El Tíbet está que arde

Artículo publicado el 29 de Marzo de 2008
Artículo publicado el 29 de Marzo de 2008
Claude Balsiger, un turista suizo de 25 años ha sido testigo de la revuelta de los monjes tibetanos contra las fuerzas chinas de ocupación. Nos relata hoy la intensa semana vivida en Lhasa, la capital del Tíbet.

Estoy en un restaurante, e compañía de Chris, todo un reportero dicharachero que había conocido días antes. Tras el almuerzo, decidimos dar una vuelta por Bankhor Square, en pleno dentro de Lhasa, con la intención de cumplir con una Korá, una peregrinación en la más pura tradición budista. Asi que nos pusimos en marcha hacia el templo de Jokhang, cuestión de impregnarnos de los lugares santos de la ciudad. Sin embargo, justo en ese momento, la atmósfera mística que reina por lo general en Lhasa desaparece rasgada por los acontecimientos que ya conocemos.

Hay que estar sordo y ciego para no percatarse del gigantesco despliegue de policías de paisano y de unidades paramilitares que saturaba las calles. En un abrir y cerrar de ojos, además, pasan al ataque. En seguida nos damos cuenta del peligro que supone para unos turistas como nosotros encontrarse en mitad de su camino, pero por encima de toda prudencia los seguimos a la carrera, fascinados por el riesgo de la situación. Hasta bien entrada la noche permanecieron las manifestaciones en las calles. ¡Y no todos eran monjes! Los tibetanos son un pueblo al que es fácil atarse. Por todas partes, durante mi estancia en su país, he ido tejiendo intensas amistades. Todo el mundo ofrece de comer o una taza de té a la manteca de yack al paso por sus moradas.

En cambio, en su vida diaria, los tibetanos se ven sometidos sin piedad a controles y humillaciones. La represión sabe ser feroz. Por ejemplo, el mero hecho de guardar consigo una fotografía del Dalai Lama es merecedor de prisión sin contemplaciones. La presencia china en Lhasa es total. Uniformes en cada cruce de calles. Una ocupación militar masiva en toda regla: tal es la respuesta china a la cuestión tibetana.

Viernes 14 de marzo

El viernes, a la hora del desayuno, me encuentro con dos jóvenes tibetanos. Sentados junto a un ventanal panorámico bebemos nuestro Chai, el té. De mentalidad abierta, se expresan en un correcto inglés aprendido durante su exilio en India. De vuelta al Tíbet, fueron denunciados por un chivato al servicio de los chinos que se había infiltrado en su comunidad de inmigrantes.

Seguridad y policía en el exterior del templo de Jokhang (Foto: Nice Logo/flickr)

A pocos minutos de la una de la tarde, con la esperanza de poder reanudar de nuevo mi Korá, me dirijo de nuevo en dirección de Bakhor Square, el corazón histórico de Lhasa, más ocupado que nunca por las fuerzas policiales y militares. Todas las calles a mi alrededor son presa de una gran agitación. Cruzando de improviso una marea de viejas, niños y comerciantes huyendo a toda prisa, trato de remontar a contracorriente el pánico del momento.

La policía en el exterior del templo de Jokhang

A lo lejos, los gritos de la muchedumbre retumban como los de una turba de lobos hambrientos. Forzado por el tsunami humano a alejarme de esta calle, desemboco, desorientado, en mitad de una enorme avenida. Ante mí, un grupo de 400 o 500 personas vociferan entre el ruido de las caceroladas. Los adoquines vuelan con inusitada velocidad en dirección de un callejón por el que surge una escuadra de 50 policías solapados en sus escudos protectores. El gentío, preso de una rabia destructora considerable se precipita contra los hombres armados que mantienen con dificultad su posición e incluso buscan salir huyendo.

