El Transiberiano de Nicolas Ancion

Artículo publicado el 17 de Diciembre de 2015
Artículo publicado el 17 de Diciembre de 2015

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Esta vez, Nicolas Ancion, autor de "El hombre de valía 35.000 millones" no se sube al Ring, el tren suburbano berlinés, sino que lo hace en el mítico Transiberiano que une, entre otras ciudades, Moscú con Vladivostock. Entrevistamos a un escritor al que viajar y atravesar fronteras le inspira...

CaféBabel: ¿Por qué has elegido viajar precisamente en el Transiberiano?

NICOLAS ANCION: Desde hace cinco años, mi familia y yo viajamos al menos tres meses al año, y mi mujer y mis hijos tenían muchas ganas de hacer este viaje que va desde el corazón de Europa hasta las entrañas de Asia.

Realmente hay un abismo entre la imagen que uno tiene de los trenes de leyenda y la realidad. El Transiberiano es una red ferroviaria, no un tren de lujo como el Orient-Express que sale en las películas. El tren decepciona a todo el que vaya con la idea de subir a bordo de una nave única en su especie como el Concorde o el Titanic. 

Cafébabel: Los pasajeros del Transiberiano utilizan a menudo el recurso del vodka para relacionarse, siguiendo el viejo dicho de “Vodka connecting people”. En su caso, ¿cómo fue el contacto con otros viajeros?

N.A: Cuando los rusos o los mongoles se suben al tren, automáticamente se ponen en modo «viaje»: se quitan los zapatos y se ponen los tapochkis, unas zapatillas de plástico, o de usar y tirar, y dejan abierta la puerta de su compartimento, con lo que a los pobres que están en las literas de arriba les toca pasar buen parte del viaje de pie, en el pasillo. Nosotros, como éramos cuatro, tuvimos la suerte de poder elegir estar juntos en el mismo compartimento.

Hay una cosa que une a todo el que se embarca en esta aventura: la pasión por la comida basura: sopas chinas de sobre, patatas fritas, refrescos para dar y tomar ...En el fondo, el tren no es muy diferente de las ciudades por las que pasa. A decir verdad, y contestando a tu pregunta, yo ni he visto, ni he probado vodka durante todo el trayecto. Lo que favoreció el contacto con otros pasajeros fue el hecho de tener que compartir mi ladrón alargador que conectaba en los poquísimos enchufes que funcionaban en los pasillos.

                                         Cafébabel: Blaise Cendrars escribió “Prosa del Transiberiano y de la pequeña Juana de Francia”, sin haberse subido nunca al famoso tren. ¿Para ti es un lugar donde inspirarte?

N.A.: En realidad, nunca escribo sobre lo que vivo o lo que veo. No uso la observación, ni trascribo lo que que siento o lo que temo. Mi forma de escribir es siempre una labor de pura ficción. Sin embargo, si que es cierto que a largo plazo, mi imaginación acaba fatalmente contaminada por todo lo que vivo, descubro, exploro o leo. 

Cafébabel: ¿Cuál es el lugar que más te ha marcado en este viaje?

N.A.: Creo que los lugares que más le marcan a uno y que se quedan en la mente, no tienen nombre. Son esos pueblos de Siberia, en los que parece que casi todas sus casas están abandonadas y respecto de los que uno siempre trata de imaginarse a qué se parecen sus últimos habitantes. Están a dos horas de viaje de cualquier ciudad y desde octubre, la nieve pinta de blanco todos los tejados. Uno no puede dejar de preguntarse de qué vivirá la gente en esos sitios.                                                                          

                          Cafébabel: ¿Y cuál ha sido la experiencia más desagradable?

N.A.: El momento en el que el tren paraba al llegar a la estación de Vladimir, la primera estación después de Moscú, y mis hijos bajaban mientras yo sacaba las maletas. Mi hija bajó al andén y de pronto ...las puertas se cerraron justo delante de la cara de mi hijo. De repente, el tren se volvió a poner en marcha, con mi hija de 14 años allí, de noche y en un andén a las afueras de una ciudad rusa. Dimos golpes a la puerta y nada, ni siquiera tratando de mover la palanca para abrirla. Menos mal que mi mujer habla ruso y se puso a gritar pidiendo ayuda a un grupo de policías que estaban sentados en el tren y que accionaron el sistema de frenado, para que mi hija pudiera subirse de nuevo al vagón, toda asustada y temblorosa, recordando cómo veía alejarse al tren y ella se quedaba allí, de noche. 

Cafébabel: ¿Y algún imprevisto que jamás hubieras imaginado?

N.A.: Las mantas mongolas de pelo de camello me produjeron una reacción alérgica y urticaria. Me llené de granos durante diez días después de coger el tren nocturno que va de Oulan-Bator a la frontera con China.

                          Cafébabel: ¿Y si tuvieras que resumir el viaje en una frase o una palabra?

N.A.: Pues creo que “relajante” podría definirlo bien. En total, el trayecto de San Petesburgo a Pekín duró poco más de tres semanas. Después de algunas paradas, nuestro compartimento se convirtió en una especie de caparazón móvil sobre raíles y con el que podíamos pasar, sin ninguna prisa, de Europa a Asia, a velocidad humana ...