En tierra de Lukashenko (III): De cómo el absurdo toca la sociedad civil

Artículo publicado el 13 de Diciembre de 2010
Artículo publicado el 13 de Diciembre de 2010
La oposición en Bielorrusia es una anécdota: un partido político sin un solo escaño en el parlamento, una ciudadanía adormecida, un puñado de periódicos cerrados, gente en la cárcel... Y hasta algún militante que no da la talla cuando sale a protestar al extranjero.
En su tercer capítulo sobre los desmanes de la dictadura bielorrusa, la periodista Claudine Delacroix hace un leve esbozo de la sociedad civil... Y sus absurdos.

Las dictaduras se suelen organizar alrededor de una persona, por lo general enigmática pero deseosa de constante atención por parte de la única prensa permitida: la oficial y, si hay, la oficialista. Incluso aquí, en este artículo, Lukashenko es el protagonista. Pero ¿qué hay de quienes se oponen al régimen o simplemente quieren saber qué es lo que pasa realmente en su país?

No sólo hablamos de oposición política en sentido estrecho, sino más bien en la sociedad civil: ciudadanos que juegan un rol activo en su país. En Bielorrusia, la oposición tiene que tener en cuenta dos cosas: (a): en un sistema así el poder percibe el movimiento como una amenaza y usa toda su fuerza para intentar aplastar la protesta hasta reducir esa sociedad civil a una masa débil y dividida; y (b): cualquiera que forme parte de la oposición debería ser más duro que un clavo en un ataúd (y no sólo porque las supuestas elecciones, y por tanto las posibles manifestaciones, se celebren en pleno invierno con temperaturas de hasta 20 bajo cero).

Foros de la oposición y militantes quejicas

En el partenariado oriental de la UE, es la sociedad civil bielorrusa quien influye decisivamente en los diálogos, especialmente a través del comité que dirige el opositor Sergei Maskevich. La oposición política formal, que trata de alcanzar el poder por las urnas, no logró ni uno solo de los 110 escaños en las elecciones de 2008. Un puñado de referentes que provienen del movimiento antinuclear bielorruso también han dado que hablar en foros y mecanismos internacionales, tras liderar las protestas contra la construcción de una planta nuclear (Bielorrusia, además, fue el país más afectado por el desastre de Chernóbil).

En cualquier caso, la visibilidad pública de las protestas es muy reducida. Quizás es por eso que un grupo de rebeldes bielorrusos fueron a Alemania para participar como observadores en las manifestaciones contra el llamado “transporte Castor”, que lleva residuos nuclearles de La Hague (Francia) a Gorleben (Alemania). Para muchos de los participantes es una excelente oportunidad de intercambiar ideas y experiencias con otras formas de oposición cívica que involucren a mucha gente.

Sin embargo hubo una sorpresa: un participante (que además se consideraba uno de los más duros entre la oposición bielorrusa) criticó el hecho de tener que dormir en la calle durante las operaciones. ¿A qué vino eso? ¿Qué tipo de rebelde bregado en la Tierra de Lukashenko se queja por tener que hacer vivac un par de días? ¿Tenemos que despedirnos entonces de la imagen de una oposición bielorrusa férrea, indiferente al viento y la lluvia? 

Puede ser sólo el caso concreto de un militante con mal día, o un ejemplo de cómo el aislamiento prolongado dificulta la desenvoltura de los bielorrusos que pisan el extranjero. O quizás debamos preguntarnos: ¿También el absurdo ha penetrado en la sociedad civil?

Leer En tierra de Lukashenko (I): El autócrata que cambió su cumpleaños o En tierra de Lukashenko (II): Blog ruso contra "spam" bielorruso

Ilustración: ©Adrian Maganza/ http://adrianmaganza.blogspot.com/