Elie Barnavi: “La Europa frígida”

Artículo publicado el 7 de Noviembre de 2008
Artículo publicado el 7 de Noviembre de 2008
Entrevista a este historiador que, a los 60 años, mira a Europa, a caballo entre Israel y Bruselas. "Las catedrales y las hogueras, el espíritu universal y la esclavitud, las maravillas del arte barroco y la Inquisición… Así va Europa, con la cabeza en las estrellas y los pies entre sangre"

Espero a Elie Barnavi en el Café Litteraire, en el distrito VI de París. Libros encuadernados en cuero y sofás de piel. Un poco excesivo. Octubre. París, que juega con las estaciones, nos regala un poco de sol en medio de una semana invernal. Cuando Barnavi llega, me pide que salgamos al jardín. Quiere encender su pipa. Este caballero, nacido en Bucarest en 1946, se mudó a Tel Aviv a los 12-13 años y hoy es ciudadano israelí. ¿Cuál es su lengua materna? “Con mi madre hablaba rumano. Con mi padre, hebreo y ruso, aunque ahora lo he olvidado”. Pero los libros que publica en Francia los escribe en francés. Y el francés de Barnavi –leído por una italiana- es rico, poético y difícil: recuerda a Barthes o a March Bloch.

Barnavi es un historiador, un político (fue embajador de Israel en Francia de 2000 a 2002) y ahora, un consejero científico en el museo de Europa en Bruselas. En un delicado equilibrio entre dentro y fuera de Europa, escribe sobre este continente: dentro por su vida, sus decisiones y la cultura. Fuera por su pasaporte. “Para la mayoría de los hebreos, Europa fue la patria, pero también el cementerio. Por un lado, mis raíces culturales están aquí. No soy europeo pero me siento también europeo”.

El queso en lugar del himno

Nuestro encuentro saca en seguida a colación la publicación de L’Europe frigide, (La Europa frígida) editada por André Versaille. Con ese título, solo puedo empezar por la pregunta: ¿por qué frígida? “Porque ya no inspira ninguna pasión a sus ciudadanos. Se ha convertido en algo sin sex-appeal: ni excita ni suscita curiosidad, porque todo lo hace de forma burocrática”. Ha escrito un libro para devolver a los europeos y a Europa su Historia: “¿no se da cuenta de que ofrece al mundo un modelo inimitable?, ¿de que, sobre esta tierra empapada de sangre, se ha construido, en un abrir y cerrar de ojos, una unión de pueblos libres que ha convertido a la guerra en algo no solo imposible, sino inconcebible?” Y servidora, que, la verdad, pocos aires de revolución siente, confirma la ausencia de suspiros que Europa le suscita: “El problema es que ahora Europa ya está hecha, el hombre es débil y nadie se entusiasma por algo que ya está listo”. ¿Se está volviendo Europa hacia el lado equivocado? “Francamente, Europa se preocupa de cosas por las que ya no debería preocuparse (como encender a las multitudes con la polémica de los quesos con leche cruda)”.

El problema es que lo simbólico, que “es lo que hace que la gente siga unida, se está perdiendo”. Me lío un cigarrillo y observo a este señor de chaqueta y corbata, con tirantes y gemelos en la muñeca, que habla, fuma y se indigna: “Si se quiere hacer negocio con los símbolos, Europa está acabada: lo esencial no es el euro, sino la construcción de un destino común”. ¿El ejemplo más grotesco de esta incapacidad de insuflar un alma a Europa? La neutralidad: “Es una cosa que me saca de mis casillas. Nunca habría aceptado en Europa un miembro que se declare neutral. La neutralidad no significa nada cuando se entra en una familia y se integra en un destino común”.

(Foto: david reverchon/Flick)

Frontera e identidad

Y si hablamos de destinos comunes, hablamos de identidad y de fronteras, algo tanto más importante teniendo en cuenta que las fronteras internas se han eliminado. Y en esta cuestión, Barnavi es tajante: las fronteras de Europa deben ser europeas, “lo que excluye a Rusia (enorme y no demasiado convencida), Israel y Turquía. Esto, obviamente, si lo que se quiere es construir una Europa política. Si, por el contrario, se quiere solo una zona comercial, turística y agradable, entonces, ¿por qué no también Turquía e incluso Israel? Pero si se le quiere dar un sentido político, si se quiere una Europa en tanto que potencia, se necesitan fronteras europeas. Esto no quiere decir, por supuesto, que no existan instrumentos diplomáticos, económicos y militares para la colaboración con esos otros países; hasta el euro, si lo quieren, pero la ciudadanía es otra cosa”. Considerar solo la Historia, sería demasiado limitado, solo la geografía, demasiado vasto.

Pero el problema de Turquía es que no cumple ciertos requisitos políticos y sociales, ¿no? “No, aunque tuviese la misma política social que Suecia, son otras fronteras. Europa no está llamada a tener fronteras comunes con el Cáucaso o con Irak. Y, fíjate bien, el deseo de integrar a Turquía es inversamente proporcional al deseo de construir Europa. No es por casualidad que los ingleses estén entre los más firmes defensores de la entrada de Turquía: quieren una Europa a la inglesa, o sea, una zona de libre intercambio. Los que defienden una Europa integrada se dan cuenta de que eso representaría un problema enorme”. Y, según Barnavi, el pueblo, la gente, lo siente y “una de las razones de la negativa al Tratado de la Constitución en Francia fue precisamente la falta de comprensión: no se entiende bien a qué se pertenece y a qué no”.

Charlando todavía sobre identidad, nos vamos. ¿Otro problema? “La cacofonía europea en lo que se refiere a política exterior. Es verdad que el mundo necesita un segundo polo democrático fuerte. Sería algo muy positivo para Europa y también para América porque si no va a ser Europa, será Putin o China”.

Barnavi tiene una cita en la otra punta de la ciudad. Me pregunta qué me parece la opción del metro: para quien, como yo, vive en París desde hace ya algún tiempo, no es nada raro conseguir perderse todavía. Así que empujo a un caballero de 62 años a caminar sin rumbo por Saint Germain des Près. Se ha arrepentido de no haber pedido un taxi.