinamitar. El director deportivo del Rayo Vallecano aterriza arrastrando sus zapatos de calle, apretón de manos y acto seguido nos lleva a dar la vuelta con el dueño. Por el camino nos enseña los antiguos vestuarios, con un español vertiginoso, y se entretiene en el pasillo de entrada de los jugadores a 30km por hora. Una vez en el césped, se gira y abre los brazos de par en par con un "¡Ya está!". El campo del Estadio de Vallecas es el más pequeño de la Liga. Encajado entre edificios de barrio, sólo cuenta con tres gradas. La cuarta fue sustituida por un muro en el que se puede leer "Juntos Podemos". 

"Es el club de la gente. Es la primera vez en mi vida que veo eso", afirma Luis, que decide explicarnos todo desde el banquillo. Siempre impolutamente trajeado, ocupó su actual puesto en el Rayo el año pasado. Antes, este economista de carrera había pasado 4 años en el Málaga, un club rescatado hace poco por jeques árabes. Dicho de otra manera, lo contrario del Rayo. "Cuando llegué aquí, me encontré con un club donde cada uno está integrado. En general la gente tiene un ámbito de competencia predeterminado, pero aquí todo el mundo puede dar su opinión, la jerarquía importa poco. Todo es colectivo", explica. Una harmonía que, según él, no es más que el reflejo de los lazos solidarios que su club teje con el exterior. "Vallecas tiene la tradición de la comunión, de la solidaridad. En este barrio, muchísima gente se acerca a las organizaciones para intentar mover las cosas".

Punto para el club

Mover las cosas se convierte en desplazar montañas en el caso de Vallecas. Este lugar, conocido por ser el barrio obrero más grande del país, presenta una tasa de paro del 21% y concentra, en definitiva, la realidad social de una España exangüe, acribillada por las deudas e incapaz de levantar cabeza. El año pasado, el Rayo Vallecano decidió salvar una de las víctimas. Carmen, de 85 años, fue expulsada de su piso en 2014. Unos meses después, el club había recaudado 21.000 euros para ayudar a la anciana a reinstalarse.  "Este es sólo un ejemplo que muestra que intentamos ayudar a nuestros vecinos lo mejor posible", resume Luis Yáñez haciéndose el fino. "El ejemplo" ha conmocionado a España y al mundo del fútbol, pero sobre todo ha aumentado el ímpetu de solidaridad que el club decidió impulsar. Para esta nueva temporada, el Rayo ha sacado una nueva camiseta alternativa al equipamiento de siempre, blanco atravesada con una banda roja. En su lugar, una franja multicolor, similar a la bandera LGBT. Luis nos explica: "Cada color representa una causa: La lucha contra la homofobia, contra el cáncer, contra el racismo, contra la violencia de género... En total hay 7. Y cuando se vende una camiseta, un euro va destinado a cada una de esas causas". Una medida que recuerda a otra que habían tomado anteriormente, por la que un euro de cada abono al estadio era destinado a las mismas luchas sociales. El escudo en la chaqueta de Luis con la imagen de la lucha contra el cáncer da buena fe de ello: El club decidió mostrar su lucha por los derechos universales. Pero por el barrio, ¿qué hace? Con una sonrisa, el director se apresura a contar con los dedos de la mano para después cambiar de opinión, prefiriendo hablar de otro  "ejemplo". "Poco antes de Navidad, los aficionados pueden venir con un juguete. Estos juguetes son recopilados por el club y redistribuidos entre las asociaciones del barrio, que los regalan después a los niños que no tienen nada bajo el árbol". 

Esos numerosos gestos de atención han ido forjando la leyenda del Rayo. Para los que no lo saben, el presidente Martin Presa recuerda a menudo que el club es digno de las más grandes asociaciones humanistas e insiste en el hecho de que son los únicos de su clase a seguir como club deportivo en primera división. Quique Peinado lo sabe de sobra. Nacido y educado en Vallecas, el periodista es aficionado del Rayo desde hace 30 años y acaba de publicar un libro sobre su pasión titulado A Las Armas. Quique conoce bien el grado de honestidad del club en sus expediciones humanistas. En un restaurante gallego del centro de Madrid, el autor suelta un hielo en su café, remueve y suelta: "El club nunca se ha interesado por las preocupaciones sociales de Vallecas". Según él, las recientes acciones llevadas a cabo por el Rayo no son más que espectáculo mediático. ¿El gesto con Carmen, la desahuciada? "Fue Paco Jemez, el entrenador, el que la ayudó en persona. No el club". ¿Los billetes baratos para los parados? "Una estrategia comercial, ya que la gran mayoría de los habitantes de Vallecas están en el paro". Quique explica que este "marketing puntual" del club llega incluso hasta los movimientos sociales que se tejen a las puertas. "El club de baloncesto de la ciudad, el Estudiantes, abrió una escuela para niños refugiados. ¿Qué hizo el Rayo? Nada", afirma tajante el periodista, ajustándose las gafas. 

La droga, Pablo Iglesias y los piratas

Si el Rayo no hace nada, ¿de dónde viene entonces su fama por sus acciones altruistas? "De sus aficionados", desembucha Peinado. En A las Armas, el autor describe la Vallecas de los años 80. Droga, alcohol, desahucios. Frente al aumento de problemas y la inercia de las autoridades, un grupo ultra de izquierda radical surgió en 1992 y llevó las reivindicaciones sociales del barrio al estadio. Su nombre: Bukaneros, los piratas. "Son ellos quienes meten la política en el estadio. Con temas sociales como la inmigración, la lucha contra el racismo...", explica Quique. Hasta el punto que los Bukaneros se convirtieron en el principal altavoz de los problemas de Vallecas, unos problemas que acabaron por llegar hasta  los oídos de los acomodados. "Cada año, una parte de los Bukaneros entra en los vestuarios y hace un discurso antes del partido a los jugadores. Les recuerdan que el Rayo es un club de barrio obrero. En general, tiene su efecto, los jugadores entran en el campo de juego más motivados", añade el periodista.

Por otra parte, Quique no espera nada de los jugadores. El origen del mal se encuentra, según él, en la política. El periodista espeta que  "su" club no se implica en el campo de las protestas de Vallecas, el único lugar de Madrid donde el Partido Popular no ha ganado nunca, el lugar que vio crecer a Pablo Iglesias... A cambio, "su" club ha sido comprado por una empresa china y acaba de abrir una franquicia en Estados Unidos. "En el momento en el que haces figurar sobre la misma camiseta los derechos humanos y el logo de una empresa china que no los respeta, tienes un problema", resopla Quique, un poco derrotado. Para Luis Yáñez nunca ha existido ningún dilema moral. Nunca se ha planteado el hecho de hacer del Rayo un club político. "Me gusta que seamos una referencia para la gente de Vallecas, y ello me hace responsable también. Pero ante todo somos un club de fútbol. Un club de fútbol que intenta llevar a su equipo lo más lejos posible".

Sin ofender ni a Quique ni a los piratas de Vallecas, ese es sin ninguna duda el discurso anclado en el día a día de la gente. En el Disan, no importa si la política juega un papel o no y prefieren especular sobre lo que pasará en el terreno de juego esa noche contra el Espanyol. Mira, ahí lo tienes, Gabriel acaba de apostar 3-0 por el Rayo. Guste o no guste.

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Declaraciones recogidas por Matthieu Amaré y Manuel Tomillo, en Madrid.

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Este artículo forma parte de la serie de reportajes EUtoo 2015, un proyecto que intenta contar la desilusión de los jóvenes europeor, financiado por la Comisión europea.