En Italia hay quien teme al ius soli

Artículo publicado el 25 de Octubre de 2017
Artículo publicado el 25 de Octubre de 2017

Entre polémicas, huelgas de hambre y racismo, en Italia se vuelve a hablar de la reforma de la ley para la adquisición de la nacionalidad. Hay un millón de personas que, pese a haber nacido en el país, no tienen la nacionalidad italiana y esperan una ley que lleva dos años paralizada en el Senado. Quienes han vivido la Odisea en propia piel para obtener la nacionalidad nos cuentan su historia.

Con la reforma de la ley para la adquisición de la nacionalidad, en las casas italianas, a través de un bombardeo de noticias en periódicos y telediarios, se ha ido abriendo paso un concepto: ius soli (derecho de suelo), término impropio para etiquetar un proyecto de ley que no prevé en ningún punto la aplicación del derecho a la nacionalidad al nacer (cosa que sí sucede en Estados Unidos con el ius soli). Se habla, en cambio, de ius soli moderado, con una serie de limitaciones y requisitos muy concretos. Por tanto, Italia no se convertiría en la "sala de parto de África y de los terroristas", tal como se ha escrito en algunos titulares de periódico.

"Italia es una madre que no nos quiere como hijos"

El efecto inmediato y más significativo de esta ley, si se llegara a aprobar, sería el de corregir la contradicción que caracteriza la vida de casi un millón de jóvenes (según datos del Instituto Nacional de Estadística italiano, ISTAT): la contradicción entre la situación real y la percibida. Porque el drama de las llamadas segundas generaciones, formadas por jóvenes que han nacido o crecido en territorio italiano, es que se sienten italianos, pero en realidad no lo son. Principalmente, la ley beneficiaría a los jóvenes de dieciocho años, que de otro modo dispondrían de un único año para presentar la solicitud de nacionalidad. Y también a quien, aun habiendo recibido escolarización en Italia, debe esperar diez años y tiene que emprender un largo procedimiento burocrático, complicado también económicamente, a fin de obtener la naturalización.

La polémica surge en torno al miedo: miedo a lo diferente, miedo a una integración que no funciona, miedo a una amenaza terrorista. En este momento, en Italia hay quien alerta del peligro de una sustitución étnica, quien advierte de una fácil obtención de la nacionalidad y quien habla de una islamización de la sociedad.

Negarles la nacionalidad significa decir no a unas personas que residen de forma regular, que están empadronadas en su municipio, que tienen un médico asignado, que van al colegio y que forman parte de familias que pagan impuestos y contribuciones. Por eso, en las muchas manifestaciones de los últimos meses se pueden leer pancartas con el escrito: "Italia es una madre que no nos quiere como hijos". Con mucho esfuerzo, algunos lo han logrado y han obtenido la nacionalidad italiana. ¿Qué dificultades hay que superar para conseguirla y cuáles son los sueños de estos jóvenes?

Blessy y la espera infinita

"Mis padres obtuvieron la nacionalidad antes que yo", bromea amargamente Blessy Nambio. Nacida en un hospital de Roma, sus padres, filipinos, llegaron a Italia hace ya treinta años. Habla con un fuerte acento romano, tiene veintiocho años y, sin embargo, no ha sido hasta hace solo tres semanas que ha podido leer por fin la expresión "italiana" en su documento de identidad. Los seis primeros años de su vida no constaba como residente, lo que significa que no pudo presentar la solicitud de nacionalidad al cumplir los dieciocho, a pesar de estar en condición de exhibir las vacunaciones de aquellos años y de probar su asistencia a la escuela infantil.

Así que, durante más de diez años tuvo que estar renovando el permiso de residencia, primero por motivos familiares y después por estudios. Sí, porque una vez alcanzó la mayoría de edad, la joven ya no entraba dentro de los parámetros de renta fijados para solicitar la naturalización.

Para Blessy, que hoy en día enseña italiano, la nacionalidad en sí no influye en su identidad como italiana, pero sí cuenta. "Las palabras vuelan y lo escrito permanece", concluye. Sus alumnos, cuando les dice que es italiana, no se sorprenden: "La nacionalidad, en este siglo, no presupone una etnia específica".

