En las entrañas de la conciencia europea

Artículo publicado el 12 de Mayo de 2014
Artículo publicado el 12 de Mayo de 2014

820 millones de personas pueden acudir al Tribunal Europeo de Derechos Humanos sin abogado y sin pagar ninguna tasa. Es sumamente democrático, pero también una víctima de su propia actitud receptiva, ya que recibe 60.000 solicitudes al año. ¿Quiénes son estas personas y cómo funciona esta colosal criatura judicial? Hablo sobre kurdos, cortes de garganta y robots asesinos japoneses.

“Ayu­da­rá a la paz y a la de­mo­cra­cia, así que hemos ini­cia­do una cam­pa­ña para que le li­be­ren”, me cuen­ta Adem, un kurdo que se ma­ni­fies­ta con­tra el en­car­ce­la­mien­to de Ab­du­llah Öcalan, líder del Par­ti­do de los Tra­ba­ja­do­res de Kur­dis­tán. En marzo de 2014 el Tri­bu­nal Eu­ro­peo de De­re­chos Hu­ma­nos dic­ta­mi­nó que Tur­quía había vio­la­do los de­re­chos de Öcalan al man­te­ner­le en con­di­cio­nes "in­fra­hu­ma­nas": diez años en una celda de ais­la­mien­to, en la pri­sión ais­la­da de una isla.

Adem y otros cua­tro kur­dos están ro­dea­dos de posters de Öcalan en la ar­bo­la­da ave­ni­da en­fren­te del Tri­bu­nal de Es­tras­bur­go. Están en­tu­sias­ma­dos con el dic­ta­men a favor de Öcalan. En lugar de re­cor­dar con amar­gu­ra el con­flic­to con Tur­quía, que acabó con la vida de 40.000 per­so­nas, el Tri­bu­nal les per­mi­te mirar al fu­tu­ro con op­ti­mis­mo. "Ya te­ne­mos un mi­llón de fir­mas y lle­va­mos aquí dos años", me dice Adem con or­gu­llo. "Se­gui­re­mos tra­ba­jan­do, como hizo el mundo con Man­de­la".

DEN­TRO DE LA CON­CIEN­CIA DE EU­RO­PA

El Tri­bu­nal está for­ma­do por dos co­lo­sa­les ci­lin­dros de acero que bri­llan bajo el des­pe­ja­do cielo de abril. El edi­fi­cio tiene un aura épica, como ge­me­los gi­gan­tes­cos que flo­tan en un mar de azul, co­nec­ta­dos por una red de vi­drio y vigas. Puede que la jus­ti­cia sea un ideal an­ti­guo, pero "la con­cien­cia de Eu­ro­pa" pa­re­ce sa­ca­da del fu­tu­ro. Las pa­re­des de vi­drio son casi in­vi­si­bles, se puede ver a tra­vés de ellas, y nada está es­con­di­do. Me dicen que la cons­truc­ción sim­bo­li­za la trans­pa­ren­cia que el Tri­bu­nal quie­re di­fun­dir.

Me reúno con Clare Ovey, jefa del Re­gis­tro Civil bri­tá­ni­co, en una sala de con­fe­ren­cias per­fec­ta­men­te cir­cu­lar. Es tan ancha como uno de los ci­lin­dros. Una al­fom­bra de color azul os­cu­ro con las es­tre­llas de la UE bor­da­das en do­ra­do da la im­pre­sión de que el Tri­bu­nal no solo está en Eu­ro­pa, sino que es Eu­ro­pa, una en­car­na­ción de los va­lo­res sobre los que se cons­tru­yó el con­ti­nen­te. La pared es una ven­ta­na, así que Clare y yo nos vemos ba­ña­dos por una luz cu­rio­sa­men­te equi­li­bra­da. No hay som­bras, solo luz.

"El sis­te­ma del con­ve­nio está para pro­te­ger a las mi­no­rías", ex­pli­ca Ovey, "por­que en cual­quier de­mo­cra­cia se puede dar por hecho que la ma­yo­ría puede cui­dar­se de sí misma, ya que tie­nen ac­ce­so al poder, así que son los in­tere­ses de las mi­no­rías los que ne­ce­si­tan de­re­chos". Habla rá­pi­do y con con­vic­ción, son­rien­do desde de­trás de sus gafas ne­gras.

