En Palermo desembarca el dolor pero gana la solidaridad

Artículo publicado el 4 de Septiembre de 2015
Artículo publicado el 4 de Septiembre de 2015

El barco Poseidón desembarca en el puerto de Palermo con 571 inmigrantes a salvo y 52 muertos. Así, un día de finales de verano se transforma en la enésima tragedia de aquellos que desafían al mar y la violencia, para encontrar la libertad y un futuro mejor. Reportaje de una nota intensa transcurrida en el puerto de Palermo, donde ha ganado una vez más la solidaridad.  

Alza a su hija de pocos meses y hace el signo de la victoria con las manos: "¡Está a salvo, está a salvo!", grita en árabe. Esta imagen de felicidad incontenible de una madre siria, que se asoma del barco Poseidón, permite sintetizar la fuerza de la vida frente a la enésima tragedia en el "Mare mostrum".

Es el atardecer del 27 de agosto. Finalmente las 571 personas rescatadas por un bote ven tierra, lo han logrado. Ahora comienzan otros viajes llenos de dificultad para ellos. Pero están a salvo: Ni el mar profundo y hostil, ni las palizas de los contrabandistas o el viaje en condiciones inhumanas los han quebrado. Pero los trajes blancos anticontaminación y las grúas que levantan los contenedores blancos nos recuerdan la otra cara de la moneda, aquella más cruda y despiadada: Los 52 muertos que pronto serán descargados sobre el muelle como si fueran mercadería y serán llevados por las camionetas de la policía mortuoria. Son los cuerpos de los inmigrantes que resultaron asfixiados, probablemente por los gases de los motores del barco, donde estaban hacinados en busca del desembarque, en busca de la vida.

Palermo, capital de la solidaridad

Poseidón, uno de los buques patrulleros europeos asignados a la operación Tritón, llega lentamente al puerto de Palermo, se desliza sobre el agua con extrema puntualidad, quizá porque la bandera que flamea es sueca. Los inmigrantes provienen de Siria, de Magreb, pero también de Pakistán, del Cuerno de África, del África subsahariana. Resulta imposible hacer un mapa de todas las nacionalidades.

Para recibirlos en el muelle se encuentra una vez más la máquina de la solidaridad puesta en acción por la ciudad de Palermo. Están presentes la Cruz Roja, Cáritas, Médicos Sin Fronteras, Save the Children, las autoridades sanitarias provinciales y los chicos de Emaús con sus camisetas amarillas. Se entreven también los chalecos azules de ACNUR, el Alto Comisariado de las Naciones Unidas para los Refugiados, que tendrá mucho trabajo por hacer al ocuparse de quienes escapan de las bombas.

Los voluntarios, los mediadores culturales, los médicos y los psicólogos distribuyen paquetes de comida, zapatos de plástico, ofrecen apoyo, y buscan darles confort a quienes sólo tienen la certeza de haber sobrevivido. Aunque no sea la primera emergencia que tengan que enfrentar, no se arriesgan a acostumbrarse. “Lloré de nuevo”, cuenta Giorgia Butera, voluntaria de Cáritas y presidenta de la asociación Mete. Para expresar su solidaridad no faltan las autoridades: Están presentes la prefecto Francesca Cannizzo, el intendente de Palermo, Leoluca Orlando, y el arzobispo Paolo Romeo.

Entre los inmigrantes se ven muchos niños y también muchos menores sin acompañantes. Las familias son las primeras en descender al muelle. Un niño de uno o dos años de edad es recibido con un balón de colores y juega felizmente con los voluntarios entre los brazos de la madre y los flashes de los periodistas. Él es el símbolo de la lucha por la vida y por la libertad. Una voluntaria, en cambio, lleva de la mano una pareja de ancianos en una especie de “paseo” por el perímetro del área de recibimiento para tranquilizarlos y hacerles saber que lo peor ha pasado y que ya no deben temer.

En grupos arrastran mochilas y bolsas con los pocos recursos que les quedan. Luego se sientan a la mesa preparada para ellos, se acurrucan y comen, quizá recordando la hora de la cena en sus propias casas, que ahora podrían estar reducidas a escombros a causa de la guerra. A continuación es el turno de muchos niños, que se reúnen por nacionalidades. Parecen confundidos, atónitos, como si aún no se hubieran dado cuenta de lo que ha sucedido, como si hubieran desembarcado en otro planeta. Sólo los voluntarios y los psicólogos, con su dedicación, logran robarles una sonrisa.

"Da muchas ganas de abrazarlos"

"This is Palermo, the Capital of Sicily", explica el lema lentamente y con amplios gestos una mediadora cultural. "Ahora es importante que me digan quiénes son, de dónde vienen y cuántos años tienen. Les recomiendo que digan la verdad", prosigue. Sucede que muchos declaran ser menores de edad aunque no lo sean. La lucha por la supervivencia continúa también en tierra firme.

Algunos niños africanos llevan camisetas de campeonatos de fútbol, como la azul de Vieri o la española de David Villa. Uno de ellos permanece sentado en un rincón. Lleva los pantalones del Barça. No habla, mira alrededor con aire ausente entre las luces de las cámaras. Uno tiene un profundo sentimiento de culpa al “robarle” alguna foto de su pose perdida. Mientras tanto, un colega experto del área de prensa se pregunta qué hacer en tal situación y qué se está haciendo. "Dan ganas de abrazarlos, de animarlos", comenta el responsable de comunicación de la embarcación sueca, desde hace meses designada a operaciones de rescate en el canal de Sicilia. No descansa ni siquiera el padre Sergio Mattaliano, director de Cáritas de la diócesis de Palermo: "El mayor sufrimiento lo genera el permanecer impotente frente a la tragedia".

Luego, de improvisto, un grupo de inmigrantes salen del cordón acompañados por las fuerzas de seguridad. Son alrededor de una docena y se trata de los testigos de la violencia de los contrabandistas, peones despiadados del tráfico de seres humanos, que ya ha asumido el perfil de un crimen contra la humanidad. Se dirigen directos hacia la camioneta de la policía y se esconden de los periodistas. Según cuentan, en una bodega de un metro y medio de alto aproximadamente, habría cerca de 200 personas. Gracias a sus testimonios, serán arrestados 6 presuntos contrabandistas de nacionalidad libia, marroquí y siria.

El "Spoon River" de los inmigrantes

Pero el momento más doloroso aún está por llegar. Hacia las 22.30 las grúas comienzan a levantar los contenedores blancos. Dentro se encuentran los 52 cadáveres cargados en un refrigerador para ser transportados al cementerio de Rotoli, frente al paseo marítimo. Encontrarán la paz en este “Spoon River” sin nombre de la isla siciliana, que se une a aquella ilimitada que yace en el fondo del mar Mediterráneo. La operación es dramática y se siente en el aire el fuerte hedor de la muerte, mientras que un gran contenedor, sobre el cual se lee claramente la leyenda “Tritón”, oculta la delicada fase del transporte de los cuerpos.

Mientras tanto, los inmigrantes están alineados y continúan con el reconocimiento dirigido por los funcionarios e intérpretes de Frontex. Los autobuses los esperan para llevarlos al centro de recepción. Es casi medianoche y la ciudad duerme sin saber que se encuentran sobre la sutil línea roja que separa a la “Fortaleza Europea” de los “desesperados”: hombres, mujeres y niños que se preparan para enfrentar otros desafíos difíciles ahora que están en suelo de la Unión Europea, todavía indecisa y vacilante sobre cómo abordar una de las más grandes tragedias de este siglo.