En la ruta serbia: una energía de fiesta

Artículo publicado el 10 de Julio de 2008
Artículo publicado el 10 de Julio de 2008
Por el fin de unas prácticas o de los estudios, tres jóvenes estudiantes franceses deciden marcharse a Serbia para encontrarse con sus ‘alter egos’ de los Balcanes. ¿Cómo convertirse en adulto de punta a punta de Europa? Primer capítulo en nuestra hoja de ruta en Serbia: la fiesta.

Marko recuerda el período de bombardeos de la OTAN en 1999. “Hacíamos fiestas en los refugios pero yo no entendía por qué soportábamos eso. Los adultos cantaban y bailaban hasta que al final mi padre me llevó fuera. Llevábamos objetivos pegados al cuerpo. ¡Para burlarnos, para vivir!”

Parece que Belgrado es la única ciudad en el continente europeo en la que se puede estar de fiesta 24h/24. Eso es lo que Marko nos afirma y nos lo quiere demostrar. La isla de los gitanos, fiestas en los edificios del centro con vistas a la ciudad, bares semi-clandestinos ocultos en cuevas… En la ciudad en movimiento, la gente es afable y el alcohol fluye por doquier. Ziveli!

Turbo folk entre las mesas

Otro día, otra noche, navegación al azar de los encuentros. Entre los vestigios de los edificios bombardeados en 1999, la bruma se disipa y deja sitio a imágenes más ligeras. Como la de una pista de patinaje en el centro de la ciudad donde nos ponemos a bailar sobre el Danubio, y a olvidar todos los problemas que padecen los Balcanes.

Llegamos a un restaurante y el turbo folk resuena entre los manjares y los comensales. La gente se levanta y se pone a bailar. Esta mezcla de folk de los Balcanes y ritmos modernos inflama los corazones. Un grupo gitano llega y se pone a hacer piruetas. Los dinares salen del bolsillo del patrón y los músicos, que han recorrido 400 kilómetros para venir hasta aquí, les dan todo su aliento. Es ya tarde, y los clientes ya están sentados todos alrededor de una misma mesa. Son parejas de griegos, de serbios y de croatas. El tono se eleva cada vez que lo hacen las trompetas, se habla sobre los Balcanes y sobre viejas glorias aunque por el idioma les resulte difícil comprenderse. Afortunadamente, algunas miradas son suficientes. Cada uno da a probar su particularidad familiar y Europa parece concentrada en estos aires musicales.

Guiñol bolchevique

El hombre que nos invita a su mesa, barbudo y con el pelo un poco largo, hace una seña a sus amigos. Se pegan a sus instrumentos y la música vuelve a empezar. Él se pone a cantar y llama al camarero situado en la entrada, un viejo con la cara llena de arrugas y ojos risueños. Le coge la boina, se peina y se aparta el pelo de los ojos. Entonces coge un cuchillo de la mesa y lo sujeta entre los dientes. Así, nos encontramos cara a cara con una reproducción del cartel de propaganda nazi contra los bolcheviques.

Todo el mundo estalla de risa. El hombre nos cuenta que esta música es la de los partisanos yugoslavos durante la Segunda Guerra Mundial. Nos pregunta de dónde somos. “¿Fransousca?” Levanta la mano, la música se para. “Para vosotros". Entona un nuevo canto, más melancólico. Nuestro vecino nos explica que esta canción cuenta la fraternidad entre los soldados serbios y franceses durante la Primera Guerra Mundial… Porque sí, "nuestros pueblos son amigos".