El vino moldavo, el negocio y la supervivencia

Artículo publicado el 16 de Noviembre de 2006
Artículo publicado el 16 de Noviembre de 2006
Si Andrei, con 26 años, cuida con amor sus viñas, es también por la esperanza de cultivar el duro oficio de los negocios. Como la gran mayoría de sus compatriotas.

Como cada primer fin de semana de octubre, el Festival del Vino invadió Chisinau, la capital moldava. Las celebraciones etílicas figuran entre las fiestas más importantes de este pequeño Estado, acorralado entre Ucrania y Rumania. Los propios moldavos lo dicen a menudo: “Nuestro país sólo tiene una riqueza, las viñas”.

Según la Agencia Moldava, el vino representaría cerca del 20% del PIB del país y un tercio de las exportaciones

Controlador de calidad y director de marketing de la casa de producción “Lion Gri”, Andrei se debe presentar en la plaza central de Chisinau. Bajo un ancho puesto techado a la entrada, protegida por unos pequeños leones, este joven de 26 años, con grandes espaldas y sonrisa encantadora, acoge a los interesados y curiosos. Este fin de semana es su ocasión para tejer contactos, representar su empresa, vender botellas y, sobre todo, estar un poco de fiesta.

Cortar el grifo vinícola

Sin embargo, este año el acontecimiento está un poco ensombrecido por las recientes decisiones rusas de prohibir las importaciones de vino moldavo y georgiano. ¿El motivo oficial esgrimido por las autoridades rusas? El descubrimiento de marcas de pesticidas no autorizados en el preciado brebaje.

“La decisión rusa ha puesto a las empresas vinícolas moldavas en una situación muy delicada. Nos hace falta pagar los salarios, rembolsar los créditos, pagar los intereses y los impuestos”, declaraba el pasado mes de abril el presidente de la Unión de Exportadores de vinos moldavos, Gheorghe Kozub. Chisinau exportaba de este modo el 86% de toda su producción hacia su gran vecino y ex-hermano soviético. A causa de este embargo ruso y de factores coyunturales, como el aumento del precio del gas importado de Rusia, el gobierno moldavo ha revisado a la baja sus previsiones de crecimiento económico este año: un 4% frente al 6% de los últimos años.

La casa vinícola donde trabaja Andrei, con sus 1.600 hectáreas y sus vagones llenos de toneles de vino que salen cada semana hacia el extranjero, sufre también esta situación política, fruto de la nueva estrategia de Vladimir Putin, que consiste en cortar del todo el suministro de gas o la importación de productos alimentarios.

Andrei comenta, tímido: “No hablamos de política exterior”: Sin embargo, al final, acaba por estallar: “Los rusos joden. Están locos, locos, locos”. Él confiesa no apasionarse por el vino: lo que a él le gusta es el “negocio”. Con una sonrisa de oreja a oreja, explica que los negocios le encantan y que “el comercio le proporciona adrenalina que le hace falta a su vida”.

Por desgracia, su salario no da lo suficiente para vivir junto a su novia Diana. Entonces, como todo el mundo aquí, se las arregla para redondear su sueldo.

El negocio

Luchador y con una buena dosis de descaro, se ha especializado desde hace cierto tiempo en la puesta en contacto de viveros franceses con empresas rusas y ucranianas. Por el momento, sólo ha logrado una venta, pero para traer miles de injertos de manzanos y de nogales. Con paciencia, Andrei espera su turno para montar su propia empresa, porque, según él, “el mercado moldavo no es como el mercado canadiense: si alguien entra, otro debe salir”.

Gracias a su doble empleo, Andrei vive bastante bien: es propietario de un apartamento no lejos del centro de Chisinau y posee un reluciente Toyota. En cambio, rara vez sale a divertirse. Su palabra preferida: el trabajo. Sabe que tiene suerte en relación con los jóvenes de su edad, una suerte por la cual “ha peleado sin descansar”, nos confía. “A los 22, años mi padre me dijo que me las arreglara como fuera. Por eso me marché de casa. Si quieres lograr algo aquí, puedes hacerlo”, añade convencido. “Al contrario que los ucranianos, que han mejorado su Estado del bienestar día a día, los moldavos no pueden, por el momento, pensar en otra cosa que no sean las necesidades básicas de alojamiento y alimentación.

Apagón

A pesar de las dificultades materiales, Andrei ama su país y se entristece con la marcha de los jóvenes al extranjero. Añade, sin énfasis, “prefiero vivir aquí que fuera. Tengo mis amigos, mi familia y es mi país. Y además, yo vi lo que era Francia, no hay ambiente en la calle, ni siquiera la noche de Navidad. Es muy individualista y es duro”. Por el momento, Andrei reconoce no pensar demasiado en el porvenir. “Por el momento, tenemos demasiadas preocupaciones en el presente como para ocuparnos del futuro. A menudo, se tiene la impresión de que todo está parado aquí, como si estuviésemos en la sombra. No tenemos sueños, es triste, pero es así.”

Algunos clientes americanos esperan sus consejos cerca de las botellas de Cabernet Sauvignon y de Chardonnay expuestos en un rincón. En un parpadeo, él recupera la sonrisa que se había borrado de su cara desde hace un rato. La vida continúa y además, este fin de semana es la fiesta del vino. En el fondo, nada la podrá estropear.