De inmediato, centenares de tibetanos se lanzan en su persecución. Traicionado por su origen, un anciano chino trata de cortarles el paso y es arrojado de inmediato al suelo por la riada humana encolerizada. Como si los puños levantados no bastaran, tres individuos fuera de sí blanden piedras mientras le increpan y amenazan. Sin poder quedarme quieto por más tiempo, avanzo hacia él y su bicicleta arrojada en el suelo. Un gesto quizás providencial. Juzgando preferible hacer valer mi nacionalidad para protegerle, levanto los brazos y grito: “¡Basta, basta! ¡Se acabó!”. El anciano se levanta sin prisas viendo alejarse a sus captores. Sin dejarle tiempo para contemplar la escena le llevo a tirones hacia una calleja en la que nos encontramos frente a un hombre de rostro redondo y abrasado de unos 30 años: “¡Usted no puede permanecer aquí!”, me espeta, “¡Debe marcharse de inmediato!”.

Por muy europeo que sea y muy en seguridad que me sienta, no puedo sino estremecerme ante el espectáculo de odio y violencia que se ha desarrollado ante mis ojos. ¿Acaso no es sorprendente ver a un pueblo tan amistoso y pacífico como el tibetano –que tiene como jefe y modelo espiritual al mismísimo Dalai Lama, militante de la no-violencia- dispuesto a matar a sangre fría a otros hombres? Hay otra cosa que tampoco me deja indiferente: escucharles reír.

Su felicidad parece inmensa. Por vez primera en cincuenta años, expresan con desenfado la oportunidad de desplazarse con entera libertad por las calles de su capital. A la puerta de las tiendas y los restaurantes, como una señal de afirmación de su identidad tibetana y protección, cuelgan largos retales de tela blanca.

Sábado 15 de marzo

Al alba, los tanques han invadido las calles. En las calles no respira ni un alma, a menos que se trate de soldados. A lo largo de toda la jornada es posible escuchar aquí y allá disparos y explosiones aislados. Hacia las cinco de la tarde, abandono el centro de la ciudad, escondido en una camioneta volando por entre las calles desiertas. Ya en carretera puedo observar decenas de coches calcinados, casas incendiadas y tiendas devoradas por las llamas.

Viéndolos patrullar metralletas en ristre, no le cabe una sola duda a mi entendimiento: ¡los soldados disparan a todo lo que se mueva! Por fin llegamos a un hotel de lujo situado al este de la capital. A penas hemos sacado un pie del vehículo que nos tiramos de cabeza en Internet y la telefonía. La recepción está infestada de policías de paisano que espían todos nuestros movimientos.

Domingo 16 de marzo

El ruido ensordecedor de las columnas de camiones y tanques avanzando por la carretera despierta a todos los clientes del hotel. El ejército chino ha decidido arrojarse sobre el Tíbet. Contamos hasta 120 camiones. A bordo de cada uno viajan 35 soldados. ¡Sin contar los tanques! El lunes, vuelven a dejarnos de nuevo circular por la ciudad. Los puestos de control militar han florecido por doquier, en cada esquina. Nos hacemos los suecos, o más bien los turistas que no tienen ni idea de lo que está pasando, logrando así pasar sin problemas los controles. Los soldados son de una juventud extrema. Como mucho de 16 años. Ante cualquier gesto fuera de control nos apuntan con sus armas. Un ambiente de profunda desolación planea sobre la ciudad.

Martes 18 de marzo: Katmandú

Le debemos nuestra salvación a un amigo que nos ha venido a recoger para llevarnos a Nepal. En Katmandú, una cincuentena de periodistas de todo el mundo viven en alerta. Durante todo el día nos persiguen a la caza de información e historias.

Europa apoya al Tíbet. En Bélgica y en Francia, arriba. En Polonia, o en Milán y Londres abajo.

Fotos: página de inicio, manifestante en Amberes, Bélgica (pietel/ Flickr); retalesblancos a las puertas de los establecimientos (citizenof1world/ Flickr); militares chinos (foto: d o d g e r/ Flickr); Mosaico: apoyo en Europa a los tibetanos (Fotos: pietel/ julien '/ gilus_pl/ reinvented/ Flickr)