El remedio de Islandia a los problemas de envejecimiento de la UE

Artículo publicado el 25 de Julio de 2005
Artículo publicado el 25 de Julio de 2005

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Europa, aunque consciente del ritmo al que envejecen nuestras sociedades, parece incapaz de desarrollar modelos societales que permitan a nuestras mujeres jóvenes combinar sus ambiciones profesionales con el deseo de construir familias. Excepto en Islandia.

Los europeos se hacen mayores o, más concretamente, los nacimientos no alcanzan cifras lo suficientemente altas. Como ejemplo dramático de este hecho, se espera que la población de Alemania disminuya de su cifra actual de 82,5 a alrededor de 75 millones para el año 2050. Lo que es peor, la mitad de la población del país más grande de Europa tendrá más de cuarenta y ocho años para entonces y un tercio tendrá más de sesenta, hecho que no beneficia a unos servicios sociales ya de por sí en dificultades.

Las cifras de la OCDE muestran la misma realidad, indicando que hasta un 45% de la población de la vieja Europa de los quince tendrá más de sesenta y cinco años para 2020. Sin lugar a dudas, Europa tiene un problema.

Difícil elección

Aunque son sin duda muchos los factores que explican esta tendencia, una perspectiva comparada de Europa y los países nórdicos revela una conclusión interesante: nuestro compromiso con una sociedad de igualdad de oportunidades para mujeres y hombres ha sido, en muchos aspectos, poco inspirada, en especial en lo referente a promover incentivos a los jóvenes para combinar el cuidado de los hijos con sus carreras.

Hemos aceptado que mujeres y hombres deberían ser capaces de elegir con libertad los objetivos que quieren conseguir, tanto en lo profesional como en su vida privada, y que ambas partes deberían tener las mismas oportunidades para dedicarse a cualquier profesión por la que se sientan atraídos. Irónicamente sin embargo, hemos aceptado también la absurda conclusión de que, para una joven, la búsqueda de una carrera profesional ambiciosa, implica una elección que, en la práctica, descarta la maternidad, a no ser, claro está, que tenga una pareja dispuesta a quedarse en casa.

No podremos resolver este rompecabezas a menos que estemos dispuestos a comprometernos por completo a una sociedad europea donde los géneros estén de verdad en igualdad. La integración europea no es más que el telón de fondo sobre un debate más amplio acerca de los valores que queremos defender y realizar a un nivel que va más allá del Estado-nación, de camino hacia la sociedad europea emergente.

En este sentido, como en tantos otros asuntos polémicos, necesitamos discutir, cruzando las fronteras nacionales, sobre lo que en realidad queremos que signifique la igualdad de sexos y deberíamos averiguar lo que podemos aprender de sociedades –tanto dentro de Europa como fuera- donde las oportunidades y los incentivos para combinar el cuidado de los hijos y las ambiciones profesionales están distribuidos de manera más equitativa entre los sexos.

Mejores beneficios: más bebés

En este punto, una diminuta comunidad en el Atlántico Norte parece tenerlo todo resuelto. Mientras que están a la cabeza de la lista en Europa en cuanto a tasa de natalidad, Islandia es además pionera en lo que concierne a la participación de la mujer en la vida laboral. Al mismo tiempo, Islandia tiene la tasa de desempleo más baja tanto en mujeres como hombres. ¿Cómo es esto posible? Parte de la explicación se encuentra en su generoso y -lo que es quizás más importante- muy desarrollado sistema de atención a los padres, orientado hacia la igualdad de sexos.

Los padres islandeses tienen derecho a un total de nueve meses de baja con el 80% de su salario–tres meses para mamá, tres para papá y el resto a ser dividido como ellos decidan. El mismo sistema está vigente en Suecia donde 60 de los 480 días de la baja por maternidad no son transferibles. En otras palabras, tanto el padre como la madre, tienen derecho a una baja independiente. En la práctica esto significa que si el padre decide no disfrutar de su baja por paternidad, los dos pierden su parte.

Esto anima a los padres a coger la baja que les corresponde y asegura el acceso de los niños tanto a su madre como a su padre. ¡Y funciona! Según las cifras, alrededor de un 80% de los padres islandeses disfrutan de sus derechos de baja por paternidad. De esta manera, tanto mujeres como hombres pueden unir familia y trabajo. Más aún, desde el punto de vista del empresario, contratar a una mujer es tan “arriesgado” como contratar a un hombre en edad de tener hijos. Se han demostrado como falsas las alarmas sobre la posibilidad de que el sistema pudiera llevar a altas cotas de desempleo entre los jóvenes con cifras de desempleo considerablemente bajas: alrededor de un 3%.

¿Pero qué precio están pagando los islandeses por el lujo de producir tantos nuevos ciudadanos? Una vez más, las estadísticas son sorprendentes. En términos relativos, Islandia concede una parte considerablemente más alta de su PIB en beneficio del niño y la familia que la media de la UE. No obstante, con un 19,5% del PIB, el gasto global del sector social es mucho más bajo que la media. Es una lección que debe aprender la sociedad europea emergente que afirma valorar la igualdad entre sexos al tiempo que fracasa en resolver el envejecimiento de las sociedades que la constituyen. Huelga decir que las garantías institucionales no son nunca suficientes. Es necesario que haya un debate vivo sobre nuestra naciente esfera pública europea para que los europeos puedan desarrollar un modelo societal donde el cuidado de los hijos y la vida profesional puedan combinarse como es debido.