Erasmus en las antípodas: de Bolonia a Tahití

Artículo publicado el 31 de Julio de 2012
Artículo publicado el 31 de Julio de 2012
No soy la primera estudiante que clama triunfal: “¡Mamá, me han dado la Erasmus!”, pero cuando me preguntan a dónde me voy, mi respuesta sorprende: “a Tahití”. Entusiasmo, miedo, excursiones virtuales en Google Earth, vacunas de todo tipo, despedidas, un avión y una aventura inolvidable. Esta fue mi experiencia.

La Polinesia ha sido un paréntesis inimaginable, un universo mítico que se presenta lleno de playas, palmeras y cocos. Sin embargo, más allá de los mitos, la realidad es que se vive en chancletas todo el año: tanto es así que los dedos de los pies de los polinesios no se tocan entre sí porque nunca han usado zapatos. También es verdad que te puedes bañar en calas azules llenas de peces multicolores y tortugas, y es igualmente cierto que abundan los tatuajes y que puedes montarte una merienda con los mangos de los árboles que encuentras por la calle.

El paraíso de ensueño que todos se imaginan

Todo el imaginario exótico se hace realidad en estos paisajes espectaculares, de horizonte límpido y luminoso, y en el plácido día a día de este pueblo sonriente. Sin embargo, la Polinesia es un paraíso herido.

La isla de Tahití, descubierta por el navegante Samuel Wallis en 1767, se convirtió en lo que se conoce como las antípodas por excelencia, un sinónimo de escapada y aventura, un símbolo de una vida más natural. La literatura dio bombo a este mito y la colonización ultimó el proceso de apropiación (¿hasta qué punto legítima?).

Un lugar demasiado paradisíaco como para pasárselo estudiando en la biblioteca.

La Universidad de la Polinesia Francesa fue fundada en 1999 y acoge un máximo de 10 estudiantes extranjeros al año sobre un total de tres mil inscritos. En calidad de estudiante de esta universidad, me alojaba en un colegio mayor femenino y, para colmo, religioso.

Una tarde, tras una larga siesta, salí a comprar una cerveza y, mientras la disfrutaba tranquilamente en el balcón de mi habitación, llegó alarmada Marie (nombre ficticio). Me quitó la cerveza de las manos y me explicó que el alcohol estaba totalmente prohibido y me arriesgaba a ser expulsada.

Esta escena, digna de una serie americana, fue el inicio de una amistad. Marie nació en Fatu Hiva, estudiaba Economía y, además de francés, me enseñó algunas palabras fundamentales del idioma tahitiano (naná, que significa hola, y maeva para decir bienvenido). Recuerdo que me comentó que vestía como un chico y que mis piercings le parecían muy raros. Me invitó, asimismo, a pasar las Navidades con su familia y me contaba historias a medio camino entre la leyenda y la realidad sobre las flores, los animales y el mar, tan apacible en las calas y tan temible más allá de los arrecifes.

Déchirure

Mar por todas partes. Tan solo una isla cercana sobresale en el horizonte. Aviones que traen turistas y parejitas de luna de miel que hacen unas cuantas fotos, vaguean unos días en los hoteles de lujo y con la misma se largan con el buen sabor de boca de haber estado en el paraíso.

Sin embargo, cuando uno se para a mirar y pensar, se ve todo de otra manera. En primer lugar, todo cambia cuando se les conoce a ellos, a los nativos: pendientes de ese viejo continente que estudian en los libros, una de cuyas lenguas hablan y cuya geografía conocen al dedillo, como cualquier estudiante parisino.

Pero, ¿quiénes son? ¿Polinesios o franceses? ¿Europeos o indígenas de Oceanía? Y aquí aparece una palabra incómoda: la déchirure, que puede traducirse como desgarro o sentimiento de división entre dos mundos. Son identidades desarraigadas que intentan imaginarse una metrópolis, pero que han crecido sobre la arena y han aprendido en el colegio a escribir dissertations a la francesa. Sin embargo, en casa hablan tahitiano, una lengua cantarina llena de vocales.

“No he visto nunca grupos mixtos y he presenciado conversaciones con trasfondo racista”

En la Polinesia, viven también muchos franceses, llamados faní —expatriados—. Algunos son directivos, o simplemente privilegiados, que han materializado el sueño de vivir en un eterno verano. Y yo, llegada casi por casualidad, tenía que elegir a qué colectivo me quería unir. De hecho, nunca vi grupos mixtos e incluso presencié conversaciones con trasfondo racista.

Elegí a los polinesios porque me adoptaron rápidamente. Les llamaba la atención: estaban un poco sorprendidos de que estuviera dispuesta a vivir como ellos y que no tuvieran que llevarme las maletas al hotel, como pedía el resto de occidentales. Si les preguntabas qué opinaban de una posible independencia de la Polinesia, sonreían y te decían que nosotros, los blancos —popaa— , siempre andamos preguntando. Sin embargo, también puede acabar explicándote con una frialdad digna de un ejecutivo neoliberal que disfrutan de un régimen fiscal privilegiado.

El cielo desgarrado

Me enteré de la triste historia de los experimentos nucleares en el sur del Pacíficoel último en 1996— gracias a una doctoranda de Montreal y decidí escribir una memoria sobre Chantal T. Spitz, escritora tahitiana indignada que se vale del francés para llevar sus polémicos textos al otro lado del océano, aderezados con la milenaria tradición oral del mundo antes de la colonización. En 1991 publicó L’île des rêves écrasés, una saga familiar con la que también cuenta la historia de todo el pueblo polinesio, el encuentro y desencuentro con los europeos, y la ambición de escribir para luchar y reafirmar la propia identidad. Según esta escritora, la palabra es un acto reivindicativo porque “ha llegado el momento de escribir nuestra historia contada por nosotros mismos”.

Un día, en la playa, durante las soleadas vacaciones de Navidad en Bora Bora, hablaba con uno de los tíos de la numerosa y jaranera familia de Marie. “Fui a Los Ángeles y me volví. Allí levantaba la cabeza y veía el cielo roto. Echaba de menos todo esto”, me dijo señalando el horizonte.

Tiene gracia que, sin saberlo, citara a Eugenio Montale:

“L'illusione manca e ci riporta il tempo | “Falta la ilusión y el tiempo nos remite

nelle città rumorose dove l'azzurro si mostra | a las ciudades rumorosas donde el azul se muestra

soltanto a pezzi, in alto, tra le cimase”. | solamente a pedazos, en lo alto, entre las cimas”.

(Eugenio Montale, I limoni, de la antología Ossi di seppia, Torino, 1925)

Fotos: portada, vgm3838/Flickr; texto, © Caterina Grignani.