Erasmus: el psicópata europeo

Artículo publicado el 6 de Diciembre de 2012
Artículo publicado el 6 de Diciembre de 2012
Erasmus celebra un cuarto de siglo; sin embargo, el programa de intercambio nunca había estado tan cerca de su desaparición. No obstante, 25 años han sido suficientes para que los estudiantes europeos hablen 12 idiomas, exploren miles de lugares, farden dos millones de veces y finalmente acaben trabajando en Berlaymont. Erasmus y las razones por las que me jode.

25 años. Clínicamente hablando, es la edad a la que el cuerpo de un deportista de alto nivel empieza su declive: es la puerta de entrada hacia la edad adulta y la fecha en la que caducan todas las ventajas de fidelidad, desde los carnés jóvenes hasta las tarifas de estudiantes. 

En estos tiempos de privaciones sistemáticas nos parecería hasta normal ver el programa Erasmus llegar a su fin. Aun así, este hecho está conmocionando cada rincón de Europa. Y venga a hacer Klapisch una editorial o a enviar cartas de amor a la redacción de cafebabel.com. Desde la pequeña amenaza emitida por un diputado europeo, hasta hoy desconocido, sobre la falta de fondos, el fin del mundo está programado todos los días. Sin embargo, yo discrepo.

“Mirad este grupo de futuros capitalistas frustrados listo para conquistar el mundo a base de reducciones y recortes presupuestarios”, asegura el autor de este artículo.

Intercambios en un ambiente caldeado

No pretendo denigrar un sistema de intercambios que ha permitido milagrosamente a un italiano hablar inglés, a un francés hablar alemán o incluso a un catalán hablar español, ni mucho menos. De todo corazón, bravo Erasmo. Desde que te disfrazamos con el sufijo “-us”, tu pasión por lo humanista ha realizado proezas que parecían inimaginables en el Renacimiento. Simplemente son estos estudiantes que claman pertenecer a 27 culturas diferentes los que, a mí, que nunca he hecho un Erasmus, me joden.

Vengo de una ciudad pequeña al lado de Toulouse: el ambiente en el que he crecido no propicia exactamente el intercambio cultural. Como los erasmus, yo también he hecho pellas, bebido lo más asqueroso que encontraba y conocido todo tipo de gente. Lo único es que, a falta de conocer otros países, he conocido otros bares. Ahora —vete a saber cómo— trabajo para cafebabel.com: el que es el epicentro periodístico de la eurogeneración, pues esta revista se define como la voz de la generación Erasmus. Al principio, todo era campechano. Creo que les gustaba porque podían hablar conmigo de mi basto acento del sur, rugby y salchichón. Era ese tío típicamente francés que no se sabía de dónde había llegado y cuya cara recordaba el buen sabor del Languedoc.

Desde entonces vivo en un contexto social que se centra cada vez más en las causas transnacionales. Rodeado por el ambiente Erasmus, me distancié poco a poco de la jauría normalmente vestida de Quechua que no paraba de quejarse cuando las pintas valían 4 euros. En dos meses estaba capacitado para diseñar una monografía del ex estudiante erasmus. 

Precio de la cerveza, la bici y... liarla parda

“Todo terminará en un baño de sangre”.Para empezar, el Erasmus es increíblemente tocapelotas. Tanto es así que una vez se ha presumido de sus viejas glorias, la conversación se disuelve en un vacío absoluto o en informaciones prácticas de mierda que se pueden encontrar con un solo clic en petitfute.com. El precio de la cerveza, del café, de una bicicleta… Los temas de conversación son tan desoladores como un pleno en el Parlamento Europeo.

En segundo lugar, el Erasmus es un timo especialmente ahí donde debería aportar algo: los idiomas. Una vez que se termine vuestro año en el extranjero, habréis aprendido un idioma. ¿Y después? Conoceréis a otros expatriados que no han estado en el mismo país que vosotros. En París —ciudad europea, si es que lo es—, estas reuniones de trotamundos se realizan en inglés. Y ahí, chaval, el pequeño español que se fue a Polonia está jodido: ¿qué ocurrirá si es incapaz de mantener una conversación profunda con sus escasos conocimientos previos de inglés? Comida, cerveza y bici.

Confiad en mi experiencia y sabed que el Erasmus es el más grande chovinista. Y además con una definición más absurda que la original: el chovinismo desarraigado. Poned a diez de esa especie, que vengan de diferentes países, en una misma  habitación cerrada. Pedidle a uno que diga gilipolleces tipo: “Viena es supercara”. Dejad que se cueza. Y esperad que la chica de Viena reaccione. Decibelios. Sangre por las paredes. Una carnicería.

El psicópata europeo

Una última cosa. Toda esta gente a la que se le llena la boca hablando de sus experiencias como ciudadanos del mundo hasta pasados cinco años se encuentran hoy en el templo de la compartimentación: el edificio Berlaymont en Bruselas. En un cubículo, con traje y corbata. Solamente dominan un idioma, habiendo incluso olvidado con años de tristeza su lengua materna. A veces resurge su lado humanista. En medio del almuerzo, haced una broma sobre los kosovares y recibiréis una copa de Lussac-Saint-Émilion en toda la cara. Aún así, al día siguiente no dudarán en comunicar el enésimo plan de austeridad.

Y un día, será la quiebra. Un tipo llegará con una tarjeta de visita de color cáscara de huevo que rezará que “speaks 7 languages”. Uno más que el tipo que te tiró la copa de vino a la cara. Todo terminará en un baño de sangre, de ahí la cuestión: Erasmus, ¿el psicópata europeo?

Fotos: portada, (cc) jiuck/Flickr; texto, cortesía de © Allocine y (cc) Mecaniques/Flickr. Vídeo: (cc) charasmanali/YouTube.