En las elecciones europeas, “¡más vale ser ecologista que banquero!”

Artículo publicado el 23 de Febrero de 2009
Artículo publicado el 23 de Febrero de 2009
Del 4 al 7 del próximo mes de junio, 360 millones de ciudadanos serán llamados a elegir a sus 736 representantes en el Parlamento Europeo. ¿Será esta cita electoral continental la ocasión de abrir verdaderos debates políticos acerca de las orientaciones de las políticas comunitarias? No está tan claro…

Blog personnelUna vez más, no podremos escapar a una nacionalización de los asuntos en juego en estas elecciones. En democracia, toda votación se convierte en el momento de enviar mensajes a los gobernantes, y es inevitable que las consideraciones de política interior ocupen su lugar en la campaña electoral. Sobre todo en un periodo de dificultades económicas y de angustia social, toda elección es una “bocanada democrática”. Los candidatos también contarán en la naturaleza del voto. Si representan una idea o un programa bien definido, pueden influir en las condiciones de voto. En otras palabras, en junio de 2009, para presentarse a las elecciones europeas, mejor ser ecologista que banquero...

Cómo crear divergencias

Pero podemos esperar que estas elecciones por fin constituyan una ocasión de debate y de hacer frente a cuestiones verdaderamente europeas. En el Parlamento Europeo, se trata de enviar delegados designados para llevar a Estrasburgo las expectativas de sus electores y para influir en las decisiones europeas. Así pues, deben encarnar convicciones, ser portadores de propuestas de reforma y adoptar políticas europeas específicas. Las competencias delegadas por los Estados miembro a nivel europeo no son demasiado numerosas, pero son casi exclusivas en materia monetaria, competencia, agricultura, transporte y política comercial. En otras palabras, si los ciudadanos de un Estado miembro tienen algo que decir al respecto, más les vale votar en las elecciones europeas que en las de su país.

En cuanto al contenido de la campaña electoral, habrá que suplicar a los partidos políticos que se concentren en cuestiones susceptibles de crear divergencias. Hace falta elegir asuntos que alteren más que las cuestiones de consenso. Durante demasiado tiempo, el voto europeo ha enfrentado a los partidarios de la unificación europea y a sus detractores. Esta divergencia ya no es tal. La Unión Europea se ha impuesto como una evidencia que incluso los euroescépticos defienden, si bien estos reclaman ‘otra Europa’.

¿Más liberalismo o más control?

Los referendos en Francia y los Países Bajos en 2005 y en Irlanda en 2008 lo demuestran. Cansados de los mismos debates estériles y en vista de que realmente no tienen ninguna elección, los electores han creado sus propios intereses, sus propios debates sobre cuestiones que nadie les había planteado. Para poner fin a estos engaños, más que debatir sobre el tratado de Lisboa hace falta un debate sobre cuestiones que dan lugar a enfrentamientos reales.

Por ejemplo, la cuestión de la ampliación. ¿Es deseable? ¿Hasta qué punto? ¿Hemos de tratar (aunque sea a título temporal) de fijar los límites políticos de la Unión? ¿Cuáles son estos límites? Y todavía más importante: ¿Cuál debe ser la respuesta a la crisis económica y financiera? ¿Qué es lo que quieren los ciudadanos, más regulación, más control o por el contrario un liberalismo sin frenos? ¿La política comercial de la Unión debe resumirse en un plácido librecambismo o por el contrario la Unión debería negociar más firmemente la reciprocidad con sus ‘socios’ más importantes? Más del 80% de los europeos se muestran favorables a la creación de un ejército europeo. ¿A qué esperamos y por qué?

La cuestión de la unidad política de Europa versa en torno a saber si poco a poco la Unión acepta verse como una potencia mundial. Una potencia pacífica, cierto, pero decidida a defender y a promover su modelo al fin y al cabo. Ya puedo oír las objeciones de los políticos europeos, nerviosos ante la posibilidad de verse sujetos a las decisiones que tomarán los ciudadanos consultados y que trastocarán sus costumbres. Sin embargo, es así como saldrá adelante el proyecto europeo: ante los ciudadanos y con ellos.

Jean-Dominique GIULIANI es Presidente de la Fundación Robert Schuman, centro de investigación que promueve los valores e ideales europeos.