En París, chabolismo del siglo XXI

Artículo publicado el 26 de Junio de 2007
Artículo publicado el 26 de Junio de 2007
En la periferia de París, unas 4.000 personas malviven en barrios de chabolas. El Ayuntamiento de aubervilliers lanza un programa de inserción para sacar a 30 familias rumanas de la miseria.

El Circo del Sol ha instalado sus carpas en la explanada de Sant Denis, en las afueras de París. Los centenares de personas que cada noche asisten a la función de acrobacia ignoran que detrás de la verja metálica que rodea el circo, se oculta otro espectáculo: unos 600 gitanos hacen malabarismos para sobrevivir en un campamento de chabolas improvisadas. En total 4.000 personas practican el chabolismo en la periferia de París.

Distintas asociaciones trabajan en este campamento: Médicos del Mundo ofrece asistencia sanitaria, la fundación Abbé-Pierre y Emaüs suministran alimentos y ATD Quart Monde promueve la lectura, mediante una biblioteca ambulante. El campamento es también terreno abonado para los testigos de Jehová siempre tan elegantes, que van de puerta en puerta a la caza de fieles.

Los papeles de la discordia

Marco es rumano y hace cinco años que llegó a Francia. Desde principios de año es ciudadano de la Unión, pero en Francia necesita un permiso de trabajo. Nos enseña un pre-contrato que le ha hecho una empresa de limpieza de cristales. Una voluntaria rumana se muestra escéptica: “Es muy difícil obtener un contrato sin pagar. En la mayoría de casos, el patrón se queda el primer salario para cobrarse el favor”. Ahora bien, Marco se muestra ilusionado: sólo le falta un justificante de domicilio para obtener el permiso de trabajo. Hay asociaciones que hacen estos trámites para los pueblos nómadas como los cíngaros, pero el pueblo romaní no está considerado nómada y a menudo las asociaciones les rechazan.

Y es que la mayoría de rumanos que viven en este campamento procede de las regiones de Arad y de Timisoara, al oeste de Rumania, y no se desplazan por vocación. Muchos huyeron de la miseria y de las discriminaciones.

Un puñado de monedas de cinco céntimos se amontona en un rincón de la chabola de María. En total menos de diez metros cuadrados para cuatro personas. María, no tiene demasiadas ganas de explicar porque vinieron a Francia. Tiene otras preocupaciones: “¿Tenemos derecho a recibir prestaciones sociales?”, pregunta. Los voluntarios la derivan a un asistente social. “Nos quedaremos aquí hasta que nos expulsen”, dice con voz cansada, mientras se levanta para ir a recoger flores. Más tarde, la veremos en el metro vendiendo ramos a dos euros.

¿Quien hace la ley?

María asegura que no paga nada por vivir en su chabola, pero una voluntaria explica que es un tema tabú. En cada campamento hay un jefe del lugar que es el primero que se instala en el terreno. Es el el que hace la ley, el que resuelve los conflictos y el que cobra una especie de alquiler por cada una de las chabolas. En Sant Denis, el Circo del Sol trajo agua hasta el campamento e instaló lavabos. Sin embargo, el campo tiene sus propias reglas y las asociaciones aseguran que el jefe de plaza, hace pagar dos euros semanales a las familias que quieren utilizarlos.

Un ayuntamiento se pone manos a la obra

No muy lejos de Sant Denis, el ayuntamiento de Aubervilliers ha impulsado un programa de inserción para realojar a 30 familias. La iniciativa municipal y del Consejo Regional pretende erradicar los barrios de chabolas y ha costado 1,2 millones de euros, de los cuales el Estado sólo ha aportado un 7%. Es un proyecto pionero, pues no se limita a ofrecer vivienda a las familias, sino que también prevé proporcionarles permisos de trabajo y promover su inserción profesional.

Los operarios finalizan los últimos acabados de los módulos prefabricados que a finales de junio acogerán a las 82 personas del proyecto, la mayoría gitanas. “Ha sido una lucha de dos años con el Estado para poder conseguir los permisos de trabajo y residencia para los beneficiarios, la mayoría de los cuáles trabajan de manera ilegal en sectores en los que se necesita mano de obra, como el de la construcción”, asegura la consejera municipal Claudine Péjoux.

A la espera de poder trasladarse, Elena Radasanu vive en una caravana que le ha alquilado el ayuntamiento de Aubervilliers a cambio de un euro al día. En total son quince caravanas que esperan ser realojadas a finales de junio. Las condiciones son mejores que en Sant Denis. Una valla marca los límites del campamento, y hay un control de seguridad que sólo permite la entrada a los habitantes registrados. “Aquí estamos tranquilos, no hay armas, ni drogas, ni prostitución y está prohibido hacer negocios”, explica Elena, madre de dos hijos y una de los 82 beneficiarios del programa de inserción.

TESTIMONIO/ Elena Radasanu: “Sólo queremos ser una familia normal”

“Trabajaba, estaba terminando la carrera de turismo y tenía el dinero justo para ir tirando. Mi madre y mi marido discutían a menudo y un buen día decidimos venirnos a Francia a trabajar. Un amigo nos encontró trabajo en la construcción. El patrón nos alquiló una buhardilla en Versalles. Pero el amigo se quedaba el sueldo de mi marido para pagar deudas y decidimos marcharnos. Alquilamos un estudio en el suburbio parisino de Clichy-sous-Bois, por el cuál pagamos un precio abusivo de 800 euros. Mi marido continuaba trabajando en la construcción y yo empezé a trabajar de camarera en un bar portugués. En aquella época tuve a mis dos hijos. Hasta que el propietario vendió el estudio.

Más tarde, llegamos a un campamento de gitanos de Chemin Vert, en Aubervilliers. El jefe del lugar no quería aceptarnos porque no éramos de etnia gitana. Pero mi marido pagó 700 euros por una caravana y aceptó. Una semana después, un incendio destruyó parte del campamento. Construimos una barraca como pudimos y nos quedamos dos meses, hasta que la policía nos expulsó a todos. Pero ya nos habían seleccionado para el programa de inserción de Aubervilliers. Vivimos en una tienda de campaña al lado del Sena durante cinco meses. En diciembre pasado, el Ayuntamiento nos trasladó a la caravana donde vivimos ahora. Tenemos calefacción, agua, electricidad, asistencia social, un buzón y un contrato de alquiler. Emaüs (una asociación benéfica de recogida y reciclaje de mobiliario usado) nos ha dado un vale para ir a comprar muebles y ya estoy impaciente por instalarnos en la casa nueva. No me planteo volver a Rumania. Dentro de tres años espero tener una casa propia, que los niños vayan a la escuela y que todos podamos trabajar. Como una familia normal”.