Erasmus en Estonia: el equilibrio perfecto

Artículo publicado el 7 de Abril de 2006
Artículo publicado el 7 de Abril de 2006

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En Tartu se encuentra la universidad más prestigiosa de Estonia. Tiene ahora 424 estudiantes visitantes, entre ellos cuatro alemanes la mar de contentos de haberla elegido.

Anina Trautermann se llevó una pequeña sorpresa cuando acudió por primera vez a la Universidad de Tartu. "Pensé que me tomarían por rara por ir a estudiar a Estonia", cuenta esta joven de 25 años y estudiante de Lingüística, "pero luego, he conocido a muchos alemanes que habían tenido mi misma idea".

De hecho, en estos momentos hay 40 estudiantes alemanes matriculados en la Universidad de Tartu, aunque muchos de sus compañeros en Alemania sigan considerando su elección como verdaderamente original. ¿Quién va a irse a un país tan pequeño, allá en el norte, con menos de millón y medio de habitantes y un idioma que no habla nadie más en el mundo? Nuestra rubia estudiante tenía buenos motivos para interesarse por este Estado báltico. Como ella misma afirma: "Durante mis estudios tuve que elegir una lengua no indogermana, y por eso elegí el estonio. Además, mi cuñada es de allí y me había hablado mucho de su país".

Las condiciones para el estudio son ideales

Jakob Quirin, estudiante de 22 años originario de Potsdam (cerca de Berlín), lleva un año en la Universidad de Tartu y también se siente muy satisfecho. No sólo el hecho de que Estonia se haya inclinado decididamente hacia el derecho alemán tras alcanzar la independencia en los años noventa ha constituido un motivo para elegir este país. "Por alguna razón, Estonia me parece más interesante que otros países", opina, y cuenta que durante un paseo le avisaron de que tuviese cuidado con los lobos y los osos que todavía se encuentran a menudo en los bosques estonios. Antes de llegar, sólo le tenía miedo al invierno...(¡!)

Anina tenía temores similares. "Pero tengo que decir que no es cierto el tópico de que aquí siempre es de noche en esta época del año. En Alemania no duran más los días en invierno ni en primavera", dice ella mientras sorbe de una taza té caliente. A sus ojos, Tartu es una ciudad europea moderna sin huellas de la monotonía gris o del aire viciado del mundo comunista. Al contrario, muchos de los 424 estudiantes extranjeros que estudian en esta universidad consideran que las condiciones son ideales. "Los profesores se preocupan muchísimo de nosotros", dice Anina, entusiasmada. "Las clases son pequeñas y los profesores se implican, y hay una gran oferta de cursos en inglés".

Tradición europea

La mayoría de los estudiantes extranjeros se alojan en una residencia moderna, con acceso a Internet y situada a sólo unos cientos de metros del centro y la Universidad. Allí viven también Hannah Sigge y su compañero Christian Droste, dos estudiantes de Humanidades oriundos de Lüneburg (cerca de Hamburgo), y que estudian durante un semestre en la Universidad de Tartu. Ambos han elegido una oferta creada especialmente para estudiantes extranjeros: Baltic Studies, una carrera que aglutina distintos cursos sobre cultura, política y desarrollo europeo.

"Lo que más me sorprende es que esto sea tan europeo; bueno, que no recuerde nada a la época soviética", declara Hannah Sigge -de 22 años- sobre el país que ha estado durante siglos en manos de poderes extranjeros y que logró su independencia hace sólo 15 años. En realidad, muchos habitantes de Tartu se sienten estrechamente unidos a Europa occidental, y en especial a Alemania. Así ocurre también con la Universidad, situada en una pequeña calle justo detrás del ayuntamiento.

La ciudad fue fundada en 1632 por el rey sueco Gustavo Adolfo II, aunque después de un cambio de poder en Estonia pasó a pertenecer durante mucho tiempo al Imperio Ruso. Sin embargo, en el imponente edificio universitario de color blanco, decorado con seis columnas toscanas, se enseñó en alemán hasta finales del siglo XIX. De este modo, los zares rusos manifestaban su deseo de impulsar la europeización de su país.

Rituales estudiantiles

En la actualidad son más de 18.000 los jóvenes que acuden a la Universidad, casi una quinta parte de los habitantes de Tartu. "La Universidad no sólo está en el centro de la ciudad, sino que es el centro", dice Christian Droste. Cuando, hace unos años, se colocó una fuente situada delante del ayuntamiento, pronto se tomó la decisión de que debía incluirse una estatua de una pareja de estudiantes besándose.

Un par de pasos más allá, al otro lado de la plaza, un puente con un arco nos lleva a la residencia donde viven Christian Droste y los demás. Al principio del semestre, se suele ver a algunos estudiantes intentando balancearse sobre el arco de aproximadamente 6 metros de altura. Este es sólo uno de los innumerables rituales estudiantiles de iniciación. Jakob Quirin ya es perro viejo en lo que a ellos se refiere. Dos veces ha conseguido pasarse por el arco, de más o menos un metro de ancho. "En realidad no es tan difícil como parece desde abajo", según nos ha contado. Hannah Sigge y Christian Droste también quieren probar su valor dentro de poco sobre el puente. "Al fin y al cabo", explica ella sonriendo, "quiero ser una verdadera estudiante de Tartu".

La autora es miembro de la red de corresponsales n-ost