Enki Bilal: No hablar de lo que pasa en el mundo me parece indecente

Artículo publicado el 6 de Julio de 2007
Artículo publicado el 6 de Julio de 2007
El dibujante de origen yugoslavo Enki Bilal, de 55 años, se balancea entre el comic, el cine y la geopolítica, sumergiendo a sus lectores en un universo futurista donde la conciencia política es una pieza clave.

“Hay un poco de mí en todos mis personajes”, dice el dibujante Enki Bilal. Un poco de él en la “mujer trampa” de cabellos azules, Jill Bioskop. Un poco de él en el astronauta rebelde de mirada triste, Alcide Nikopol. Del anagrama al pictograma, sus héroes, bellos y desesperados, vagan incansablemente en los universos glaucos y poéticos que han valido a su autor el reconocimiento de la crítica y el entusiasmo del público. En su taller parisino, vigilado por la iglesia de Saint-Eustache, las largas mesas de dibujo cubiertas de bocetos se inundan de luz mientras un lujoso Mac conversa con una cabeza de cebra disecada.

Con silueta fluida y oscura, rasgos delicados y pupilas de tono suave, Enki Bilal descansa pero no para quieto. Acaba de terminar el último tomo de su tetralogía, El sueño del monstruo, tres álbumes cercanos a la novela gráfica realizados en doce años. “Esta serie pide quizá más esfuerzo de comprensión por parte del lector, pero mi compromiso ha sido más personal”, explica. “No me gustan las concesiones, rechazo la dictadura de la facilidad, de lo masticado de antemano, de lo prefabricado”.

Desarraigado

Esto y un agudo sentido de la responsabilidad le han servido a la perfección hasta el presente: en 20 años, Bilal se ha convertido en una leyenda del noveno arte, en Francia y en el extranjero, como en Japón, es decir, el reino del manga. Sus dibujos, envueltos en una atmósfera urbana futurista se enredan en reflexiones políticas ancladas en el mundo actual.

A la cabeza de sus preocupaciones está el choque de civilizaciones o la ecología. “El imaginario debe estar al servicio del fondo”, afirma Bilal. Incluso si “el pasado no me interesa en sí mismo, es su unión con lo real lo que me hace evocarlo”, se justifica. “Formo parte de este mundo. No hablar de él me parece indecente.”

Nacido en Belgrado de madre checa y padre bosnio, dejó la Yugoslavia de Tito en los años setenta con rumbo a Francia. “Tenía diez años, la partida fue brutal, un verdadero desarraigo”, recuerda fijando su mirada negra en un punto lejano. “Al mismo tiempo, era previsible: hacía ya mucho tiempo que mi padre -antiguo sastre oficial de Tito- estaba de 'viaje de negocios', es decir, autoexiliado”. La llegada del pequeño yugoslavo a París fue una "decepción", sobre todo en lo que se refiere a las condiciones de vida. La integración fue “relativamente bien” y de esa “época nebulosa”, Bilal conservará el amor a la lengua francesa y el gusto por la palabra justa.

Apasionado por el dibujo y el cine, descubre en el comic, que entonces estaba en plena ebullición, “un formidable medio de expresión adulta”. Enseguida logró que le publicaran en el periódico Pilote, y empezó a dibujar sus primeras tiras para Echos des Savanes o Métal Hurlant. Su primera trilogía, Nikopol, comenzada en 1980, la terminó trece años más tarde. Los lectores se la quitaban de las manos entre sí. En cuanto a sus compañeros, ya habían consagrado su talento dándole el primer premio del festival de Angouleme en 1987. “Los dibijantes son verdaderos autores, el cómic es un género literario en toda regla”, alega Bilal sin fisuras. No hay duda, por tanto, en clasificarlo dentro de la ciencia ficción: “Hace quince años, acontecimientos como el 11 de septiembre o el transplante de cara eran inimaginables”. Si el mundo “se acelera”, el “medio” de los bocadillos que hablan parece haberse vuelto más “conservador”.

Mariposa de arte

Se siente artista nómada, que huye de las etiquetas, “una manía tan francesa”. Bilal se lanza ahora a la creación de decorados para el cine y a la escenografía. Al comienzo de los años noventa, un “bonito reencuentro” con un compatriota, el coreógrafo de origen albanés Angelin Preljocaj, le condujo hacia el universo de la danza. Con el ballet Romeo y Julieta de Prokovief, los dos artistas lograron llevar a cabo el mestizaje “de dos universos artísticos unidos por una mirada balcánica”.

Bilal mariposea: y ese eclecticismo, lejos de reflejar una “frustración” de consideración en el cómic, atestigua una exigencia y una curiosidad constantes. “Nunca he tenido una estrategia para mi carrera: todo depende de las personas y de la suerte”. Otra pasión, el cine, le ha dejado un sabor más bien “desagradable”. El dibujante llevó a la pantalla varios de sus álbumes -Bunker Palace Hotel, Tykho Moon e Immortal- con éxito comercial relativo. “No hago las cosas convenidas”, replica. “Es difícil admitir la duplicidad artística. Un dibujante que hace cine no entra en las casillas de mucha gente”. Silencio.

El conflicto en la antigua Yugoslavia no ha dejado de nutrir su obra, justificando su compromiso político. “Me ha asqueado la actitud de los europeos, en especial el apresuramiento de Alemania a reconocer la soberanía de Croacia, precipitando el hundimiento de Yugoslavia”, apunta. Así como por la toma de posición radical de ciertos intelectuales franceses. “No están de un lado los buenos y del otro los malos”, se rebela, él que reclama su apego a las “víctimas”.

Por sus raíces, Bilal sigue unido a los países del Este que se han “precipitado hacia el sueño occidental”: la ampliación se ha llevado a cabo muy deprisa, con mucha “avidez”, engendrando decepciones y frustraciones. “El futuro del planeta es un tema que me preocupa, saber cómo vamos a sobrevivir, a adaptarnos. Eso sí, conservando lo humano en el corazón.”