En busca de una nueva generación de líderes

Artículo publicado el 3 de Junio de 2005
Artículo publicado el 3 de Junio de 2005

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El doble No de Francia y Holanda lo demuestra: Europa requiere de nuevos líderes para salir de la terrible crisis de ideas que atraviesa.

Laurent Fabius sonríe como quien acabara de tumbar un póker de ases. En su primera aparición televisada tras su victoria en el referéndum del 29 de mayo, el líder del “No de izquierdas” a la Constitución anunció con desenfado su candidatura a las elecciones presidenciales de 2007.

Su campaña personal termina, pues, de la forma más lógica: sin hacer llamamiento a una Europa social, sin iniciativa transnacional, sin consecuencia política seria y verdaderamente europea que pueda representar de alguna manera esas “mañanas que cantan” a las que hacían llamamiento los partidarios del No al Tratado constitucional. Queda sólo la instrumentación de una Constitución condenada a partir de ahora al olvido o a finalidades de puro electoralismo por parte de quien ha sabido apostar por el malestar que resienten muchas capas de la población francesa y dividir al Partido Socialista (PS), del que sin embargo es considerado el número 2.

Generación Fabius

Lo que sorprende en la estrategia de Fabius no es tanto la indiscutible habilidad del político como la indiferencia del personaje por el destino de la Unión europea, considerada en este caso como un instrumento más en la carrera hacia el palacio del Elíseo. En tanto líder histórico del ala derecha del PS, Fabius comprendió enseguida que el candidato socialista a las elecciones presidenciales de 2002, Lionel Jospin, perdió por mostrarse demasiado moderado. Entendió también que no era posible aprovecharse del 10% de paro registrado sino agitando el espectro del “liberalismo” bruselense en una campaña desde entonces dramatizada. De ahí los ataques a los “fontaneros polacos” que, según él, inundan el mercado de trabajo francés (cuando cálculos del ministerio francés de trabajo prueban que los trabajadores polacos desembarcados en Francia desde el 1 de mayo de 2004 no superan los 8.000). Se ha tratado de un discurso digno del peor Le Pen, que hizo exclamar a una joven parada de Marsella: “Tenemos el agua al cuello, así que no vamos a ponernos a abrir las puertas de Europa a todo el mundo”.

Pero detrás de este juego de casualidades a expensas de una Europa por ahora –y quién sabe por cuánto tiempo- bloqueada, subyace un problema generacional. Fabius pertenece a esa generación de una posguerra de la que no han conocido los horrores y las dificultades, al contrario de la generación de los padres fundadores, De Gasperi, Adenauer, Mitterand o Kohl. Esta generación, a la que pertenecen Chirac y Schröder pasará a la posteridad por haber parido y defendido un tratado –el de Niza- que ha servido para perpetuar la Europa de los egoísmos nacionales y del déficit democrático.

Generación Wilders

El problema reside en que la Europa del programa Erasmus y de Internet, la Europa de las nuevas generaciones, privilegiadas precisamente por haber sido incluidas en el proyecto europeo, se calla. De este modo, deja la vía libre a una nueva clase de demagogos: menos arrogantes que sus predecesores, e incluso afables como el líder treintañero de la Liga Comunista Revolucionaria francesa, Olivier Besancenot. O como el líder del No a la Constitución en Holanda, el cuarentón desfasado Geert Wilders. Vencedor en el referéndum del primero de junio, Wilders reclama el título de heredero de Pim Fortuyn, el líder populista e islamófobo controvertido asesinado en 2002, y seduce a los electores con eslóganes como “Los Países Bajos deben perdurar”. Opuesto a la inmigración (“Holanda ya está repleta”), y opuesto al euro, Wilders encarna un estilo joven, pero no por ello menos peligroso que un Haider o un Bossi. Un estilo que en todo caso se ha llevado el gato al agua, a juzgar por los resultados del No holandés (61,6%) y por la participación (62,8%).

¿Y nosotros?

Si las nuevas generaciones desean decirle No a Wilders y a Fabius, al populismo trendy de la derecha holandesa y a la neo-xenofobia de izquierdas en Francia, deben hacer emerger alternativas democráticas y transnacionales -liberales o reformistas- frente a la política del miedo. Y es que hoy, el optimismo y la apertura, la clarividencia y la valentía no se hallan representados sobre el tablero político. Ante la urgencia de este nuevo desafío, café babel se postula como el medio capaz de acoger este proyecto refundador.