EN­FREN­TAR­SE A LOS ES­TA­DOS

El Tri­bu­nal lleva años pro­te­gien­do los de­re­chos de las mi­no­rías fren­te a es­ta­dos po­de­ro­sos. Obli­gó a Rusia a pagar más de un mi­llón de euros a fa­mi­lias de che­che­nos ase­si­na­dos por el ejér­ci­to ruso. El Tri­bu­nal tam­bién hizo que Chi­pre pro­te­gie­ra co­rrec­ta­men­te a las víc­ti­mas de la trata de blan­cas. Ha obli­ga­do al Reino Unido, Bul­ga­ria, Suiza y otros paí­ses a cui­dar mejor de los en­fer­mos men­ta­les. "Aquí sien­tes que tu tra­ba­jo cam­bia las cosas", co­men­ta Ovey.

Pero no todos están de acuer­do. El Mi­nis­tro de Jus­ti­cia bri­tá­ni­co, Chris Gray­ling, dijo que el Tri­bu­nal "no trae nin­gu­na me­jo­ra para el país". Cuan­do el Tri­bu­nal dijo que la ley bri­tá­ni­ca que prohí­be votar a los en­car­ce­la­dos vio­la­ba la Con­ven­ción, David Ca­me­ron dijo que solo de pen­sar en los pre­sos vo­tan­do se le ponía mal cuer­po. La Mi­nis­tra del In­te­rior bri­tá­ni­ca, The­re­sa May, ame­na­zó con cor­tar toda re­la­ción con el Tri­bu­nal por "en­tro­me­ter­se".

¿Qué pien­sa el Tri­bu­nal de esta reac­ción ne­ga­ti­va? Ovey hace un gesto de li­ge­ra frus­tra­ción. Echa parte de la culpa a la pren­sa: "Se in­for­mó de ese dic­ta­men como si el Tri­bu­nal hu­bie­se dicho que los ase­si­nos y vio­la­do­res de­bie­ran votar, y eso no es para nada lo que dijo". Ovey afir­ma que este ac­ti­tud de ha­cer­se el re­mo­lón que ha adop­ta­do go­bierno bri­tá­ni­co nos per­ju­di­ca a todos. "El pre­si­den­te ucra­niano dijo que '¿Por qué de­be­ría­mos hacer cum­plir nues­tros dic­tá­me­nes si un país como el Reino Unido no lo hace?'". Con la cer­ca­nía de las elec­cio­nes eu­ro­peas, el Tri­bu­nal tam­bién sufre ata­ques de po­pu­lis­tas an­ti­eu­ro­peos que lo aso­cian in­co­rrec­ta­men­te con la UE.

¿CÓMO FUN­CIO­NA?

Mien­tras que en los tri­bu­na­les na­cio­na­les los mar­cos ju­di­cia­les son fijos (cul­pa­ble o inocen­te), el tra­ba­jo del Tri­bu­nal es in­ves­ti­gar y me­jo­rar estos sis­te­mas na­cio­na­les. La pre­gun­ta es más bien "¿Qué es la jus­ti­cia?". Cual­quie­ra puede acu­dir a él, sin abo­ga­do y sin pagar tasas, así que el Tri­bu­nal re­ci­be 60.000 pe­ti­cio­nes al año y tiene 99.000 pen­dien­tes. Estas ci­fras son enor­mes, ¿pero cómo es el Tri­bu­nal fí­si­ca­men­te?

La sala de co­rreos es ca­ver­no­sa y hay un ejér­ci­to de ar­chi­va­do­res en filas per­fec­ta­men­te or­de­na­das. Los diez ad­mi­nis­tra­do­res ha­blan 28 idio­mas en total y se hacen cargo de 1.600 car­tas al día. Bajo un nivel más hacia las en­tra­ñas de la con­cien­cia de Eu­ro­pa, lle­nas de va­lio­sos te­so­ros, 60 años de jus­ti­cia. La jus­ti­cia como ideal es in­con­ta­ble, pero en la prác­ti­ca sí se puede con­tar: 5.2 km de do­cu­men­tos ar­chi­va­dos, para ser pre­ci­sos. "36 veces más alto que la ca­te­dral de Es­tras­bur­go", co­men­ta Eliza, que tra­ba­ja en los ar­chi­vos.

