El rey ha muerto: ¿viva la paz?

Artículo publicado el 13 de Diciembre de 2004
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Artículo publicado el 13 de Diciembre de 2004

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Arafat ha muerto y sin él comienza una nueva etapa en Oriente Medio. Europa se halla ante la ocasión de consolidarse como valedor fiable de la democracia y así insuflar un soplo de aire fresco al proceso de paz.

La pugna por acaparar el hueco provocado por la muerte de Arafat no se ha traducido en el caos que algunos temían. Rauhi Fattouh, portavoz del Parlamento, dirigirá interinamente el gobierno de la Autoridad Palestina hasta que se celebren las elecciones presidenciales el próximo 9 de enero. Sobre el papel, el traspaso de poderes parece estar bien claro, pero la realidad no es tan sencilla. Arafat -quien fuera al mismo tiempo el líder de la OLP (Organización para la Liberación de Palestina), de Al Fatah (la mayor y más importante facción dentro de la OLP) y Presidente de la Autoridad Palestina- ha dejado tras de si un abismo. Consiguió hacerse con estas cotas de poder tejiendo una maya casi impenetrable donde las lealtades, alimentadas a base de talonario, estaban controladas por él en persona. Ante el miedo a las conspiraciones y a la perdida de poder, Arafat jamas nombró sucesor. Si hubiera nombrado un sucesor, seguramente este se hubiera visto refrendado por respeto a la última voluntad del “abuelo” (así le llama el escritor palestino Akram Musallam en Die Zeit) en unas elecciones democráticas. En cambio, ahora nos encontramos con que los representantes individuales de su maya se han enzarzado en una lucha por la influencia y el poder en Palestina.

Jóvenes contra Mayores

Dos son los bandos que se disputan el lugar dejado por Arafat; dos bandos cuyas experiencias en la lucha por la independencia de Palestina difieren enormemente. Por un lado la “Vieja Guardia”, integrantes de la generación que fundó Al Fatah; los padres originales del movimiento que durante muchos años dependió de las fortunas de los exiliados en Túnez. Por otro lado la “Joven Guardia” formada por palestinos criados en los Territorios Ocupados, que encabezaron la primera Intifada a finales de los 80' y que reclaman reformas democráticas dentro de la Autoridad palestina desde hace años. El personaje más representativo de la Vieja Guardia es Mahmoud Abbas (69 años), alias Abu Mazen, quien fuera primer ministro con Arafat durante algunos meses. A pesar de ser muy respetado en occidente debido a su postura moderada, carece de gran apoyo en la propia Palestina. Aún así, se le puede considerar como uno de los candidatos más mejor situados para suceder a Arafat, puesto que goza del apoyo de ciertas secciones de la Joven Guardia.

Hasta el pasado 12 de Diciembre, al otro lado del cuadrilátero nos encontrábamos con Marwan Barghouti (49 años), cabecilla de la segunda Intifada y con el doble de popularidad que cualquier otro político entre los palestinos. Pero Barghouti, que actualmente cumple condena a cadena perpetua en una prisión israelí, ha retirado su candidatura y se ha declarado defensor de la candidatura de Abbas dejando así descabezada a la Joven Guardia.

Una puerta hacia la Paz y una oportunidad para la UE

¿Que papel puede desempeñar la UE en esta era post-Arafat? A pesar de que el diplomático más importante de la UE, Javier Solana, zanjara abruptamente las especulaciones sobre si la muerte de Arafat podría traer una nueva esperanza para la paz señalando que “encontraba inapropiado ver la muerte de un hombre, por controvertidas que fueran sus acciones, como afortunada”, lo cierto es que en Oriente Medio se están barajando los naipes. A los europeos no les puede haber pasado desapercibido que esta agitación podría insuflar nueva savia en el enquistado proceso de paz. La Comisión Europea se ha apresurado a ofrecer financiación para organizar las elecciones presidenciales, y Solana ha instado al reelegido presidente Bush para que dedique más energía a esta región.

Los Estados Unidos y Europa sólo pueden obtener éxito en Oriente Medio si trabajan codo con codo. Quizás Bush sea la única persona que pueda conseguir que Israel abandone sus agresivas políticas en los Territorios Ocupados, pero Europa -vista como un intermediario honesto- goza de la confianza de los palestinos. Han sido las fricciones provocadas por las diferentes percepciones sobre el papel de Arafat en el proceso de Paz lo que ha impedido que ambas partes cooperaran con más intensidad. Mientras que EE UU (e Israel) estaban convencidos de que una salida pacífica al conflicto sólo sería posible sin Arafat en la foto, los europeos siempre le han respaldo por ser el representante elegido por los palestinos. La Muerte de Arafat ha neutralizado esta divergencia: ahora, un sucesor será elegido democráticamente, y este gozará de una mayor confianza de los EE UU y de Israel. En este sentido, la situación actual nos presenta una doble oportunidad, tanto para Oriente Medio como para Europa. por fin podremos actuar en sintonía con nuestros socios transatlánticos lo que podría desembocar en un reforzamiento de la influencia Europea en la región. Estando así el panorama, bien haría Europa mostrando el mismo nivel de remilgos a la hora de apoyar al próximo presidente electo de los palestinos que mostró con Arafat. De esta manera, La UE podría mejorar su estima en el mundo, algo de lo que ciertamente está necesitada en otras regiones del planeta. Sólo nos cabe esperar que el sucesor de Arafat sea igualmente aceptado por Israel.