El terrorismo no se vence con la OTAN

Artículo publicado el 3 de Diciembre de 2002
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Artículo publicado el 3 de Diciembre de 2002

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Es la UE quien tiene en sus manos la receta adecuada para vencer a Al Qaeda. En Praga, los europeos lo han olvidado.

El sol se ha finalmente alzado sobre la nueva OTAN. Una Alianza que se extiende a siete nuevos países (Eslovenia, Eslovaquia, Rumania, Bulgaria y Repúblicas Bálticas) y que pretende ya combatir el terrorismo internacional. Finalmente, el punto de vista americano ha dominado en todos los aspectos. Incluso a pesar de algunas contradicciones aparentemente inexplicables.

Con la Ampliación, de hecho, la OTAN perfecciona la evolución, comenzada con el ingreso de Budapest, Praga y Varsovia en la Alianza, desde un sistema de contención (de la amenaza soviética) a uno de estabilidad. Estabilidad de los sistemas políticos de reciente democratización, con el objetivo de abrir los mercados a los flujos de la economía global y de prepararlos después para ingreso en la UE. Pero un grupo de miembros más numeroso ralentiza, por definición, los mecanismos de toma de decisiones, lo que tiene como consecuencia que la intervención de la Alianza en operaciones de gran importancia, como la guerra de Kosovo de 1999, sea más improbable. Por otra parte, fue precisamente a partir de aquel momento cuando los americanos se juraron a sí mismos que no volverían a cometer el error de conducir una guerra de comité, en la cual haya que escuchar repetidas veces las demandas francesas o alemanas de limitar en lo posible las muertes colaterales de civiles. La idea que ya domina en Washington es más bien la de volver a proponer, en el futuro, el modelo de la campaña de Afghanistan. Es decir, el de crear, según los casos, coaliciones ad hoc que no estén basadas en alianzas formales del tipo de la OTAN. ¿Por qué razón? Tras la caída de la URSS, las amenazas militares de escala global han desaparecido. La OTAN podría, como mucho, guiar operaciones de mantenimiento de la paz (peacekeeping) o, en todo caso, guerras locales de factura convencional. De ahí viene la propuesta, realizada en la cumbre de Praga (21 y 22 de noviembre de 2002) por el Secretario de Defensa, Ronald Rumsfeld, de crear una fuerza de reacción rápida bajo la bandera de la Alianza Atlántica.

Hasta este punto, se trata de una evolución en gran medida anunciada desde hacía años. Una evolución que confirma el unilateralismo de fondo de la política estadounidense y la reconversión de organizaciones internacionales antisoviéticas, que en principio habría que desechar. Pero luego llegaron los atentados de Nueva York y Washington. Y en aquel momento las cartas de la seguridad europea se volvieron a mezclar. Después del 11 de septiembre, como impulsada por un azaroso golpe de viento, Francia propuso y obtuvo, para aprovecharse de la situación, la activación del artículo 5 del Tratado fundador de la OTAN. Un artículo que prevé la acción de la Alianza en ayuda de un aliado atacado. Uno de los últimos y catastróficos golpes de efecto de la pareja Chirac-Jospin se convertía así en un inesperado regalo para Washington. De hecho, la iniciativa francesa no sólo autorizaba legalmente a los Estados Unidos a declarar una guerra, cuanto menos posmoderna, contra objetivos indefinidos (sobre todo en número, como lo demuestra la situación con Irak), sino que también legitimaba la existencia de una Alianza Atlántica a la que precisamente París quería dar una nueva dimensión, para favorecer los proyectos europeos de defensa autónoma, consolidando así, al contrario, a Estados Unidos y su presencia europea como incontestable potencia regional. Una Europa incapaz de bloquear a Mohammed Atta en Hamburgo, antes de que se estrellara en World Trade Center; una Europa vulnerable, si es cierto, como dijo Chirac en aquella época, cuando se trasladó a Washington para volar sobre el humo de las ruinas, que todo aquello habría podido ocurrirle a París o a Berlín; una Europa, por lo tanto, que todavía está desesperadamente necesitada de la asistencia americana. Sobre estas bases, para la administración Bush, instrumentalizar la OTAN se convertía en un juego de niños. Aprovechando la asistencia francesa. Repentinamente, en la retórica estadounidense, la Alianza se volvía prioritariamente defensiva, y la función de estabilidad fue puesta en suspenso. ¿Y el enemigo? El terrorismo internacional. Pero incluso si admitimos que el humo de las Torres Gemelas sigue nublando la vista a Chirac y a sus colegas europeos, nosotros, medios de comunicación continentales, no podemos seguir dando nuestro aval a la impostura que constituye la base de reconciliación transatlántica mágicamente reencontrada en Praga: el terrorismo no se vence con los ejércitos; Washington no está en guerra contra el terror. Y entre Irak, Irán y Corea del Norte, por un lado, y Al Qaeda por el otro, no hay ningún tipo de conexión. Ni mucho menos entre el 11 de septiembre y el fantasmagórico rearme de Saddam.

La verdad es más bien que instituciones europeas dotadas de una escasísimo grado de democracia no consiguen producir una política exterior efectiva... Que esta situación lleva a cada gobierno a buscar protección en la socorrida, aunque obsoleta medio siglo después del fracaso nazi y una década después de la caída de la URSS- presencia de Washington en Europa. Y que todo ello no hace sino confirmar a los americanos en su postura unilateralista a escala global. Europa, y Francia en particular, en tanto que líder diplomático entre los países de la UE, son gravemente responsables de estos hechos. Porque América necesita desesperadamente el apoyo del resto de Occidente, en una guerra que está orientada a vencer la batalla de los corazones y de las mentes. Pero el apoyo de una organización, la OTAN, en la cual la mayor parte de los miembros pertenece a la Unión Europea, es gravísimo. No sólo porque la estrategia sea excesivamente militarista para un fenómeno, el terrorismo, que es todo menos militar, sino también porque la UE dispone de una contra-estrategia que sería muchos más eficaz. La vía fue ebierta en 1995, con la firma de la Asociación Euro-Mediterránea, que tiene como objetivo la creación de una dependencia recíproca fértil entre el reino del final de la historia (Europa según Fukuyama) y aquél del que se alimenta el terrorismo internacional (Medio Oriente). Un terrorismo que la OTAN no puede vencer, ni tampoco la UE si sigue apoyando una Alianza desnaturalizada.