Eleonora Abbagnato, fugacidad de estrella

Artículo publicado el 12 de Enero de 2007
Artículo publicado el 12 de Enero de 2007
Esta tenaz siciliana de 28 años ha conseguido el puesto de primera bailarina de la Ópera de París a base de perseverancia y dedicación.

Entramos por la puerta de atrás de la Ópera Garnier de París y recorremos las entrañas de este edificio ostentoso: pasillos que el paso del tiempo ha descolorido. Llegamos a la cafetería de los trabajadores de la ópera: mesas y sillas de madera y precios asequibles. El lujo está todo en el patio de butacas.

La primera bailarina de la Ópera de París llega tarde, con un look deportivo y la melena rubia escrupolosamente recogida en una cola de caballo. Eleonora Abbagnato, de 28 años, es una de los 10 extranjeros que integran el cuerpo de danza de 150 bailarines del Ballet de la Ópera de París. ¿Cómo ha conseguido esta italiana... -“No, siciliana”, corta ella- Perdón. Pues, ¿cómo ha conseguido esta siciliana llegar hasta aquí?

Todo empezó en Palermo un poco por casualidad. Cuando era pequeña, su madre la dejaba a cargo de una vecina, Marisa Benassai, que dirigía una escuela de danza. “Empecé a bailar solita. Mi padre y mi hermano se pasaban el día mirando el fútbol. Yo vivía en un mundo a parte, con mi tele y mis vídeos de danza”. Una infancia bien corta. “No me arrepiento de no haber jugado con muñecas. Hice lo que quería”. La pequeña Eleonora enseguida despuntó a base de ganar concursos y audiciones. El coreógrafo Roland Petit vio en aquella niña aplicada el potencial de una bailarina de élite y la llevó a la Ópera de París. Sólo tenía 14 años.

Determinación de artista

“Cuando me propongo una cosa, la consigo, como en el amor. Cuando quiero un hombre... ¡Zas! Lo cazo”, exclama con un gesto depredador. La suya es una actitud perseverante que parece imprescindible para triunfar en el mundo de la danza, pero ¿qué ha tenido que sacrificar para llegar hasta aquí? “La familia, seguramente; pero en la vida siempre hay que elegir.” Y añade: “Aquí vivimos encerrados en un estudio, bailando todo el día, aislados de la vida real del exterior.” Para desconectar, a Eleonora le gusta organizar cenas con sus amigos italianos y cocinar la pasta.

A juzgar por su tono de voz moderado y su francés impecable cuesta creer que estemos delante de una auténtica siciliana. ¿Estos 14 años en París no la habrán afrancesado un poco? “Esto que me dices es un insulto”, sentencia. Numerosas revistas y televisiones italianas la han convertido en una figura mediática, pero a ella no le molesta que su país natal la presente como un producto cultural made in Italy.

París-Italia, Italia-París

Cuando tiene un fin de semana libre, Eleonora hace las maletas rumbo a su Italia natal. Asegura que ahora lleva peor el hecho de vivir lejos de su tierra que cuando llegó. “Cuando era pequeña, sólo pensaba en una cosa: ponerme las zapatillas y bailar. Sabía que aquí estaba rodeada de los mejores e ignoraba qué había fuera de todo esto. Pero cuando te haces mayor te das cuenta de lo que te falta”.

¿Qué le puede faltar a una primera bailarina de la Ópera de París? “Seguramente nada, sólo mi país natal, el sol y la gente más simpática”. ¿Entonces por qué no se va a la Scala de Milán? Ya estuvo allí cuando tenía 10 años y no le gustó. “Creo que falla la organización y faltan los recursos. Allí ensayan menos y si yo dejara París por Milán sé que perdería. En París tenemos los mejores coreógrafos e instalaciones, y un público numeroso y fiel que no se encuentra en otras ciudades europeas”.

Y es que ya hace unas semanas que no quedan entradas para ver La dama de las camelias, el ballet del coreógrafo estadounidense John Neumeier, basado en la novela de Alexandre Dumas. Se levanta el telón y podemos ver a Eleonora en la piel de Marguerite Gautier, célebre cortesana parisina que se enamora de Armand Duval, un cliente respetable. Una grácil Eleonora se desplaza ligera como una peonza; va de los brazos de uno a los brazos de otro, atrayendo todas las miradas. Su técnica perfecta la mantiene en equilibrio en las piruetas más inverosímiles. Una Eleonora despampanante que ofrece una lección de talento, fuerza y expresividad. Pero la euforia dura poco. El padre de Armand Duval obliga a Marguerite (Eleonora) a alejarse de su hijo para no comprometer el honor de la familia. No es hasta después de la muerte prematura de la joven Marguerite que su amante descubre un diario íntimo donde ella confiesa sus sentimientos hacia él. Cae el telón entre una lluvia de aplausos.

Deporte de competición

“La gente te mira, quiere saberlo todo de ti y a veces yo tengo ganas de mandarlo todo a freir espárragos. Cuando estás en lo más alto, tienes un círculo de gente que intenta hundirte. Cuando eres pequeña es divertido, pero ahora ya cansa”. Eleonora salió durante seis años y medio con un bailarín de la Ópera. Habla de esta relación sin pelos en la lengua: “Había una admiración mutua y una especie de competición latente. Si él conseguía un papel y yo no, se creaba una rivalidad malsana. Cuando se acabó, me dije: ‘nunca más con un bailarín’. No puedo vivir con alguien 24 horas al día. No sé cómo lo hacen los demás. ¡Es tan triste!”

Eleonora ha tenido la suerte de bailar bajo las órdenes de los mejores coreógrafos contemporáneos como Pina Bausch, Jiri Kilian, Roland Petit... Destaca la alemana Pina Bausch, inventora del teatro danza. Bausch se interesa por el pasado de los bailarines con los cuales hace un trabajo psicológico. Durante la representación de Le Sacre de Printemps, Eleonora explica que su madre no pudo soportar las escenas violentas y abandonó la sala. Y es que Eleonora prefiere la danza contemporánea que la clásica. “La generación anterior a la mía ha bailado lo mismo de los 16 a los 30 años. En cambio, yo no podría repetir El lago de los cisnes toda la vida. ¡Qué aburrimiento!”

Ni un solo escaqueo en 14 años

La bailarina asegura que en Francia, el país de la reivindicación por excelencia, “nosotros, los bailarines, no hemos hecho huelga nunca, por respeto a nuestro trabajo, al arte y al espectador”. Con la espalda recta, proclama con un punto de orgullo: “No me he saltado un ensayo en 14 años de escuela de danza”.

¿Y el futuro? “Me gustaría hacer cine, tener hijos e ir a Italia más a menudo” ¿Qué le diría a una joven promesa de la danza? “Que no se hiciera bailarina”. ¿Se arrepiente? “Lo que es genial es tener una pasión en la vida, pero creo que hay otras menos difíciles”. Mira el reloj y se excusa: “Mi ensayo empieza dentro de cinco minutos”.