El sueño europeo

Artículo publicado el 28 de Febrero de 2005
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Artículo publicado el 28 de Febrero de 2005

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Todos hemos oído hablar del sueño americano. Sin embargo, según el intelectual norteamericano Jeremy Rifkin, está pasado de moda. ¿Qué lo reemplazará?

Durante una conferencia en Bruselas a comienzos de febrero sobre su último libro, Rifkin quiso tirarle de la oreja a la audiencia: “¡Tenéis la gallina de los huevos de oro delante de vuestros ojos mientras os morís de hambre! ¿Qué cuál es la gallina de los huevos de oro?: la integración del que puede ser el mayor mercado comercial del mundo. (...) Se trata de la UE”. Pero para él, Europa es mucho más que un Mercado, es un sueño.

Un norteamericano habla para Europa

Rifkin, presidente de la Fundación sobre Tendencias Económicas, un grupo de expertos de Washington, ha suscitado la controversia con su nuevo libro El sueño europeo, en el que plantea que el sueño americano se está desmoronando y está a punto de ser sustituido por el sueño europeo. Pero, ¿cuál es nuestro sueño y qué lo diferencia del sueño americano?

Mientras el corazón de ambos sueños es la libertad y la emancipación del individuo, el camino para conseguir esta libertad es completamente diferente. Según Rifkin, en los EE.UU “los padres nos enseñan que la libertad significa autoconfianza, independencia, autonomía y movilidad”. Esto es una herencia de la mentalidad fronteriza que desarrollaron los pioneros americanos durante la conquista del Oeste americano –una mentalidad basada en los principios individualistas tanto de la Reforma como de la Ilustración-. Solo en una tierra salvaje, solo ante Dios, solo en el mercado: no se puede confiar en otros para protegerse.

Los europeos, argumenta Rifkin, han sobrellevado durante siglos una tradición de cohabitación estrecha de unos con otros. Necesitados de espacios salvajes deshabitados, amontonados en ciudades fortificadas, los europeos aprendieron a buscar la libertad con el mérito de vivir juntos. Así, “los padres europeos continentales enseñan a sus hijos que la libertad depende de la calidad de las relaciones, de la amplitud con la cual se está conectado y de si se tiene acceso a la comunidad, pues cuanto más aferrado a ésta y mayor sea la calidad de estas relaciones, más oportunidades se tendrá para una vida satisfactoria”.

Es la mentalidad fronteriza, argumenta Rifkin, la que ha proporcionado a los norteamericanos la creencia de que la expansión puede ser ilimitada, mientras que nuestra mentalidad “fortaleza” nos ha dado una mayor conciencia sobre la escasez de recursos y espacio. Esto podría a su vez explicar el gran entusiasmo de los europeos por el concepto de desarrollo sostenible y un uso más respetuoso de los recursos y el espacio.

Cuestiones monetarias

Rifkin va más allá al postular que, desde un punto de vista socioeconómico, los europeos valoran la calidad de vida como un aspecto clave de la libertad y la propia satisfacción. Por el contrario, para los norteamericanos la acumulación de riquezas materiales es la llave de la felicidad: con unas clases sociales escasamente aristocráticas o fuertemente consolidadas, lo único que se requiere para promocionarse en la sociedad del Nuevo Mundo es ganar suficiente dinero. Algo que una rígida y jerárquica estructura social impidió a la mayoría de europeos, forzándolos a contentarse con su estatus heredado. Por ello, los norteamericanos tienden a “vivir para trabajar”, mientras que los europeos, según Rifkin, “eligen trabajar para vivir”. En consecuencia, Europa ha abrazado los conceptos postmodernos de derechos humanos y derechos sociales como los fundamentos de una conciencia global, mientras EE UU todavía mantiene valores modernos como la propiedad, los derechos civiles y un fuerte sentido del patriotismo. El sueño europeo es también, tras siglos de guerra, el de la diversidad cultural, mientras que el sueño americano se basa en la asimilación del melting pot. Los europeos promueven la cooperación, mientras que los norteamericanos prefieren frecuentemente el ejercicio solitario y unilateral del poder.

Una promesa y una responsabilidad

El sueño americano promete un mundo diferente. Un mundo mejor. No hace demasiado tiempo, se relacionaba a Europa básicamente con la guerra y el genocidio. El milagro es que, en la UE, las mismas personas que se dedicaban a masacrarse cada 30 años aproximadamente, han inventado un camino para construir la paz en lugar de hacer la guerra y han decidido unirse de forma tan estrecha que nunca más resulte posible enfrentarse de nuevo. Actualmente, Europa puede convertirse en la primera superpotencia de la Historia que no desea dominar al resto de países: una potencia que podría extender la paz y la estabilidad respetando la diversidad, antes que la fuerza y la imposición de sus valores. No es por ello sorprendente que el experimento europeo se haya convertido en el sueño de muchos. La gente en Turquía, Ucrania, Georgia o incluso Marruecos quiere adherirse a la UE, mientras que la Unidad Africana y la recientemente rediviva integración sudamericana del Mercosur intentan emularla. Pero a pesar de que la gente alrededor del mundo anhela el modelo europeo, ¿es el ciudadano europeo medio consciente de que tenemos un sueño colectivo? Hay que darse cuenta de que Europa actúa con verdadera responsabilidad hacia aquellos que creen en la diversidad multicultural y en el arte de vivir pacíficamente juntos.