En pie de guerra con París

Artículo publicado el 18 de Diciembre de 2007
Artículo publicado el 18 de Diciembre de 2007
Denostados a menudo como una generación de perdedores sin hijos, los veinteañeros nacidos en los ochenta tienen más talento del que uno cree. Segunda entrega de una serie de retratos entre París y Berlín.

¡Es hora del aperitivo! Así me saluda Anne en su bar habitual, el Rhumarin, en el distrito número 11 de París. Un bar que hace honor a su nombre, un juego con las palabras “ron”, “romero” y “marino”: en la carta uno encuentra todas las variedades imaginables de ron. Nosotros elegimos la oferta del día, un cóctel de ron con mango y kiwi.

Esta joven bretona de 27 años viene a menudo a este bar. Por la atmósfera, la música, la decoración que varía constantemente. Del techo cuelgan cochecitos de madera y bolas navideñas. Anne adora este barrio parisiense y tiene en él sus pequeñas costumbres: el paseo por el mercado en la Place de la Réunion, en el que los vendedores gritan sus precios todavía en árabe. Nada de París burgués escondido tras las fachadas elegantes.

Mundos paralelos en París

Las contradicciones de la capital son la preocupación habitual de Anne: “París y los suburbios son dos mundos paralelos. Dos sociedades que no se cruzan y que no saben nada una de la otra”. Ella sabe de lo que habla, ya que trabaja en Créteil, un suburbio al Suroeste de París. Después de sus estudios de Política encontró un trabajo ahí y ahora organiza eventos culturales para jóvenes. “El teatro, los talleres de dibujo y las excursiones aspiran a sacar a la gente de su rutina.” Pero no está contenta con su trabajo: “¡Si por lo menos trabajara con la gente joven! Pero yo estoy sólo en la oficina, hablando por teléfono y haciendo la planificación”.

El sueldo es bajo también, como suele ocurrir en el ámbito cultural. Con un trabajo a tiempo completo, Anne solo dispone de 1.100 euros a final de mes. “¡Eso no es nada en París!” Si pudiera elegir su profesión, sería periodista de viajes. Siempre le han fascinado otros países. Sobre todo Europa del Este, pero también el Lejano Oriente. Y es que “uno debería mirar más allá de las fronteras de Europa, zambullirse de lleno en culturas totalmente distintas”. Aunque para su año de Erasmus eligió sólo el país vecino; durante un año estudió en Potsdam y conoció por eso también Berlín, una ciudad de la que hasta hoy habla con entusiasmo.

Un maratón para buscar piso

Su predilección por Berlín tiene que ver también con los problemas que tiene en París. De momento, su mayor preocupación es encontrar piso. Vive todavía en un apartamento compartido con un ingeniero de 30 años. Aunque se entienden bien, él, como inquilino titular, le pidió hace tres meses que se busque algo nuevo. “Creo que el tiempo de compartir piso ya terminó para él, ahora quiere vivir solo.”

Desde hace tres meses, Anne está entonces en busca de un nuevo lugar para vivir. Una sola palabra se le ocurre respecto al mercado inmobiliario en París: ¡escandaloso! Ya ha visto de todo: agujeros de mala muerte por 700 euros al mes, en estado catastrófico y en sitios de reputación dudosa. Por ello, tuvo que pensar de nuevo en buscar un piso compartido. Pero eso también se ha convertido ahora en una lotería: “La gente organiza verdaderos castings. En un piso me preguntaron cuánto pensaba aportar a la amistad del grupo. Me dio la impresión de que buscaban una familia nueva. Había incluso ofertas para compartir un piso de una sola habitación. Me parece que eso llega muy lejos, yo sólo quiero vivir con dignidad.”

Las perspectivas son malas. La mayoría de los agentes inmobiliarios exige que el sueldo triplique el alquiler en cuestión. En su caso significaría que el piso no debe costar más de 350 euros. ¡Algo completamente utópico! Además, apenas tiene tiempo para buscar piso: “Eso sería un trabajo a tiempo completo, y ése yo ya lo tengo.” Para Anne, lo peor de todo es tener que estar pensando siempre en el dinero. Siempre tiene que estar haciendo cálculos sobre lo que puede hacer, ya sea respecto al piso o en su tiempo libre. Y en este momento, en particular, tiene sobre todo ganas de disfrutar de su vida privada. Hace tres meses conoció durante una función de teatro a su novio. Cuando no está buscando piso el fin de semana, le encanta poder dormir el día entero, darse el lujo de desayunar tarde y a lo grande, encontrarse con sus amigos o ir a ver una exposición. Ahora mismo, parece haber hecho las paces con la ciudad, pero no quiere quedarse de ninguna manera en París para siempre: “¡Todavía no sé en qué dirección iré, pero será otra que esta!”