Enredado en el Documenta 12

Artículo publicado el 6 de Julio de 2007
Revista publicada
Artículo publicado el 6 de Julio de 2007
Una vuelta por la exposición más importante de Alemania de arte contemporáneo. La Documenta 12 plantea preguntas y tiende redes entre el arte contemporáneo y el espectador.

Desde 1955, Documenta se convierte cada 5 años y durante 100 días en una de las exposiciones de arte más seguidas el mundo. En estos momentos, según su organizador, “ha pasado a ser uno de los sismógrafos obligados del arte contemporáneo”. Al contrario que en la bienal en Venecia, Documenta no se trata de una presentación de los “mejores artistas del mundo”. “Para mí se trata de asegurarle a la gente sin gran formación previa que puedan llegar a una reflexión, pues esta exposición lleva consigo recursos fundamentales para entender el arte”, dice Buergel, el curador de este año.

¿La época moderna es nuestra antigüedad? ¿Pero qué es la vida? ¿Qué podemos hacer? Estos son las tres cuestiones principales de la exposición de 2007. “No es casualidad que se hayan formulado las siguientes preguntas como leitmotiv de la muestra, pues, al fin y al cabo, realizamos la exposición para descubrir algo”, como se puede leer en la página web de Documenta. La subjetividad y la autorreflexión son el centro de interés. Esto se le intenta aclarar al visitante desde el mismo vestíbulo de la exposición. Un monolito dorado del artista John McCracken se presenta en una habitación llena de espejos en la que uno se puede contemplar en el infinito.

De tejidos, cuerdas y redes

Tejidos y cuerdas se encuentran con los ojos de los espectadores a lo largo de toda la zona de exposición. En particular es impresionante la escultura And tell him of my pain, de la escultora india Sheela Gowda. Con la ayuda de 89 agujas, la artista ha extraído cien metros de hilos retorcidos, envueltos y tintados con goma arábica –como aglutinante para la cúrcuma roja–.

Los temas abordados en esta obra son la cultura de las especias en India –tradicionalmente, un trabajo manual realizado por las mujeres desde su nacimiento–, el cambio de la industria textil india, el significado del color rojo para el hinduismo y la representación del dolor.

Un piso más abajo tiene lugar la performance de danza Floor of the forest, de la americana Trisha Brown. En una estructura con cuerdas que sujetan prendas de vestir, los bailarines van sumergiéndose entre la ropa, fusionándose con las telas. La video-instalación Lovely Andrea, de Hito Seyerls, se podría ver de la misma manera, pues haciendo uso de la cuerda, aborda el tema de la esclavitud y otras ataduras.

En cuanto a los “parecidos familiares” de este tipo se abre la red de Documenta. La cuerda, con la que aquí se ata a una chica, sirve allí para una performance de danza, y nos recuerda el cordel rojo de la artista Sheela Gorda. Estas “correspondencias imaginarias”, repeticiones y coincidencias tejen toda la exposición. Parece como si las obras fueran interdependientes.

El silencio y la oscuridad frente al vídeo y la cámara digital

“Christian, vamos más abajo, aquí sólo hay vídeos”, le dice una mujer en tono nervioso a su marido. De hecho, en ese momento los vídeos Enquete sur le / notre dehors (Encuesta sobre el / nuestro afuera) de Alejandra Riera quitan el habla al espectador. Situado discretamente en un rincón oscuro muestra una proyección-diálogo de 240 minutos en la que los límites entre la ficción y la documentación se desdibujan. Un grupo de teatro, compuesto por enfermos físicos, terapeutas, actores y filósofos, lanza preguntas expresadas con una gran belleza poética sobre una triste realidad al espacio silencioso. Entre la ilusión psíquica y la sabiduría poética se escuchan frases como: “Es una pena que exista la locura. Es el conocimiento especializado sobre el mundo”. En ese momento, nuestra cabeza puede empezar a echar humo.

En la galería nueva la oscuridad es aún mayor. En ella se observa, a través de una enorme superficie de cristal, un vídeo de Iren James Colemen, pero no se oye nada. Tras el cristal nos vemos refeljados y nos encontramos con algo insólito en este Documenta: la tranquilidad. Sentados en una habitación apartada, oscura, que recuerda a una sala de cine sin sillones. Hay pantallas de móviles encendidas. En una gran pantalla comienza Retake with Evidence, un monólogo aislado de bastidores minimalistas y fríos que Harvey Keitel pronuncia magníficamente. “¿Por qué estás aquí?”, inquiere Keitel.

¿Por qué estoy aquí? ¿Qué es la vida? Un hombre que acaba de entrar en la habitación se va, sin duda, a dormir, mientras un desilusionado Keitel transmite sensaciones apocalíptica. Frente a un fondo monocromático e interminable sin horizontes se encuentra un desconocido con actitud de denuncia, con aire de El monje frente al mar, de Caspar David Friedrich. El hombre durmiente empieza a roncar. Le tiro un terrón de azúcar, lo cual no interrumpe sus ronquidos. Otro hombre ha entrado. No se sienta. Se dedica a hacer fotos de un lienzo durante 20 segundos. Y entonces, de nuevo, el silencio. Esta vez, meditabundo. “¿Por qué estás aquí?”