¿En qué consiste la identidad europea?

Article published on 15 de Julio de 2003
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Puesto que una identidad es una creación intelectual, la identidad europea no tiene por qué ser una quimera. Existe, aunque quede por desarrollar, por encima de las identidades nacionales y locales; no contra ellas.

Con la ampliación en el cercano horizonte, la cuestión de la definición de Europa y de su identidad se encuentra cada vez más analizada por distintos escritores y periodistas. Sin embargo, este debate se da desde hace siglos. Desde el mito griego al imperio romano, desde Carlomagno a Napoleón, desde el nacimiento de los Estados nación a la actual construcción europea. Este artículo se ocupa de Europa. O más bien de toda Europa, extensa más allá de las fronteras de la Unión Europea.

Un “querer-vivr juntos”.

La identidad es lo que nos distingue de los demás. Si analizamos la identidad europea según los principios generales de la construcción de una identidad (geográfico, cultural, estratégico), podemos constatar que en el sentido clásico del término no existe. Dicho esto, la identidad también se enraíza en un principio más espiritual e irracional, el sentimiento de pertenencia a una misma comunidad, un “querer-vivir juntos”, en consecuencia con el hecho de compartir los mismos valores y los mismos objetivos.

Comprobemos, en primer lugar, el argumento según el cual las identidades nacionales suponen un obstáculo para la existencia de una identidad europea. No es un argumento de recibo. No obstante, debido a experiencias históricas muy diversas entre los países europeos, el concepto de identidad posee implicaciones diferentes según cada grupo. Por ejemplo, un alemán y un francés poseen cada uno una concepción distinta de aquello que constituye una identidad. De lo que podemos deducir que la identidad es evolutiva, y no una constante. Se trata en realidad de una construcción. Es posible, pues, “crear” identidades, como sucedió por ejemplo con las identidades surgidas durante el siglo XIX.

Es ciertamente difícil separar los caracteres comunes de los diferenciadores en todos los países europeos, lo que nos daría la oportunidad de distinguirlos confrontándolos a los de otras partes del mundo. De hecho, podemos constatar que Europa no posee ni una identidad geográfica, ni una estratégica ni una cultural. Europa no es un continente, ni por su población ni por su estructura. Es “un pequeño cabo saliente del continente asiático”, por tomar la célebre expresión de Paul Valéry. Se ha invocado frecuentemente este principio a propósito de la adesión de Turquía (¡o incluso para las de Israel o Rusia!). Además, el Hombre europeo no se define ni por la raza ni por el idioma. En cuanto a la identidad estratégica, la liberación de la Europa del Este ha puesto fin al enfrentamiento Este/Oeste, y hoy por hoy no se puede decir que existan verdaderas fuerzas que amenacen el continente europeo.

La herencia cultural europea, por su parte, no pertenece exclusivamente a los europeos, por representar una fuente de inspiración para países ubicados fuera de sus fronteras. Mozart y Picasso pertenecen tanto a americanos y japoneses como a europeos. La verdad es que se compone de varios espacios culturales inconexos, fuente de comportamientos diferenciados: las diferencias saltan a la vista entre la Europa latina y la nórdica, si tomamos un ejemplo.

La identidad europea como etapa hacia una identidad mundial

A pesar de todo esto, cuando nos colocamos ante las “otras” identidades del mundo, recorriendo los demás continentes, nos sentimos “europeos”. Y es que la identidad funciona a varios niveles; dicho de otro modo, cada persona dispone de muchas identidaes a la vez. Tomemos por ejemplo a un ciudadano de Dublín: en Cork será alguien de Dublín (un “dublinés”, nativo de Dublín); en Francia será un irlandés; y en África será un europeo. De este modo podemos constatar que la identidad europea es simplemete una etapa hacia la identidad “mundial” (¡en el caso de que los extraterrestres desembarcaran mañana mismo en Estrasburgo, yo sería sin duda alguna una terrícola!).

Podemos concluir que las identidades son sólo generalizaciones. Después de todo, cada uno de nosotros es un individuo único; somos distintos unos de otros. Sea como sea, las generalizaciones forman parte de la naturaleza humana, nos ayudan en la construcción de ideas y teorías complejas que aplicamos a nuestro entorno creando sociedades civiles. Europa existe, por encima de sus defectos, según la definición de identidad. No sería oportuno asertar que creando una identidad europea construiremos algo nuevo. Además sería injusto, quién sabe si trágico, imponer una nueva identidad para sustituir las identidades nacionales y regionales que existen ya de por sí.

¿Acaso no reside la identidad europea en su capacidad para trascender su propia identidad? Reprimiendo esta diversidad, negaríamos nuestra especificidad, el elemento básico de lo que constituye una identidad. Con la construcción de la Unión Europea, no se requiere la creación de una nueva identidad si las identidades nacionales evolucionan con el tiempo. Si la identidad europea necesita profundizarse, podrá hacerlo respetando las identidades nacionales y no tratando de subsituirlas, ya que una actitud tal correría el peligro de provocar reacciones de desconfianza y recelo. Existe pues, una necesidad de salvaguardar nuestras identidades. En el caso de que Europa logre atravesar el difícil período que se avecina con la ampliación consiguiendo mantener su diversidad, se erigirá en modelo para el resto del mundo. Las aspiraciones de la Humanidad son (o al menos debieran serlo) la de vivir juntos y en paz, y la de asegurar el bienestar del mayor número posible de individuos.

Las identidades nacionales en tanto tesoro

Quisiera finalmente poner el acento en el gran potencial de la Unión Europea. Para que el proyecto europeo sea un éxito a largo plazo, tendría que verse acompañado de valores morales. Al mismo tiempo, hay que tener en cuenta que la especificidad de la identidad europea se encuentra en su diversidad. No tiene porqué definirse o construirse contra las identidades nacionales, sino con ellas y por ellas, pues que la diversidad es algo que llevamos ganado. Las identidades nacionales no deben ser entendidads como si fueran obstáculos, sino como un regalo y un tesoro a la vez. No obstante, en cierta medida las identidades nacionales fragilizan la europea. Existe el riesgo de que esta se desdibuje frente a dificultades mayores o determinaciones capitales. La Comunidad se ha mostrado incapaz de hablar con una sola voz con ocasión de la guerra de Irak (1991) o de la guerra en Yugoslavia. De modo que las identidades nacionales siguen siendo importantes, a pesar de la interdependencia creciente entre países en los terrenos económico y estructural. Esto no significa que estas identidades no puedan coexistir. Tratar de remplazar las unas por la otra representaría una acción intolerante a la par que poco lúcida en relación con los fenómenos históricos, sociales y culturales.

Habida cuenta del pasado sangriento al que Europa ha sobrevivido (dos guerras mundiales, expansión mundialsta, colonialismo, imperialismo, etc.) debería servirnos como modelo, como prueba de que la cooperación y la reconciliación, es decir, una coexistencia pacífica, es más ventajosa que la guerra y la animosidad.