LA PLU­RA­LI­DAD EN PRÁC­TI­CA

Fuera del Tri­bu­nal hay un grupo de tien­das de cam­pa­ña que se ex­tien­de por la ori­lla del río Ill. Se oye mú­si­ca clá­si­ca por todo el cam­pa­men­to. Me reúno con Mai­mou­na El Ma­zou­gui, una ma­rro­quí de 73 años. Afir­ma que los go­bier­nos fran­cés e is­rae­lí cons­pi­ra­ron para im­plan­tar­le un chip en el ce­re­bro con el que con­tro­lar­le de forma re­mo­ta y ha­cer­le vi­brar, im­pi­dién­do­le rea­li­zar el tra­ba­jo de Dios. Está sen­ta­da en su tien­da, en una silla de cam­ping, aga­rran­do una pe­que­ña radio negra. Tiene mon­ta­ñas de agua em­bo­te­lla­da fuera de la tien­da de cam­pa­ña, ya que está aquí para largo. "El mundo está go­ber­na­do por una banda glo­bal de cri­mi­na­les, ase­si­nos y ju­díos neo­na­zis", me cuen­ta. "Es­pe­ro aquí a la jus­ti­cia".

Co­noz­co a Jo­nat­han Sim­pson, que me en­se­ña una larga ci­ca­triz blan­ca que tiene en el cue­llo. "El ser­vi­cio se­cre­to bri­tá­ni­co me cortó la gar­gan­ta", dice con rabia. Ase­gu­ra que han rea­li­za­do una cam­pa­ña de te­rror con­tra él du­ran­te dé­ca­das. "Po­dría es­cri­bir un libro en­te­ro solo sobre el abuso den­tal", me co­men­ta. "Mira qué en­cías, im­plan­ta­das una tras otra. In­clu­so te­nían una clí­ni­ca den­tal falsa. Ob­via­men­te al­qui­la­ron aquel edi­fi­cio por algo: no había pa­cien­tes, la de­co­ra­ción era mí­ni­ma, to­tal­men­te des­fa­sa­da". Mous­ta­fa, de Bul­ga­ria, me cuen­ta que ha via­ja­do 48 horas en au­to­bús para venir aquí y de­nun­ciar a un robot ja­po­nés de To­yo­ta que mató a su fa­mi­lia con un láser. Se abre la cha­que­ta de cuero y me mues­tra su torso, en­vuel­to en plás­ti­co: es una ar­ma­du­ra ca­se­ra.

Está claro que al­gu­nas de estas so­li­ci­tu­des no serán acep­ta­das, pero lo im­por­tan­te es que pue­den so­li­ci­tar­lo. El Tri­bu­nal trata todas las so­li­ci­tu­des con dig­ni­dad y sin pre­jui­cios. "Me pa­re­ce muy buena señal", dice Iver­na Mc­Go­wan, di­rec­to­ra de los pro­gra­mas de Am­nis­tía In­ter­na­cio­nal. "Los va­lo­res del Tri­bu­nal están ba­sa­dos en una so­cie­dad plu­ral, la de­mo­cra­cia, va­lo­res como la li­ber­tad de ex­pre­sión. ¿Quié­nes somos no­so­tros para juz­gar prima facie si la causa de al­guien es vá­li­da o no?".

Este re­por­ta­je forma parte de la edi­ción de Es­tras­bur­go del pro­yec­to de EU­to­pia: Time to Vote. El pro­yec­to está co­fi­nan­cia­do por la Co­mi­sión Eu­ro­pea, el Mi­nis­te­rio de Asun­tos Ex­te­rio­res de Fran­cia, la Fun­da­ción Hip­pocrène y la Fun­da­ción evens.