Shehan y el racismo latente

Que era necesario reformar la ley en materia de nacionalidad actualmente vigente ya se había dicho en 2011. Por aquel entonces, en Milán se habían dado cuenta de que, aunque la ley existiera, muy pocos jóvenes que acabaran de cumplir los dieciocho años solicitaban la nacionalidad antes de alcanzar los diecinueve, presumiblemente porque desconocían que tenían la posibilidad de hacerlo. En la capital lombarda, como ocurría en otras ciudades, se había eludido esta dificultad de información con una iniciativa particular: enviando una carta el día de su decimoctavo cumpleaños a los jóvenes extranjeros nacidos en Italia, para recordarles que podían solicitar la nacionalidad antes de soplar las diecinueve velas.  Sin embargo, esta solución siempre quedó circunscrita a unos pocos ayuntamientos, promovida por algunos alcaldes junto a asociaciones locales, pero nunca se aplicó en el resto del país.

Shehan Horawala, nacido en Milán, recuerda el momento en el que le llegó la carta. Desde pequeño, sus compañeros lo consideraban un extranjero por su color de piel. "Aquí  todavía hay la creencia de que para ser italiano tienes que ser blanco, tener unos determinados rasgos somáticos", explica. La derrota del Estado frente a la realidad no regularizada de las segundas generaciones se infiere de las palabras de Shehan: "Nunca me he sentido más extranjero en mi propia casa como cuando me veía obligado a hacer cola en comisaría, junto a mi madre, para la renovación del permiso de residencia".

Largas horas en la cola, a menudo pasando frío, esperando a que le llegara el turno para entregar la documentación y le tomaran las huellas dactilares... Ningún niño que haya sufrido esta experiencia dirá de adulto haberla vivido dignamente.

En la actualidad, Shehan tiene veintiocho años y trabaja de agente financiero en la ciudad que le ha visto nacer y crecer. Para él, que viajó por primera vez por Europa cuando ya era mayor de edad, ser italiano significa "ante todo tener la posibilidad de desplazarse y viajar libremente". De hecho, en breve se trasladará a Londres con la esperanza de poder continuar su carrera precisamente ahí, en el corazón de las finanzas. Quizá, si no hubiera recibido la información adecuada, Shehan nunca habría obtenido la nacionalidad italiana.

Cristina y las barreras europeas

Cristina también considera que la posibilidad de viajar con mayor facilidad es una libertad que se añade al abanico de derechos que comporta ser italiano. Cristina Mallak nació en Italia, pero sus padres son de origen egipcio. El padre llegó a esta orilla del Mediterráneo huyendo de la persecución a los cristianos coptos y dejando atrás un título en Económicas. Tras obtener la nacionalidad italiana por naturalización, se la transmitió a su hija, que entonces era menor de edad. Era el año 2007 y Cristina, que estaba finalizando el primer ciclo de la escuela secundaria y en septiembre iba a empezar el segundo ciclo con la modalidad lingüística, en la ceremonia de juramento del padre tocó el Himno Nacional de Italia.

"Quizá la falta de nacionalidad me habría imposibilitado hacer estancias lingüísticas en Europa", explica . La cultura y la educación son dos factores que también pone de relieve este proyecto de ley, pues ocurre que, en el caso de los hijos de inmigrantes, Italia cultiva su excelencia en las escuelas, pero no les tutela el futuro (ni el presente) con suficientes garantías.

En el segundo ciclo de la escuela secundaria Cristina recibió el premio de su región por sus óptimos resultados académicos. Después prosiguió con los estudios, se graduó en Comunicación Internacional y ahora acaba de terminar el año de Servicio Cívico, oportunidad que antes del 2014 no era accesible para quien no tuviera la nacionalidad italiana. Fue gracias a una petición que hicieron cuatro jóvenes de segunda generación junto a ASGI (Asociación de Estudios Jurídicos sobre Inmigración) que ahora también los "italianos sin nacionalidad" pueden realizar el Servicio Cívico. 

Blessy, Shehan y Cristina se consideran "afortunados" por haber conseguido la nacionalidad. Pero para apoyar a todos los demás que todavía esperan en el limbo un pasaporte italiano, los tres bajan a la plaza, se unen a otros miles de personas y llevan a cabo una lucha diaria para abrir nuevos caminos a los hijos de inmigrantes, fantasmas que su propio Estado no reconoce.